Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, junio 27, 2010

EL FALSO EMPERADOR Y EL GENERAL

Ando dándole vueltas a la destitución del general de cuatro estrellas Stanley A. McChrystal como comandante de la ISAF. El enjuto, correoso y brillante militar ya no será el responsable de que en Afganistán las fuerzas de la OTAN, básicamente anglosajonas, obtengan una victoria definitiva sobre los terroristas musulmanes. El detonante de su destitución consintió en un reportaje en la revista Rolling Stone donde se burlaba de sus superiores.

Como ha recordado Obama, el poder militar debe estar sometido al civil. Tal subordinación es elemental en toda democracia. Lección bien aprendida en España, por cierto, pues esta nación atravesó un siglo XIX salpicado por continuos pronunciamientos militares encabezados por los numerosos espadones que estaban al frente de los partidos (Espartero, Narváez, O’ Donnell, Serrano, Prim...). Con todo, no hubo gobiernos militares propiamente dichos hasta el siglo XX: Jaime Balmes, en su artículo "La preponderancia militar" (1846), razonó que "el poder civil no es flaco porque el poder militar es fuerte, sino que el poder militar es fuerte porque el poder civil es flaco". Tiempo después, Cánovas del Castillo quiso desterrar los pronunciamientos de la vida española y la Restauración se caracterizó por ser un período civilista y sin injerencias de los militares. Al genial estadista malagueño siempre le disgustó que la Restauración hubiese comenzado con el pronunciamiento de Sagunto por parte del general Arsenio Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874. Para un buen liberal, por consiguiente, no puede haber dudas sobre este tema.

Volviendo a McChrystal, ¿de verdad cabe hablar de insubordinación o desobediencia, o de peligro para el poder civil, partiendo de sus declaraciones? He leído de principio a fin el dichoso reportaje, "The Runaway General", y, aparte de algunas pequeñas insolencias, también he descubierto a un general que trata de convencer y ganarse el apoyo de los soldados que le critican o dudan de él, que patrulla con ellos en zonas de guerra reales y que posee una vasta experiencia en la clase de misión que le habían encomendado. Un hombre valiente, duro y cualificado que ha sido deshonrado y apartado de sus funciones por sugerir, ni siquiera directamente, que a Obama se le notaba intimidado en su primera reunión con él y por burlarse del ridículo Biden ("Who’s that?") y de otros altos cargos de la Administración Obama. El auténtico motivo, probablemente, sea que Obama quería vengarse de McChrystal debido a que le presionó para enviar cuarenta mil soldados a Afganistán (acabó enviando treinta mil).

Repasemos los hechos. ¿Puede considerarse que un general se rebela contra sus superiores por expresar cuatro críticas en tono de broma en una publicación de entretenimiento? No ha encañonado a Obama, no le ha insultado con palabras gruesas, no ha dado una patada en el culo a Karzai. Por ello, opino que es una exageración echarle. La hipocresía de la progresía es palpable. Si algo similar hubiera acaecido durante el mandato del añorado George W. Bush, los progresistas hubiesen respaldado sin fisuras al oficial crítico, que tan sólo haría gala de una lealtad bien entendida y de preocupación por la vida de sus hombres y el éxito de la misión, anteponiendo su sinceridad a la imagen del gobernante. Como el afectado ha sido Obama, la reacción ha sido pasar a palabras mayores e invocar la supremacía del poder civil sobre el militar. ¡Cuánta bellaquería!

Obama sólo piensa en Afganistán en términos electorales. Fijó una fecha de retirada, con vistas a las elecciones, lanzando el mensaje implícito a los terroristas de que hasta entonces debían resistir. Ahora, ha destituido al hombre que estaba consiguiendo progresos, a pesar de todas las dificultades, en tan problemáticas tierras, y lo ha hecho sólo porque se ha atrevido a dañar su imagen. Es vergonzoso. Cierto es que el general Petraeus, mentor de McChrystal, podrá llevar a buen puerto la misión, hay que salvar las apariencias. El problema es que la ignominia queda ahí. Todo soldado debe respetar a sus superiores, pero el castigo es desproporcionado y los motivos son risibles.

En los comentarios al reportaje de Rolling Stone atisbé uno muy revelador, que recordaba un diálogo de la película Gladiator (2000). El nefasto emperador Cómodo pregunta al general Máximo, que ha caído en desgracia: "Are we so different, you and I?", y comienza a provocarle, sabiéndose intocable. El general responde: "The time for honoring yourself will soon be at an end". Obama y McChrystal.

domingo, junio 20, 2010

EL SUEÑO DE LA CIENCIA: FRANKENSTEIN Y SU CRIATURA

En mi infancia, padecí muchos miedos provocados por las fuerzas de lo sobrenatural. Temía a los monstruos clásicos y a los no tan clásicos. Aun así, dentro de los primeros, había uno que no me atemorizaba tanto: el monstruo de Frankenstein. Tal vez porque la primera película que vi sobre él fue El jovencito Frankenstein (1974). No es que no fuese repulsivo y peligroso, pero inspiraba más bien lástima. Era un villano trágico, a diferencia de Drácula o las diferentes momias.

Movido por la curiosidad ante un monstruo compuesto de diversos cadáveres y traído a la vida por la electricidad, leí a una temprana edad Frankenstein, la novela de Mary W. Shelley publicada en 1818, que me asomó al terror gótico. Esta novela se aleja de la representación popular del monstruo y su historia, imagen condicionada por las adaptaciones fílmicas. No negaré que las muchas películas protagonizadas por el monstruo (la primera es de 1910) me llenan de gozo, pero en ellas, aun estando presentes los temas que conciernen al moderno Prometeo (la ambición sin límites de los hombres, el poder de la ciencia, la soledad...), la impresión es de terror pasado de moda, y el monstruo es más monstruo de feria que otra cosa.

Por el contrario, la obra de Mary W. Shelley es, desde mi punto de vista, una de las cumbres del terror literario, una novela conmovedora que no se desgasta con el paso del tiempo y que conserva toda su fuerza. Merece la pena repasar su contenido.

El narrador es el propio Victor Frankenstein, un científico genial, estudioso de filosofía natural, que, presa de sus obsesiones, decide estudiar "las fuerzas desconocidas todavía" y revelar al mundo "los más secretos misterios de la creación". Su sueño es superar las murallas de la naturaleza, centrándose en el origen de la vida, hasta que descubre la forma de animar la materia muerta. Es así como se embarca en la tarea de crear un ser a partir de los restos de otros. Sobrecogen sus palabras al finalizar la tarea: "Una siniestra noche del mes de noviembre, pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas". ¡Lo ha logrado! La criatura vive, pero su creador solamente siente repulsión y asco, y rehuye su visión. Tras un escalofriante encuentro en los aposentos del científico, el monstruo huye. Frankenstein se lamenta: "Los sueños que había acunado y que, durante tanto tiempo, habían llenado todos mis pensamientos, se habían convertido en un verdadero infierno". Tras ello, sufrirá la maldición del monstruo, de "sanguinarias e implacables pasiones", lo que será el origen de sus múltiples desgracias.

Es una novela sumamente romántica, de su tiempo, plena de pasiones y fiera naturaleza. Desde las agrestes montañas de Suiza hasta el mar embravecido de Inglaterra, pasando por el Polo Norte, el entorno natural es siempre descrito con grandilocuencia, despertando la admiración del hombre. Los protagonistas manifiestan sentimientos exaltados y enérgicos, predominando la búsqueda de la amistad, pues no es otra cosa lo que desea el monstruo, rechazado por todos. Es inteligente, sensible e incluso culto y razonable; sus diálogos con Frankenstein no tienen desperdicio, ya que ahí está la tensión entre los anhelos del monstruo y el odio infinito que por él siente su propio creador.

En especial, la novela explora la capacidad del hombre para superar sus límites y conseguir lo increíble pero, también, enseña que las consecuencias de tales actos no siempre son gratuitas. El filósofo Fernando Savater, en su muy frecuentado libro Malos y malditos (Alfaguara, 1996), asegura que "no todo lo que la ciencia sabe hacer tiene derecho a hacerse: sobre todo cuando se trata de enredar con la vida humana, inventando un pobre ser que viene al mundo no como fruto del amor de una pareja sino como resultado de un caprichoso experimento". Ya más humilde y desengañado, Frankestein previene a otro hombre que busca la gloria sobre lo arriesgado de ciertas metas: "¡Pobre amigo! ¿Comparte, pues, mi locura? ¿También ha apurado usted el enervante filtro? Óigame, permita que le narre mi historia y alejará usted la copa de sus labios".

Por lo tanto, Frankenstein es la historia de un hombre profundamente atormentado y de su creación, no menos desgraciada, unidos a su pesar en una terrorífico acuerdo. En todo caso, uno ha de hacerse responsable de sus decisiones, por desacertadas que después le parezcan, al igual que Frankenstein se ve obligado a hacerlo respecto de su criatura. Creación que acaba rebelándose, como era de esperar. "Ciertamente vos sois mi creador pero, ahora, yo soy vuestro dueño", advierte el monstruo.

Savater, en la obra citada, hablaba de la compasión que le producía el monstruo, solo en el mundo, y que, de entre todos los malvados literarios, era el que más justificación tenía para comportarse como un criminal, ya que, para él, la vida "es la peor de todas las condenas". Sin lugar a dudas, todo hombre debe pensar en lo que hace y por qué, en los resultados; de lo contrario, corre el riesgo de que una fría noche, a la luz de la luna, descubra en su ventana el horror que ha creado exigiéndole rendir cuentas.

domingo, junio 13, 2010

HALLAZGO

Las buenas novelas de misterio se caracterizan porque, en su acto final, el detective o investigador de turno, ante una audiencia de sospechosos, resuelve punto por punto el caso en cuestión, desenmascarando al culpable y sacando a la luz su móvil para cometer el crimen. En el inicio de Perdidos se podía adivinar este tipo de narración y pensar en un desenlace semejante. Uno acababa tan perdido como los protagonistas, pero ansiaba la llegada del momento en que todo fuese aclarado. Su –quizá abrupto— final desmiente lo anterior, por cuanto no han quedado resueltas todas las incógnitas de forma exhaustiva y coherente.

Me lo esperaba, así que no me decepcionó la despedida de la tan premiada y aplaudida serie. Como escribí antes de ver el último capítulo, sólo era posible un final digno, aceptable. Nada más. Y lo tuvo, por cierto. La confrontación final entre Jack y Flocke regaló a mis ojos una escena sin duda memorable y poderosa: era justo lo que quería ver. La naturaleza de la realidad alternativa fue desvelada. Y, por último, el final propiamente dicho fue realmente emotivo y significativo para todo buen seguidor de la serie.

Ahora vienen las valoraciones. He leído muchas críticas sobre el doble capítulo final. Algunos hablan de la importancia del viaje recorrido y no del destino, aunque es obvio que uno de los mayores atractivos de la serie, en un comienzo, era la certeza de un final como en una novela de misterio, con sorpresa incluida. También destacan que, gracias al final abierto, se abre la puerta a diversas interpretaciones. Quienes más han aborrecido el final consideran que constituye una farsa donde se ha hecho uso y abuso de recursos fáciles, manidos, y de argumentos y situaciones inexplicables (la luz de la isla, la abundancia de afirmaciones sin ulteriores detalles, la inutilidad de la realidad alternativa), con tal de muñir un final que salvase las formas, pero que no puede ser satisfactorio en cuanto no resuelve todo y contradice las expectativas generadas.

No estoy ni con un bando ni con otro. A mi entender, el problema principal es que la sexta temporada sólo se resuelve a sí misma, dejando como en suspenso o en barbecho casi todo lo anterior. Utiliza, como es natural, el pasado de la serie, pero preocupándose sólo de sí misma. Si bien es cierto que aclara el origen de varios personajes (Richard, Jacob...) y hechos misteriosos (Adán y Eva), tales explicaciones parecen hechas obiter dicta y no fruto de una cuidadosa y previa planificación de los guionistas. El caso era asegurar un espectáculo final a toda costa, y daba igual cómo conseguirlo.

Después de todo, los personajes y sus relaciones han prevalecido sobre el poder y el enigmas de la isla. Era evidente que todas las esperanzas en torno a un final menos esotérico y más explicativo se habían evaporado, completamente, con la quinta temporada, destruidas por el afán de los guionistas de sorprender siempre, por su propia huida hacia delante. Han sido devorados por su propia criatura, incontrolable ya, y nunca mejor dicho. Era tal exceso, que bastante es que hayan conseguido matarla con una explicación, al menos, lógica.

Con todos sus aciertos, el final de Perdidos no ha supuesto un gran hallazgo. Las tres primeras temporadas de la serie, por el contrario, sí lo son, y para los que las disfruten en el futuro, serán siempre una fuente de grandes expectativas y teorías.

NOTA: No he querido escribir sobre la flotilla pirata que interceptaron las IDF, porque Samuel ya lo ha dicho todo.

sábado, junio 05, 2010

QUINTO ANIVERSARIO. HACIA OTRA ESPAÑA (MEJOR)

Hoy cumple mi humilde espacio, El tonel del cínico, cinco años. Ha llovido mucho desde sus orígenes en 2005 y, si hago balance, sólo puedo presumir de tres cosas: de unos lectores y amigos inteligentes, cultos, constructivos, que son objeto de mi más sincera admiración; de una actualización o publicación de artículos regular y cumplidora; y de conservar tanto la coherencia como la honestidad. Cinco años no son nada y aún hay que dar muchas batallas.

Allá por 2005 el Gobierno socialista aún no había ejecutado sus más nefastas acciones, aunque iba ensayando, apuntando maneras; el Estatuto catalán, la negociación con ETA, la negación de la crisis, etcétera, vendrían después. En El tonel del cínico inicial había, más que política pura y dura, mucha crítica social, muchas diatribas contra mis bestias negras de aquel entonces: era el refugio, el desahogo de un francotirador inconformista, avinagrado y cínico. A pesar de la lógica evolución y de mis opciones ideológicas, hoy día no veo este espacio como un centro exclusivamente político e intento que haya variedad y tratar cuestiones de interés.

Todo blog puede ser cauce adecuado para expresar críticas e influir, siquiera mínimamente, en los demás. Pienso que todos estamos llamados a contribuir a una España mejor con lo que tengamos a mano en cada instante. La nación vive un momento terriblemente difícil. El bienestar económico, que antes disimulaba muchas carencias, ha terminado, dando paso a una crisis brutal en todos los niveles que requiere de una atención cualificada muy por encima de las capacidades del actual Gobierno. La oposición, con todo su populismo de última hora y sus numerosos errores, cuenta al menos con un especialista económico, Cristóbal Montoro, que sabe de economía y que ha manifestado buenas ideas, abogando por una reestructuración liberal de las cajas de ahorros, por la credibilidad y prestigio de España ante los mercados --que no son nidos de especuladores-- y por una reforma fiscal que no espante el capital y nos empobrezca. Lo que quiero decir es que hay esperanza, porque sigue habiendo gente excepcional y trabajadora y porque dispone España de las cabezas que tanto se reclamaban en el decadente siglo XVII. Falta acabar con el dominio socialista que tanto daño está haciendo.

Desde aquí, voy a continuar defendiendo, en la medida de lo posible, las ideas y principios liberales y la mejor tradición conservadora española. Hay que ir hacia una España mejor. Una España con mayor libertad económica, a fin de alcanzar una sociedad más dinámica, formada por individuos emprendedores en competencia, una sociedad próspera y pujante. Una España con leyes y decisiones en materia económica que favorezcan la creación de empresas y el pleno empleo. Una España con un sector público eficaz y racional, atento al interés general, sin duplicaciones ni despilfarros ni excesos, lo que implica abordar la reforma del Estado autonómico. Una España unida y fuerte, por lo que habrá que combatir las fuerzas oscurantistas y totalitarias del nacionalismo. Una España donde exista la igualdad jurídica pero no el igualitarismo o la igualación por abajo. Una España donde se premie el mérito y el trabajo y donde no haya tantas subvenciones y ayuda al desarrollo. Una España firme, como Estado de Derecho, ante los terroristas vascos y musulmanes. Una España respetuosa con los derechos fundamentales. Una España con una división de poderes en la que el CGPJ no sea un instrumento en manos de conservadores y progresistas. Y una España que encuentre su lugar en el mundo con arreglo a sus posibilidades y que no sea al lado de tiranías y países de dudosa calidad.

La tarea descrita arriba no es, como se ve, pequeña, ni cosa que puedan llevar a cabo politicastros pendientes sólo de la próxima elección. Estoy convencido de que para realizarla se necesita, ante todo, un líder solvente y preparado, un hombre de Estado capaz de liderar un partido sólido y, lo que es más importante, a la opinión pública, de guiarla hacia esa España mejor, no con ingeniería social barata, sino con reformas y libertad. Al igual que Diógenes, que a plena luz del día, portando un candil, buscaba con ahínco a un hombre (en algunas versiones de la historia, a un hombre honrado), en este tonel hago mía semejante búsqueda, valiéndome para ello de lo que Diógenes consideraba una gran virtud: "La libertad en el decir".

Gracias a mis lectores.

NOTA: Como complemento, he vuelvo a publicar un viejo artículo en El liberalismo democrático y clásico que sé generará debate.