Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, agosto 29, 2010

LA PENA DE MUERTE EN JAPÓN (I)

La Constitución de 1978, como corolario del derecho a la vida y a la integridad física y moral, establece lo siguiente en su artículo 15: "Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las Leyes penales militares para tiempos de guerra". Y, como es sabido, la Ley Orgánica 11/1995, de 27 de noviembre, abolió la pena de muerte en tiempo de guerra que se contemplaba en el Código Penal Militar. Jorge de Esteban, en su Tratado de Derecho Constitucional II (Servicio Publicaciones Facultad de Derecho de la UCM, Madrid, 2004), expuso las razones del rechazo a la pena de muerte: es una pena ineficaz para reducir los delitos, según las estadísticas; es condenable un homicidio efectuado por el Estado; no cabe en un Estado moderno semejante atavismo; es irremediable, por lo que pueden caer inocentes. En general, respaldo lo que apunta De Esteban y soy contrario a la pena de muerte. Aun así, no soy abolicionista, esto es, soy comprensivo con los países en que está implantada, a condición de que sean Estados de Derecho plenamente democráticos.

En Europa prácticamente ha desaparecido la pena de muerte y, desde aquí, se mira con extrañeza y desprecio a los países que la prevén. Pero, como he dicho, hay que hacer alguna precisión. No se puede comparar la pena capital que se aplica en Estados Unidos, por ejemplo, con la que se pueda aplicar en Irán, Cuba o China. Primeramente, porque no es lo mismo castigar con la muerte el adulterio, la homosexualidad o el impago de impuestos (como hasta hace poco sucedía en China) que castigar así el homicidio o el asesinato, que lesionan un bien jurídico fundamental, la vida. En segundo término, el derecho a un proceso con todas las garantías está a salvo en Estados Unidos, y hay apelaciones y posibles indultos, por lo que a nadie se le ejecuta tras una parodia de juicio y al día siguiente de su finalización, sino que suelen pasar años hasta que eso sucede.

La última nación en la mira de Amnistía Internacional es Japón. La muerte es el castigo anudado a homicidios especialmente graves y a la traición. La ejecución se lleva a cabo por ahorcamiento, y es una pena que goza de gran respaldo popular, según las últimas encuestas. La Ministra de Justicia, Keiko Chiba, quiere abrir un debate sobre la abolición y ha enseñado a los medios de comunicación las cámaras de ejecución, muy limpias y sobrias. A pesar de sus convicciones abolicionistas, esta mujer firmó en julio las sentencias de ejecución de dos criminales (en Japón, de forma sorprendente, ha habido a veces objeciones de conciencia en esta materia, pero generalmente se ha impuesto la responsabilidad de los que ostentaban el cargo).

Defenderé a Japón de las previsibles acusaciones, pues siempre me he sentido cercano al Imperio del Sol Naciente. Japón es el más singular de los países orientales, no sólo por las diferencias en su cultura, religión y desarrollo respecto a los demás, sino también por las enseñanzas occidentales que asumió durante la Era Meiji (1868-1912) y durante la ocupación americana después del Día de la Victoria. Sin perder su identidad y sus raíces, Japón es un país con lo mejor de Occidente. Por ello, merece más respeto y admiración que otros, por su capacidad de adaptación y su innegable prosperidad.

domingo, agosto 22, 2010

INQUIETUD EN EL SUR

Ante la crisis fronteriza de Melilla, el Gobierno socialista ha dado su respuesta más característica: no hacer nada. En realidad, miento, pues algo sí ha hecho: acusar al PP de deslealtad. Este Gobierno, junto con sus limpiabotas, tiene un concepto absolutista de la lealtad que implica que la oposición debe colaborar con él en cualquier circunstancia y no hacer críticas demasiado duras. Del mismo modo que los que hablaban de la crisis económica en 2008 eran tachados de antipatriotas, los que hoy día se han preocupado de la crisis en Melilla han recibido similares calificativos. Así es como trabaja el Gobierno. Sus únicos intereses son los electorales, no los nacionales, y por eso lo que importa es atizar a la oposición.

Por supuesto, los socialistas han rememorado el incidente de Perejil en 2002, cuando Marruecos pretendió reclamar una inexistente soberanía sobre el islote colocando en él a unos desarrapados gendarmes posteriormente sustituidos por soldados. El Gobierno de Aznar hizo lo que debía y recuperó la soberanía del islote mediante una limpia operación militar que los socialistas siempre han intentado ridiculizar pero que supuso un éxito y una severa advertencia a Marruecos. Además, contó con el apoyo de las naciones civilizadas, con la excepción inicial de nuestros queridos vecinos –Portugal y Francia--.

Los socialistas siempre interpretaron el incidente de Perejil como un acto injustificado de fuerza. Según ellos, todo podría haberse arreglado con diálogo, con el tan sacrosanto diálogo de carácter progresista que significa concesiones a los terroristas, debilidad de España y sumisión ante las tiranías del mundo. Lo pintan así, como si no hubiera habido diálogo en aquel entonces, como si España hubiese actuado unilateralmente, como si no hubiese habido reuniones con el Ministro de Asuntos Exteriores marroquí en 2002.

Cualquiera con una noción básica de Derecho Internacional Público conoce el valor del stoppel o, para ser más claros, de la doctrina de los actos propios. Así pues, un Estado no puede quedarse pasivo si sufre una violación de la soberanía que reclama como suya y más adelante retractarse y exigir lo que es suyo. Es un criterio de coherencia que exige actuar desde el principio, aclarar las cosas inmediatamente. En Perejil, España actuó de esa forma. El movimiento marroquí no fue nada inocente y no había que replicar con inocencia. En Melilla, si bien la situación es otra, también se echa en falta la intervención del Gobierno y una mayor protección de los intereses españoles. Pero se me antoja que los socialistas hubiesen preferido la pérdida de Perejil en 2002 y que tampoco deben tener un gran cariño por Melilla, ciudad autónoma donde son la tercera fuerza política. Muchos progresistas sueñan con que los musulmanes vuelvan a dominar el sur de España. La invasión de Ceuta y Melilla, su venta al Islam, sería un primer paso.

Respecto a las visitas de Pons y de Aznar, no entiendo por qué son cuestionadas. Si a Morotinos le seduce más descansar en Francia con un ridículo sombrero y con su suegra, que ya es decir, y desatender sus obligaciones, allá él, pero que el Gobierno no se oponga a los que, en contraste con su desidia, han querido apoyar a los ciudadanos españoles de Melilla. Que no pretendan dar lecciones los socialistas en esta materia, ya que ellos sólo saben ceder ante Marruecos. Acaso haya que recordar la visita de Zapatero en 2003, visita que sí tuvo por objeto tratar de boicotear la política exterior española. Ahora esa política es más bien inexistente o se traduce en aplacamiento.

Marruecos no es un buen amigo, sino un desagradable vecino y, como poco, un primo pelmazo. Sus reclamaciones sobre Ceuta y Melilla no tienen base alguna, toda vez que tales plazas ya eran parte integrante de España antes de que Marruecos existiese como tal. Y el criterio de proximidad geográfica carece de sentido, lógicamente. Mas es obvio que todo puede cambiar y que si no hay vigilancia sobre lo que allí ocurre, quizá algún día haya que lamentar más pérdidas de territorio netamente español, tan español como el de Madrid, Valencia o Galicia. Y no se trata de reforzar las guarniciones. Hay que mantener una política exterior de firmeza frente a Marruecos, a fin de que sea consciente de que, si va más lejos, se arrepentirá.

domingo, agosto 15, 2010

DE TODO CORAZÓN: TRES RECOMENDACIONES

Voy a dedicar este artículo a realizar tres recomendaciones literarias para lo que queda de verano. Son obras que he leído en mis vacaciones y que deseo compartir con ustedes. Por supuesto, están completamente alejadas de las modas actuales: plúmbeas novelas históricas y tentaciones snob.

Desde Tom Brown’s Schooldays (1857), de Thomas Hughes, hasta las más recientes novelas de Harry Potter, de J. K. Rowling, ha habido mucha literatura inglesa ambientada en sus afamadas escuelas públicas (que entiendo que son de todo menos públicas). Me refiero a esos señoriales colegios de severos correctivos con vara, internados divididos en casas enfrentadas, con fags, prefectos, directores y principales. Un campo propicio para travesuras y para hablar de la infancia y la adolescencia. El maestro de las letras inglesas, Rudyard Kipling, escribió una novela satírica con esta temática, basada en su propia experiencia, que lleva por título Stalky & Co. (1899). Folletín originalmente publicado por entregas, relata la resistencia de un singular trío de estudiantes, Stalky, M’ Turk y Beetle, contra la opresión reinante en su colegio.

Los tres integrantes de la banda no son unos gamberros de medio pelo. Son refinados y hasta un tanto resabiados, casi cargantes. Sus acciones contra el orden establecido parten de elaboradas conspiraciones y poseen una inteligencia diabólica: pocas autoridades desean contrariarles. Destaca la narración, ya al final, de las hazañas de un Stalky convertido en un audaz militar que, al mando de sus tropas indígenas, consigue poner orden, summa ingenio, en las fronteras del Imperio. A pesar de haber sido un rebelde, Stalky es un buen soldado gracias a su iniciativa individual, a su inteligencia cultivada a contracorriente y a que es capaz de apartarse de los incompetentes. Por lo demás, Kipling entona un canto a la inmensa valía de muchos oficiales ingleses que, con pocos recursos y todo en contra, dieron lo mejor para su patria.

La segunda lectura que recomiendo es El crisantemo y la espada (1946), de Ruth Benedict. En su origen, fue un informe sobre cultura japonesa encargado por los militares estadounidenses a la famosa antropóloga con la finalidad de intentar comprender al "enemigo más enigmático con que se enfrentaran los Estados Unidos en una contienda". El título pone de relieve las paradojas de la idiosincrasia japonesa. Es una nación que "hasta el cultivo de los crisantemos considera como un arte" pero donde no se olvida "el culto a la espada y el supremo prestigio del guerrero".

Este estudio supone un magnífico acercamiento a la cultura japonesa, a sus valores, a la razón de ser de muchas instituciones y tradiciones de tan fascinante país. Ruth Benedict analiza la lealtad de los japoneses, su obsesión por ocupar el lugar que les corresponde en la jerarquía, las cargas sociales, el gran sentido del deber que gobierna su vida, el cuidado de su reputación, etcétera, con un estilo claro y conciso, y comparando todo ello con lo que sucede en Estados Unidos y en la cultura occidental.

Mi última recomendación es Viajes y experiencias (1988), de Michael Crichton. No es su libro más conocido por estas latitudes y ni siquiera es una novela, sino un compendio autobiográfico, una serie de retazos de su vida y reflexiones profundas... Por ello, es una lectura desigual. Va de sus años como estudiante de Medicina y su posterior desencanto por esa carrera a su iniciación en el espiritismo, pasando, obviamente, por sus múltiples viajes y aventuras. Estilo ágil, muchas frases a subrayar y mordacidad por doquier.

Tratándose de Crichton, no podía faltar la traca final, el explosivo controvertido, esta vez en forma de epílogo titulado "Los escépticos del instituto tecnológico". Puede leerse como un ensayo aparte y es un potente misil contra fanáticos de la ciencia y científicos pedantes y aburridos como el autor de Las penas del agente Smith (bitácora sólo superada en pesadez y jactancia por la de Escolar), pues Crichton, con mucha documentación, argumentos y afilada prosa, hurga con bisturí en las limitaciones –no límites— y errores de la ciencia. Razona Crichton que "aunque la ciencia constituye un poderoso procedimiento investigador, no explica lo que querríamos saber". Esto es, no llega a todos los porqués y no puede pretender acapararlo todo.

En fin, a disfrutar.