Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, diciembre 25, 2011

UN NUEVO GOBIERNO POR NAVIDAD

Cuando al principio de esta semana Mariano Rajoy terminó de pronunciar su discurso en la sesión de investidura ante el Congreso de los Diputados, sentí que por fin el Gobierno de la nación estaba en buenas manos. Fue, a mi entender, uno de los mejores discursos que han resonado en la Cámara Baja de las Cortes Generales en mucho tiempo. El eje del discurso fue que era posible salir de la crisis haciendo un gran sacrificio, fijando como prioridad la creación de empleo: "Cuando se crea empleo, señorías, crece la libertad", afirmó Rajoy, que antes había reconocido que, con un trabajo, "cada individuo recupera la capacidad de administrar su propia vida". Toda una declaración liberal que viene bien en medio del intervencionismo opresivo.

Rajoy estuvo brillante, sosegado y lúcido. El realismo que impregnaba su discurso, combinado con alguna frase de altura, lo distinguió de esos cantos de Zapatero que intentaban sorprender por su lírica y su perfume y que, en realidad, sólo empachaban. Dijo Rajoy: "La mayoría es un instrumento excelente para ejecutar las decisiones, pero no es forzosamente el mejor para diseñarlas". Con esta declaración confirma que está dispuesto a dialogar y su intención de no abusar de la mayoría absoluta en el Parlamento. "La tarea del Gobierno no consiste en suplantar a la Nación, sino en coordinar sus esfuerzos y facilitar sus tareas", sostuvo seguidamente. Es grato comprobar que un gobernante recuerda a los gobernados que no todo lo puede y que, si desean que haya recuperación, tendrán que poner de su parte.

Los socialistas, que se habían especializado en echar la culpa de todo a Aznar, debieron de quedar desconcertados cuando Rajoy renunció a utilizar ese arma: "En la política, no existe la herencia a beneficio de inventario". Asumirá sus obligaciones sin escudarse en los errores pasados, toda vez que "no hay ninguna voluntad de mirar atrás ni de pedir a nadie responsabilidades, que ya han sido sustanciadas por las urnas hace un mes".

El discurso contenía un diagnóstico crudo y directo de la situación y un amplio programa reformista, más concreto en unos puntos que en otros. Los socialistas le echaron en cara a Rajoy la falta de detalle de determinadas propuestas, igual que en la campaña, olvidando lo estéril que es tal argumento. Hubo muchos anuncios exactos y cristalinos, y lo demás ya lo podrá ir estudiando la oposición en las páginas del BOE durante los próximos meses.

Es de agradecer que Rajoy sepa que no le espera "un escenario de halagos y lisonjas". Gran verdad que le hará resistir mejor los reveses. Ciertamente, al final del discurso desenterró un convincente tono épico y sin concesiones a la ética indolora que pulverizó todo el edulcorado estilo de Zapatero, aquella democracia bonita de flores, paz, Estado dadivoso... De nuevo he de apuntar varias frases: "Sabemos bien que nadie piensa regalarnos nada, que nadie hará lo que no seamos capaces de hacer por nosotros mismos" o "Yo no he llegado a este momento para cosechar aplausos, sino para intentar resolver problemas".

En suma, fue el discurso que necesitaba escuchar la nación para desperezarse y ponerse manos a la obra. Mientras tanto, en El País trataban de rebajarlo arguyendo que las reformas de Rajoy eran continuistas y que no era un discurso muy distinto de los del último Zapatero. Independientemente de que no fuese una pieza revolucionaria o con todas y cada una de las claves de la política económica, me declaro incapaz de imaginar a Zapatero, y mucho menos a Rubalcaba (a la luz de su pobre y cicatera intervención), pronunciando un discurso siquiera parecido.

Tras la investidura, Rajoy ha formado su Gobierno. No ha decepcionado el gallego y, como ha dicho Carlos Sánchez en El Confidencial, "ha construido un equipo económico sólido y coherente". Aunque tenga mis dudas sobre la partición del Ministerio de Economía y Hacienda, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro son dos magníficas elecciones, sobradamente competentes y mucho más preparados que la acartonada Salgado. La única elección que me ha disgustado sin matices es la de Gallardón, quien, con todo, desempeñará una cartera idónea para demostrar cuán engominado es.

En cualquier caso, Rajoy ha cumplido su palabra de nombrar un Gobierno en el que primasen el mérito, la experiencia y la capacidad, dejando de lado la paridad y los brindis a la juventud y la levedad. Cayo Lara, ansioso por escupir su odio acumulado, ya lo ha descrito como un Gobierno "neoliberal" y "al servicio de los mercados". ¡Ojalá sea así!

La esperanza que suele adueñarse de estas fechas navideñas y las impresiones favorables sobre el nuevo Gobierno tal vez permitan soñar con un 2012 más triunfante que lo que indican los pronósticos. Es normal, pero hay que prepararse para lo peor y para apoyar al Gobierno en tanto actúe en la línea del discurso de Rajoy. Lo urgente es el control del déficit. Según el Presidente, su único compromiso que implica gasto público es actualizar las pensiones.

NOTA: Salgo de viaje la semana que viene y no podré actualizar hasta el día 8 de enero.

MENSAJE DE NAVIDAD



En estas fechas tan especiales, deseo a mis lectores una Feliz Navidad y un venturoso 2012. Que, contra pronósticos pesimistas, España empiece a levantar cabeza en el año que entra y seamos capaces de alcanzar nuestros objetivos con esfuerzo e ilusión.

domingo, diciembre 18, 2011

LA OTRA PELÍCULA DE ROBOTS DE MICHAEL CRICHTON

La faceta de director del venerado y añorado Michael Crichton suele asociarse, además de con Coma (1978), con Almas de metal, o mejor dicho, Westworld (1973), su menos poético título original. De entre su filmografía, entresaco hoy una película también de robots y, sin embargo, bien distinta a la antedicha: Runaway (1984). Que conste desde el principio que no es una cutrez al uso (hay buenos efectos especiales, las escenas de acción tienen pulso, la banda sonora es de Jerry Goldsmith...), pero presenta una serie de ingredientes que me hacen dudar de las intenciones de Crichton, de qué pretendía con este filme.

Como en Westworld, es patente la obsesión del talentoso guionista y director con los sistemas en teoría perfectos que fallan y el thriller tecnológico. En esta ocasión, la rebelión de las máquinas, en vez de ser temible, es risible, aparte de que detrás de todo está la mano del hombre...

En un tiempo indeterminado, se han empezado a producir robots que ayudan o sustituyen a los humanos en tareas básicas o no demasiado complejas. La ambientación no es extremadamente futurista, pese a esta premisa. El mundo, en general, no ha cambiado mucho. Y si en Westworld los robots tenían apariencia humana y prodigiosas capacicades, en Runaway son puras chatarras andantes, rudimentarias, con pinzas para agarrar objetos y sin estilo.

El protagonista es el rudo sargento Ramsay (un sólido Tom Selleck con un parecido irresistible a Juan y Medio), que dirige una brigada policial dedicada a neutralizar robots descontrolados. Es menester que exprese ciertas apreciaciones sobre el cuerpo de policía al que pertenece y sobre sus propias funciones.

El cuerpo de policía uno de los más incompetentes jamás concebidos. No sé si por un azar del destino o intencionadamente, el jefe de Ramsay es interpretado por G.W. Bailey, el inefable capitán Harris de Loca academia de policía (1984), estrenada el mismo año que Runaway. Sea como sea, estos policías carecen de personal para asegurar todas las salidas de un simple hotel y, casi como mofa a su negligencia, el villano, cuando ya se ha difundido su rostro e identidad, se cuela en sus instalaciones disfrazado sólo con el uniforme (que no incluye gorra) y accede a sus archivos delante de docenas de agentes.

En otra escena memorable, todo un operativo de policías deja que un cámara de la televisión se adentre alegremente en una vivienda donde un robot manipulado ha matado a dos personas y amenaza a un bebé con un revólver, poniendo en peligro su vida y la de Ramsay. ¡Ni siquiera le dan el alto cuando va detrás del protagonista!

Aún hay más. El bueno de Ramsay se atasca en su investigación e, ipso facto, su jefe, alter ego del capitán Harris, le ofrece la ayuda de ¡la vidente de la policía! Se trata de una señora mayor que, aunque ocupada en la investigación de un niño desaparecido, saca tiempo para comentarle a Ramsay que en una vida pasada fue hermano del malo y cosas así.

En lo tocante a las funciones de Ramsay y su brigada (compuesta por él mismo, la chica y otro agente), resuelve problemas muy peregrinos, atendiendo a granjeros y capataces de obra con robots estropeados causantes de alborotos menores. En ambos casos, todo lo que hace es desactivar el cacharro.

El argumento es ciertamente previsible y simple. Han aparecido algunos robots programados para matar personas y Ramsay, ayudado por su nueva compañera (Cynthia Rhodes), tendrá como misión atrapar al criminal responsable y, de paso, superar su vértigo y proporcionar una nueva madre a su vivaracho hijo. El antagonista es el doctor Charles Luther, encarnado por Gene Simmons, de Kiss. Un imposible enemigo de nulo carisma, sumamente soso y que casi siempre habla entre dientes. Gene Simmons, inexpresivo y gris, da vida a un individuo que se crece progresivamente gracias a la ineptitud de los agentes de la ley.

Este supuesto científico ha inventado algunos artilugios y armas que quiere vender al primero que le haga una buena oferta. Lo más destacable de su catálogo es una aparatosa pistola que dispara misiles en miniatura con sensor de calor personificado (a mí que me registren...) y unas arañas que saltan, escupen ácido y explotan: lo mejor de la película, a mi juicio.

En sus andanzas por atrapar al escurridizo Luther, Ramsay salvará a bellas secretarias de las garras de robots centinelas que lanzan descargas, perderá la paciencia con los ordenadores de la empresa de la que se ha valido el villano para fabricar sus armas y participará en intensas persecuciones a bordo de su coche de policía, pilotado por un maniquí... Dicho así suena hasta bien; en la práctica es una película muy desbravada.

No es Runaway una película con grandes aspiraciones. Esta modestia, a veces, da lugar a un poderoso entretenimiento. No es así en este caso, toda vez que el buen hacer de Crichton y sus artesanales robots no consiguen despertar muchas emociones. El trasfondo, la advertencia frente a los peligros de una tecnología que se alza contra sus creadores, apenas se intuye. Para un conocedor de la obra de Crichton, es llamativo que a una de sus creaciones le falte tan palmariamente el mensaje, la pedagogía con que las cargaba.

Pero es comprensible. Eran los ochenta, tiempos veloces y desacomplejados. Crichton debió de considerar que una historia así entraba en su línea y se dio el gustazo de llevarla a la gran pantalla, incluyendo algunos toques paródicos.

Por suerte, las novelas de Crichton no fallan jamás. Su segunda novela póstuma, que completó el escritor Richard Preston, está a la venta desde noviembre. Lleva por título Micro y de ella dijo el gran hombre dos años antes de morir: "I've decided to do something that's just fun to do. I think I'm always concerned about becoming a scold. I'll just do something closer to Jurassic Park".

domingo, diciembre 11, 2011

TIEMPO DE MUDANZAS

Nada es insustituible. Los que hoy proclaman que un PSOE fuerte es irremplazable y fundamental para la pervivencia del sistema, mañana tendrían que admitir que se equivocaban cuando otro partido ocupara su lugar. En la primera mitad del siglo XX, los tradicionales partidos liberales fueron desplazados por los socialdemócratas y laboristas. Hoy, puesto que ya nada tiene que aportar la socialdemocracia, mi ideal sería que el bipartidismo lo compusieran un partido liberal y uno menos liberal o liberal conservador. Sé que es un sueño aún inalcanzable y me conformo con un partido progresista decente.

A fin de cuentas, lo normal en una democracia que aspire a la estabilidad es que exista un partido que aglutine las principales corrientes izquierdistas --las más moderadas-- y que represente una alternativa válida a los conservadores. Tras la derrota sufrida en las elecciones generales, el PSOE tiene que hacer examen de conciencia, estudiar los errores cometidos. Otras fuerzas políticas le disputan el voto desde de la izquierda, por lo que tendrá que modernizarse o morir.

No basta con organizar un congreso para elegir un nuevo --o viejo-- líder. No le va a servir plantear una oposición intransigente que desde el primer momento se eche a la calle para sabotear las reformas del Gobierno del PP. La sociedad española no demanda eso. Lo que le vendría bien a PSOE es una renovación integral. España lo agradecería, si ninguna duda. Dicha renovación se produciría en tres ámbitos.

De entrada, tendría que alejarse de los nacionalismos y recuperar la defensa de España como nación, algo que Bono ha expresado con convicción, ganándose mi alabanza, a pesar de todas las reservas que me suscita el personaje. Adicionalmente, debería fijarse en el Nuevo Laborismo de Tony Blair. Él dotó a su partido de unas ideas adaptadas a los tiempos modernos, apartando a los trasnochados sindicalistas y laboristas a la antigua usanza, perdedores natos con su discurso de lucha de clases y Estado omnipotente.

Con Blair, se empezaron a respetar las aspiraciones individuales de la gente, su deseo de movilidad social. Ya no interesaban proyectos iluminados o de ingeniería social, o un Estado que regulara todos los aspectos de la vida. El PSOE es mucho más chusco y casposo que el laborismo de principios de los años noventa, así que habría muchas telarañas que limpiar y ventanas que abrir. Lógicamente, su nuevo proyecto se barnizaría con llamamientos a la justicia social y mejores servicios públicos. Los métodos a emplear para la reforma de estos últimos serían distintos del inmovilismo absoluto que ha caracterizado al PSOE en esta materia.

En segundo lugar, si el PSOE llega a la conclusión de que ha perdido única y exclusivamente por la crisis nunca avanzará nada. Crisis habría habido con o sin socialistas en el poder. Pero sus efectos no habrían sido tan devastadores de haber hecho el Gobierno una gestión económica responsable y menos sujeta a prejuicios ideológicos, intereses partidistas y dependencias, al menos hasta 2010, de los sindicatos. Todo ello, junto con la negación inicial de la crisis y una tosca lectura de las teorías de Keynes, es lo que ha hundido a España en la miseria y la desesperanza.

Un nuevo líder, finalmente, es ineludible. Rubalcaba, a pesar de los resultados, no se ha apartado de la vida política, que sería lo apropiado. Aunque Zapatero fuese el presidente del Gobierno y a él deban achacarse los principales fallos en la gestión de la crisis, Rubalcaba fue una pieza clave del mismo. Y no hay que menospreciar que toda la campaña del PSOE ha sido orquestada por Rubalcaba, durante un tiempo bastante largo. Tratar de huir ahora de toda responsabilidad y escudarse en la crisis y en que el PP no ha crecido demasiado en votos pone de manifiesto la clase de líder que ofrecía el PSOE, un hombre miope que solamente quiere agarrarse al poder.

Sorprendentemente, Rubalcaba, que hace no tanto sostenía que se hallaba al final de su carrera política, considera ahora que es el más apto para dirigir el PSOE. Con él al mando, no habrá renovación alguna, sino más de lo mismo. La oposición consistirá en salir a la calle de la mano de los sindicatos y tildar al PP de partido neoliberal y de extrema derecha. Y con Chacón las cosas no serían muy diferentes, salvo que el estilo sería más semejante al de Zapatero.

Al PSOE se le presenta la oportunidad de renovarse y de desprenderse del todo de un pasado que ya lastra demasiado. Si deja que esa renovación sea abortada por fracasados como Rubalcaba y Chachón, mejor será que desaparezca.

domingo, diciembre 04, 2011

EL INFORME

Arrumbando su habitual discreción (tal vez por haber adquirido cierto protagonismo en el Gobierno en funciones), Ramón Jáuregui ha vuelto a las andadas y ha hecho declaraciones dignas de comentario. Esta vez, ha rogado a Mariano Rajoy que "no entierre en el cajón" el informe que ha ventilado la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos. No yerra Jáuregui en sus ruegos: Rajoy no debe guardar el informe. Si es un hombre sensato y práctico, lo primero que hará según llegue a su despacho en La Moncloa será arrancarlo de la mesa del general Narváez y arrojarlo a la papelera.

Dicho informe contiene un notable rosario de despropósitos que han dado a conocer los medios esta semana. Entre ellos, que se reinterprete el monumento, como si fuese una especie de atracción a gusto del consumidor, o que se habilite un "centro de meditación" para personas no religiosas que lo visiten. Valiente memez, a la altura de las bobadas que nutren la corrección política y el pensamiento progresista. ¿Es que un ateo no puede meditar dentro de las paredes de una basílica? El recinto es de los más idóneos para esa actividad. Además, ¿meditar sobre qué? ¿Sobre los horrores de la guerra o sobre qué cenará cuando vuelva a casa? No acabo de entender esta propuesta, pero sospecho que los expertos tenían que llenar papel (son 31 páginas) y añadieron lo primero que se les ocurrió.

Incidiendo en la "resignificación", término que usa el informe, o en el centro de interpretación (léase manipulación), existe bibliografía a raudales sobre la Guerra Civil y sobre el régimen franquista. La información está al alcance de cualquiera y, por suerte, ya no toda aparece cortada por el patrón historiográfico progresista que tantos mitos y falacias ha difundido. Por lo tanto, no es preciso instalar en el Valle de los Caídos un centro de manipulación de la Historia o de desmemoria histórica. Quien lo visite puede documentarse ampliamente. Una de las bases que sienta el informe es la de "explicar y no destruir". Pues bien, hay que ir más allá. No necesito que nadie me lo explique, pues sabré llegar a mis propias conclusiones a través del estudio personal. Rechazo las píldoras que me suministre el poder.

La idea más controvertida --la pimienta de este indigesto guiso-- es la de la exhumación y traslado de los restos de Franco. No sería tan escandaloso, ya que Franco no concibió el Valle de los Caídos como su lugar de reposo. Sin embargo, acabó allí y lo mejor es dejarlo estar. Lo ha explicado Santiago González: "La losa que lo cubre pesa tonelada y media. Recuerdo también haber pensado entonces que 1.500 kilos estaban bien para sellar aquellos restos, que era un peso suficiente para el cometido que le tocaba".

El Valle de los Caídos, le pese a quien le pese, es un monumento dedicado a la reconciliación entre los españoles y a rememorar, con esa colosal cruz, la abundante sangre derramada en la contienda civil. Es, además, un cementerio, no una exaltación del fascismo ni un homenaje a Franco o a los vencedores. Una gran cruz corona el conjunto, pero ese símbolo trasciende su adscripción al cristianismo y puede ser asumido por cualquier occidental. No ha de verse como la enseña de una cruzada gloriosa. Es, por el contrario, un saludo fúnebre a los caídos y un triste recordatorio de lo que sucedió.

Indudablemente, fue levantado por una dictadura y es comprensible que algunos lo detesten. Lo cual no obliga a manipular o blanquear la Historia con la intención de obtener una victoria retrospectiva sobre un dictador que murió en la cama, dejando un país próspero, reconciliado y que pronto se dio una Constitución democrática.

En el informe también se avisa del progresivo deterioro que sufre el monumento, uno de los más visitados del Patrimonio Nacional. Por esta razón económica y por su relevancia histórica y artística, no cabe abandonarlo a su suerte y que quede en ruinas. Callada y discretamente --no son tiempos para dispendios de esta clase--, ha de ser restaurado.

Aun así, el problema del deterioro ya era conocido y el informe, desde luego, sigue sin valer de nada. Les invito a que lo lean, a que se atraganten con su prosa meliflua y excesiva, con sus tortuosos párrafos plagados de poesía, y a que sonrían ante la cursilería que salpica sus páginas.

El Gobierno en funciones, empezando por Jáuregui, ha evidenciado una desfachatez insondable al encargar a Mariano Rajoy que ponga en práctica las recomendaciones de sus expertos. No tuvieron el coraje de sacar los restos ellos mismos y ahora le endosan el trabajo sucio a otro, como si, en una suerte de castigo por la naturaleza intrínsecamente franquista que le atribuyen, fuese el deber moral del PP limpiar los traumas de los antifranquistas sobrevenidos.

Tan crudo como suena. Los socialistas, no contentos con legar una España empobrecida y al borde mismo de la ruina, han regalado al futuro Presidente una burda bomba de relojería cargada de rencor, ansias de dividir y sentimientos intestinos. Pero el imperturbable Rajoy la desactivará sin despeinarse, sin hacer ruido. Es una de sus especialidades.

domingo, noviembre 27, 2011

EL GOBIERNO EN FUNCIONES

El artículo 21.1 de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno dispone que el Gobierno "cesa tras la celebración de elecciones generales", instante desde el que continuará en funciones "hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno, con las limitaciones establecidas en esta Ley" (art. 21.2). Junto con las limitaciones expresas que contienen otros apartados de este precepto, el tercero describe cuál ha de ser el proceder del Gobierno en funciones, que, necesariamente, "facilitará el normal desarrollo del proceso de formación del nuevo Gobierno y el traspaso de poderes al mismo y limitará su gestión al despacho ordinario de los asuntos públicos, absteniéndose de adoptar, salvo casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general cuya acreditación expresa así lo justifique, cualesquiera otras medidas".

Tal es el régimen al que se somete el Gobierno en funciones y, como es bien visible, no lo han inventado los socialistas de ayer a hoy. Lo hago notar porque el todavía ministro de la Presidencia Ramón Jáuregui ha sostenido que el anterior traspaso de poderes, el de 2004, no se hizo tan bien como se está haciendo el actual, desconociendo que hay consenso en que el de 2004 fue modélico. Sus declaraciones dejan entrever que piensa que son ellos los primeros que han ideado un traspaso ordenado de poderes, en tanto que lo del PP fue una chapuza, una improvisación. El Gobierno socialista persiste en su adanismo incluso en su prostera hora. Tanta memoria histórica para, después de todo, caer en la amnesia respecto a lo que se hizo en fecha tan reciente como 2004.

En esta despedida del poder los socialistas no están acordando los asuntos trascendentes con el Partido Popular debido a su espíritu bueno o justo, o por su intachable comportamiento democrático, sino porque es lo que se desprende de las limitaciones y normas de conducta que la LG impone al Gobierno en funciones.

El ínterin entre unas elecciones generales y la formación del nuevo Gobierno es una situación incómoda en la que lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer, pero es un período insalvable y, por ello, es necesario un régimen jurídico claro y responsabilidad por parte de los dirigentes en funciones, que deben consultar con sus sucesores en el cargo las principales orientaciones políticas. No tendría sentido, verbigracia, que Zapatero sembrase un campo de minas contra el PP aprovechando las cumbres europeas a las que todavía tendrá que asistir.

Lo malo de esta transición es que el Gobierno está muy encorsetado, a pesar de las excepciones previstas por la LG, y si la crisis de la Deuda pública y del euro origina nuevas sacudidas no me imagino a Zapatero maniobrando hábilmente para salvar los escollos. Ya ha perdido las elecciones y ya bastante tuvo con aceptar lo que le exigieron en 2010. Está desaparecido, no se puede contar con él en caso de emergencia. Por su parte, Mariano Rajoy, muy prudente y respetuoso con los tiempos, ha adoptado un perfil discreto. No hará nada en tanto no sea investido.

Sin que sea conveniente incurrir en la histeria y en la precipitación, sí lo es acelerar el nombramiento de Rajoy como Presidente. Para ello, Congreso de los Diputados ha de otorgarle su confianza en el trámite de investidura, regulado en el artículo 99 de la Constitución, lo que exige, si ha habido elecciones de por medio, que las Cortes Generales hayan sido constituidas. Es en este punto donde se está perdiendo un tiempo precioso por culpa de las últimas disposiciones de Zapatero. Jorge de Esteban ha manifestado que "el Real Decreto de 27 de septiembre, disolviendo las Cortes, señala que la sesión constituiva de las nuevas será el día 13 de diciembre a las 10 horas, pero creo que en razón de la situación actual habría que acortar este plazo, señalando la sesión constitutiva el día 1 o 2 de diciembre, mediante un nuevo Real Decreto". No creo que ese cambio de parecer vaya a producirse...

Un ufano, desvergonzado Zapatero proclamó, en la última cumbre del G-20, que España, bajo su mandato, no pediría árnica al FMI y a Bruselas. En vista de las dudas que suscita España y de la inquietud de los inversores, tal vez sea el primer interesado en adelantar su salida de La Moncloa a fin de que la realidad, una vez más, no estropee sus fantasiosas previsiones.

domingo, noviembre 20, 2011

LOS PRÓXIMOS CUATRO AÑOS

España cambia de rumbo. El Partido Popular, liderado por Mariano Rajoy, ha ganado las elecciones generales, obteniendo una holgada mayoría. Se pone así punto y final a un largo período de predominio socialista.

Merece unas palabras de despedida el Gobierno que entra a partir de ahora en funciones. La mayor parte de mi madurez política se ha producido desde 2004, es decir, me he formado políticamente en la resistencia contra Zapatero, oponiéndome a sus proyectos y puntos de vista. Dudo que le eche de menos. Sin embargo, como ejemplo a no seguir, sus dos legislaturas en el poder me han deparado valiosas enseñanzas.

Difícilmente podrán ser imitadas las acrisoladas virtudes y los excelsos méritos del estadista de León. Huelga hacer más comentarios. De todos modos, he reconocido sus aciertos de última hora, como su regreso al concierto de las naciones civilizadas y su apoyo al escudo antimisiles de la OTAN.

Zapatero ha sido un Presidente deficiente donde los haya. Las urnas han emitido su veredicto, su propio partido lo ha abandonado en el trastero y lo único que le queda por delante es cuidar de su jardín y asistir a las reuniones del Consejo de Estado.

Se marcha el peor Gobierno de la democracia española y, como no podía ser de otra manera, deja la peor herencia posible. Las cifras son sangrantes y el horizonte muy negro. El nuevo Gobierno no obrará milagros. Pero, con todo, hay que exigirle desde el primer momento que se ponga manos a la obra en la tarea de salir de la crisis y crear empleo. Y ello incluye, por lo pronto, acometer las reformas que no ha iniciado o completado satisfactoriamente Zapatero y nuevos recortes en el gasto público.

La mayoría absoluta no es un cheque en blanco. El riesgo de abusar de ella es real y el poder del PP ha de ser vigilado de cerca. Tampoco es algo malo de por sí, que es lo que querrán dar a entender los socialistas. En verdad, todo depende de cómo se emplee. Rajoy debe combinar el diálogo y la negociación con la adopción de decisiones rápidas y eficaces. Un equilibrio difícil.

Con su habitual buen juicio, Jorge de Esteban ha solicitado en un artículo que se aceleren los trámites que han de sucederse hasta la investidura del Presidente por parte del Congreso de los Diputados (por ejemplo, el Rey podría no alargar más allá de un día las consultas con los representantes de los grupos parlamentarios y Rajoy podría revelar la formación del Gobierno en el discurso de investidura). Espero y deseo que así sea, ya que no hay tiempo que perder. España vive una emergencia nacional.

A partir de ahí, Rajoy tendrá que formar un Gobierno en el que estén los mejores, haciendo honor a su promesa: los más competentes de su partido y los independientes que hagan falta. Defraudar en esta responsabilidad tan decisiva sería un pésimo mensaje inicial. A continuación, se ha de elaborar y presentar a la opinión pública ese plan serio, ambicioso y coherente del que tanto ha hablado y que será la guía para sus acciones más importantes. De esta manera evitará las continuas improvisaciones y rectificaciones que caracterizaron la labor del anterior Gobierno.

Ante una oposición socialista que previsiblemente colaborará poco y que intentará tomar la calle, el nuevo Gobierno tiene como misión fundamental la de esforzarse en materia de comunicación. Transparencia, claridad y poder de convicción son las principales divisas. No puede encerrarse en sí mismo. Ha de persuadir a la opinión pública de la conveniencia de la dirección que adopte. De lo contrario, el camino se llenará de obstáculos y el PSOE sacará rédito de ello. No basta con haber ganado las elecciones.

En los próximos cuatro años hay que superar las frivolidades, las ocurrencias y los disparates generalizados por Zapatero y su entorno. En el libro Lágrimas socialdemócratas, Santiago González ha abierto en canal el estilo de gobernar del estadista de León y la base de sus ideas, resultando de la operación unas conclusiones hilarantes pero, a la vez, preocupantes por cuanto muchos han comprado los cachivaches del mercachifle a lo largo de estos años.

Para los próximos cuatro años se ha encomendado a Rajoy una prueba hercúlea. Este político berroqueño, culto e irónico tiene en sus manos una responsabilidad de la que casi sería recomendable huir. Es ahora, después de tanta paciencia y tantos desplantes, cuando tiene la oportunidad de revelarse como un hombre de Estado capaz de reparar las calamidades y daños causados por siete años de pesadilla socialista.

Para bien o para mal, Rajoy es la última bala en la recámara. Ojalá no sirva para consumar un suicidio colectivo, sino para abatir los problemas que asolan esta vieja nación. Aunque él esté al frente, en primera línea, cada ciudadano tiene su parte de responsabilidad y no puede pensar que el Gobierno todo lo puede. Como he dicho antes, no habrá milagros y sí muchas privaciones y malos tragos. Zapatero prometió una democracia bonita. Rajoy prometerá una lucha sin cuartel por la supervivencia.

La victoria del PP, o mejor dicho, la victoria de Mariano supone una alegría moderada para mí, pero, fiel a mis principios y desengaños, no voy a entonar un canto a los políticos, al cambio o a las ilusiones por el proyecto que he elegido. Ahora bien, no me identifico con los indignados y su democracia de asambleas y concentraciones. Lo que haga Rajoy será fundamental para curarse del sarampión amargado.

He criticado mucho a Rajoy y lo voy a seguir haciendo cuando lo considere pertinente. Por un tiempo le retiré mi confianza; hoy, atendiendo a la certeza de que él es la última oportunidad, se la he vuelto a dar. Quiero que gobierne con sus mejores cualidades, que sea previsible, prudente, moderado y patriota. También que tenga altura de miras y que no pierda de vista que la mayoría absoluta no es un cheque en blanco. Su compromiso es con la libertad de los ciudadanos y con los intereses generales de la nación.

Defenderé al Gobierno siempre que entienda que hace lo correcto y denunciaré sin piedad sus equivocaciones tal y como hacía con los socialistas. Y con más fuerza si cabe, puesto que los diputados que sostendrán el Gobierno han recibido mi voto y, por lo tanto, me siento más responsable de sus actos.

Los próximos cuatro años serán duros. Se acaba de iniciar una travesía de incierto final en la que no hay sitio para las bromas y las contemplaciones. Si Rajoy lo tiene claro, con él es posible enderezar el rumbo de España. Hoy sólo se ha dado el primer paso.

domingo, noviembre 13, 2011

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

Las posiciones no se han movido después del debate electoral del lunes. El señor Rubalcaba, obligado a ganar con rotundidad, no logró tumbar a un Rajoy rocoso y prudente que, no obstante, estuvo un tanto torpe y desperdició mucha munición que podría haber hecho mella en su oponente. Rubalcaba, ese "intrépido reportero", según Aznar, se limitó a dar por hecho que Rajoy será el próximo Presidente y le interrogó sobre su programa. Agresivo y nervioso, fue víctima de sus propias limitaciones y de la liviandad de sus planteamientos. Rajoy, condescendiente, tardó en contraatacar.

Ya es evidente que Rubalcaba pelea no por ganar las elecciones, sino por obtener un resultado no demasiado malo. Siempre fue así, una candidatura ideada para controlar los daños en el PSOE y, una vez en la oposición, abortar la renovación integral que pide a gritos ese partido. Aun así, las encuestas reflejan una distancia abismal entre ambos partidos. Sigo creyendo que hay mucho voto sumergido del PSOE y que es difícil que el domingo que viene el PP mantenga esa diferencia de 16 o 18 puntos. A la hora de la verdad, Rubalcaba venderá como una victoria --a efectos de su propia continuidad como líder-- cualquier resultado que caiga por debajo de los diez puntos de diferencia.

La campaña socialista está discurriendo por los cauces habituales. Vídeos sobre los terroríficos males que traerá el PP, intervenciones soeces (no sólo las de Guerra y González; véase también la última de Caamaño, todo un catedrático diciendo gansadas) y ausencia de ideas. Fuera del ataque al adversario no hay mucho que comentar. Los socialistas no pueden presumir de un programa más detallado y exacto que el del PP. Rubalcaba habla de muchos impuestos, sin describirlos. Afirma que prohibirá muchas cosas, sin explicar cómo. Y así un largo etcétera.

Los dos ejes de la campaña socialista están siendo infundir el miedo al programa oculto de Rajoy y asegurar, con una desfachatez notable, que no hay que hacer un ajuste como el demandado por la Unión Europea. Por razones obvias, no son los socialistas los más cualificados para denunciar programas ocultos. Carecen de credibilidad. Además, es una estupidez. Un programa no tiene por qué especificar cada propuesta, de un lado, y en el curso de una legislatura no puede convertirse en una losa para la acción del Gobierno, de otro. Como bien aclara Tony Blair, el programa tiene una importancia relativa. En campaña un partido debe adoptar posturas claras sobre los problemas más relevantes para que los ciudadanos estén informados y puedan decidir; pero es absurdo pretender que presente al público una especie de relato cerrado y pormenorizado en el que aparezca todo lo que hará o dejará de hacer en el futuro.

Los socialistas, en todo caso, se equivocan al considerar que la gente tiene miedo a los recortes y que ése puede ser el punto débil del PP cuando gobierne. Mi esperanza es que los españoles comprendan la gravedad de la crisis y que hay que hacer sacrificios extraordinarios. Si la reacción contra la crisis hubiese empezado en 2008 y se hubiese marcado un objetivo de austeridad en aquel entonces, posiblemente los ciudadanos no hubiesen retirado su apoyo al Gobierno de una forma tan palpable. El problema es que el ajuste se inició en pleno 2010, vino exigido por el exterior y se produjo en una situación de vida y muerte, por lo que fue muy drástico. La imprevisión de Zapatero y los errores cometidos a lo largo de 2009 contribuyeron a empeorar la crisis, y, en mi opinión, los ciudadanos van a castigar esa política irresponsable y arrogante, no únicamente el hecho de que haya habido recortes en el gasto público.

Por lo que se refiere al ajuste ma non troppo sugerido por Rubalcaba, se trata de una bufonada destinada a retener la simpatía de los izquierdistas más inasequibles al desaliento. No habrá futuro para España si no se realizan reformas y no se reduce el déficit público. Cuando en el debate Rubalcaba explicó cómo suplicaría a Bruselas que perdonara la vida a España para poder despilfarrar dos años más, comprendí que los socialistas han perdido el juicio y que por eso se permiten el lujo de soltar tantos disparates. Ahora bien, lo que es cierto es que durante la próxima legislatura se agarrarán a ese argumento en cuanto surja la ocasión.

El domingo que viene celebraré y comentaré la victoria de Mariano. Mi confianza no es plena, pero, como dijo el maestro Yoda, no hay otro.

lunes, octubre 31, 2011

AMANECE TRAS LA NOCHE DE LOS INDIGNADOS

El grupo de indignados estaba a punto de alcanzar al hombre. La turba furibunda le había localizado mientras se aprovisionaba de víveres y ahora le perseguía por las heladas y desiertas calles de Madrid.

El hombre miró un segundo hacia atrás. Una multitud informe le acechaba, se aproximaba a él inexorablemente. De la ropa de los indignados sólo quedaban harapos. Sus rostros descompuestos y feroces expresaban rabia, resentimiento, envilecimiento. Su inteligencia se había evaporado, pero les movían los impulsos más básicos que habían guiado su otra vida: la envidia malsana y el querer vivir a costa de los demás.

Todavía podían reproducir las consignas que, en el pasado, integraron su pensamiento político. Bombardeaban los oídos del hombre repitiéndolas sin descanso:

--Democracia real ¡ya!

--Lo llaman democracia y no lo es.

--Lo queremos todo y lo queremos ya.

--Nuestros sueños son vuestras pesadillas.

Al hombre le invadió el cansancio. Su avanzada edad y sus achaques jugaban en su contra, y los indignados no solían cansarse con facilidad. Era como intentar escapar de una ola en el mar. Si se dejaba atrapar todo acabaría rápidamente, le devorarían sin contemplaciones. Las últimas semanas habían sido una pesadilla continua y le asaltó la tentación de poner fin a su desdichada existencia. ¿Qué le ataba ya a ese mundo podrido?

--¡No! --dijo en voz alta, sorprendiéndose en el acto de la firmeza con que había hablado--. Debo sobrevivir, aunque sólo sea para demostrarles el poder del individuo. No desfalleceré ni pereceré. ¡Poseo el espíritu necesario!

Hizo un esfuerzo supremo para aumentar su velocidad y dejar atrás a los indignados, que ahora lanzaban aullidos y berridos. Durante años había bebido un elixir de la juventud eterna gracias al cual era capaz de aguantar ese ritmo. Pero su corazón era débil: si la persecución se alargaba mucho, no lo soportaría. En ese caso...

--Aguanta, kokoro --imploró el hombre entre dientes.

El laberinto de calles del centro de Madrid no bastaba para despistar a los indignados. Además, otros muchos se habían ido sumando a la fiesta. Olían el miedo, la vulnerabilidad de su presa.

El hombre dobló una esquina, pidiendo mentalmente no ser sorprendido por otro grupo mayor. Por suerte, la calle estaba desierta y pudo continuar avanzando, manteniendo una leve ventaja.

El problema era que no había donde guarecerse.

Su corazón estaba demasiado acelerado. Lo sentía a punto de explotar. Las costuras que lo sujetaban estaban siendo forzadas al máximo, como nunca antes. Y sus piernas pronto dejarían de responder. Sin aliento, empezó a aminorar la marcha. A sus espaldas, los indignados, hambrientos, empezaron a relamerse.

Cuando ya daba todo por perdido, vio cómo se entreabría el portalón de un viejo edificio de amplia fachada. Una mano le hizo señas, indicándole que fuese hacia allí. Sin dudarlo, el hombre se dirigió al portalón, que se abrió más para permitir su acceso.

¡Pero ya les tenía encima! Una zarpa mugrienta le agarró por el cuello de su camisa de cuadros, impidiéndole continuar. Inmediatamente el hombre se desprendió de la prenda, lo que salvó su vida. Ya dentro, ayudó a cerrar el portalón y a correr los cerrojos. En el exterior, los indignados comenzaron a aporrearlo.

El hombre había visto muchas puertas caer bajo el efecto de sus golpes y su voracidad sin límites, pero aquella era de gruesa madera y cubierta con planchas de acero, así que esta vez no les resultaría fácil.

Se hallaba en una especie de portal con muy poca luz. Aun así, la persona que le había abierto pudo identificarle.

--¡Pero mira a quién tenemos aquí! --exclamó--. ¡Esto sí que es una casualidad!

A su vez, el hombre, exhausto y cubierto de sudor, soltó una pequeña exclamación al descubrir quién era su salvador.

--Esperanza Aguirre --dijo entre jadeos, sonriendo con picardía--. Siempre es un placer, Presidenta, pero esta vez... no tengo palabras.

--Raro en ti --comentó Esperanza, muy animada.

Allí estaba la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid. A pesar de que toda la región se había sumido en el desorden y la destrucción desde hacía un año, la aguerrida señora no había perdido su aplomo ni su estilo desenfadado. Conservaba su mítica permanente y su magnetismo personal. Más delgada que de costumbre, el hombre apreció su atractiva figura.

--Ya... Yo, si puedo, no callo, Presidenta --repuso el hombre, respirando hondo. Lucía una camiseta negra con una frase estampada en blanco: "No soy Dragó"--. La verdad es a que esos de ahí fuera no les ha engañado esta inscripción.

--Desde luego. Ellos atacan a todo el mundo que está en sus cabales, por así decir, pero imagino que merendarse a Fernando Sánchez Dragó les hubiese sentado especialmente bien.

--Soy un bocado muy tierno. Los años me han ablandado y hecho mejor, como a un gran reserva. Si no lo han logrado ha sido gracias a ti.--El portalón temblaba como consecuencia del asedio al que estaba siendo sometido--. ¿Aguantará la puerta de este castillo?

--No lo sé --dijo Esperanza, echando un vistazo--. En principio, estamos a salvo aquí. Las ventanas más bajas tienen rejas y esta puerta es resistente. Ya se cansarán.

El portal era en verdad la entrada a un patio cuadrado, zona común de la comunidad de vecinos, y al fondo se erguía, un tanto destartalado y ceniciento, el palacete de la Presidenta. Cruzaron el patio a toda prisa. Querían alejarse cuanto antes de los indignados. Dragó aprovechó la oportunidad para admirar el trasero de la Presidenta, que iba ataviada con un vestido de combate muy ceñido que resaltaba sus curvas. Era la clase de vestimenta que odiaban los indignados, más cómodos con el burka o similares.

Esperanza guió a Dragó hasta una sala de estar sin ventanas. El palacete se había quedado sin calefacción y hacía frío, pero el lugar parecía seguro. En un rincón, recostado en un sillón con orejas, un hombre leía apaciblemente un libro. Aunque concentrado en la lectura, levantó la vista cuando entró la Presidenta con su acompañante y se levantó para saludar.

Era un señor mayor medio calvo, con apariencia de besugo, achaparrado y cubierto con una chaquetilla raída. Unas enormes y anticuadas gafas de pasta negra ocupaban casi todo su rostro.

--¡Gregorio Peces-Barba! ¡Tú por aquí! --dijo Dragó, denotando incredulidad.

--Así es, así es --reconoció el filósofo del Derecho en voz baja, como disculpándose--. Los socialistas, con su complejo de sumisión al nacionalismo, nunca perdonaron mis bromas sobre Cataluña y Portugal y sobre los bombardeos contra Barcelona, y sus criaturas no me han dejado en paz desde entonces.

Esperanza soltó una alegre risotada y palmeó la espalda de Peces, al que casi se le escapó la dentadura postiza a causa de la sorpresa.

--Ya sabes, Fernando, que cuando todo esto empezó hubo aquí una ensalada de tiros. Muchos huyeron, otros perecieron o, directamente, se convirtieron en indignados. Menuda escoria, joder.--La Presidenta hablaba con soltura, cual si se estuviese refiriendo a lo que había hecho en su fin de semana corriente--. Yo me quedé para defender a los ciudadanos de Madrid y sus libertades. Y un día, durante una escaramuza, nos topamos con éste y le rescatamos del agujero donde estaba viviendo. La verdad es que no vale de nada. Se queda encerrado todo el día y sólo lee y escribe.

Peces adoptó una pose ofendida y volvió a sentarse en su sillón, bufando y agitando el grueso volumen que estaba leyendo.

--Diantre, en esta casa no se valora mi trabajo. Señora Aguirre, alguien tendrá que reflexionar a fondo sobre lo que está ocurriendo, ¿no? Debo de ser el único pensador vivo en todo Madrid. ¡El último filósofo de este cementerio! Y vaya mecenas me ha tocado en suerte...

--Lo que tendrías que hacer es agarrar un rifle, subir al tejado y cepillarte a unos cuantos cada día, como hago yo, y nos iría mejor --replicó Esperanza, y volvió a reír sonoramente, para escándalo de Peces, que se refugió tras su libro--. ¿Y a ti qué tal te ha ido, Fernando?

El aludido se encogió de hombros.

--Me las he arreglado como he podido. Al principio casi sucumbo a la locura. Me salvó mi filosofía oriental, mi estoicismo. Solía decir: "Por necesidad batallo...". A eso me he dedicado. He intentado salir varias veces de Madrid, pero es imposible. Están por todas partes. Apenas queda gente cuerda, y la que hay ha perdido la iniciativa.--Esperanza le dio la razón asintiendo con la cabeza--. En fin, sigo aplicando las sabias palabras de Kipling: "Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor han perdido la suya...".

--Te comprendo bien --dijo Esperanza, y por primera vez una sombra de tristeza nubló su semblante, repentinamente envejecido--. He perdido a muchos amigos y colaboradores, a muchas personas valiosas que pelearon conmigo para evitar el desastre. Hubo un momento en que me abandonaron las ganas de luchar, cuando Madrid cayó definitivamente y ya sólo se podía aspirar a sobrevivir entre escombros y bajo la amenaza perpetua de esos borricos. Sin embargo, sólo yo soy la dueña de mi destino. Esa panda de borregos descerebrados puede irse al infierno. No harán que renuncie a mi vida o a mis ideales. Así que aún pienso dar guerra.

La fortaleza de Esperanza Aguirre, incluso en una escenario tan desfavoravle, era asombrosa, reconfortante. Dragó comprendió por qué Rajoy había huido a Bruselas a las primeras de cambio y ella no.

--Sí, opino lo mismo, pero estamos al límite --señaló Dragó--. Ya no me queda elixir de la juventud eterna y los indignados, en aras de la moral progresista que les han inculcado, destruyen sistemáticamente todas las revistas picantes que encuentran. ¿Merece la pena vivir sin esos pequeños placeres? Es paradójico que yo, que siempre he vivido mejor en el campo, aislado, solo, acunado por mis gatos y mis libros y mis amulentos, vaya a acabar mis días en esta ratonera infecta y asediado por la muchedumbre rabiosa. Y todo fue culpa del señor Rubalcaba...

Los tres presentes en la habitación, pesarosos, rememoraron fugazmente los sucesos que habían originado la actual situación. En 2011, el PP había ganado las elecciones, hecho que no fue aceptado por Rubalcaba y los socialistas, que se aliaron con el movimiento indignado para presionar a Rajoy desde la calle. El nuevo Presidente resistió. Sus reformas, poco a poco, fueron revitalizando la economía española.

Por ello, Rubalcaba decidió que debía tomar el poder cuanto antes. Tenía dos problemas al respecto. Por un parte, los del 15-Mu no le hacían mucho caso. Sus miembros eran prepotentes y soberbios, y creían tener respuestas inamovibles para todo. Verse superado en dogmatismo y anteojeras desquiciaba a Rubalcaba y su cúpula. Por otra, les faltaba determinación. Sus manifestaciones eran cada vez más débiles. La sola presencia de Esperanza Aguirre en la Puerta del Sol, epicentro de las concentraciones, bastaba para amedrentarles. Los más osados intentaron agredirla, pero ella sola abofetéo a sus asaltantes y los puso en retirada.

Rubalcaba recurrió a la química --único campo del saber en que poseía algo de pericia-- y desarrolló una droga con la que potenciar los más bajos instintos y erradicar la conciencia individual. Quería huestes más violentas, que no sólo cercaran las sedes del PP sino que las quemaran. Que pudieran enfrentarse a la policía sin temer las consecuencias. Con el compuesto engendró un colectivo amorfo, maleable y sin personalidad, un mero instrumento para sus fines. Todos eran iguales. Todos hacían lo mismo. Los indignados fueron sus cobayas y, naturalmente, los más aptos para ser tratados con la Droga de la Igualdad.

El experimento, como era previsible, se le fue de las manos. El organismo de los indignados asimiló la droga y, no se sabe por qué, empezó a producirla. Ahora podían transmitir sus efectos a otros, no dependían ya de inyecciones. La plaga se expandió y, si bien sirvió para echar de La Moncloa a Rajoy y arrasar España, los socialistas tan sólo retuvieron un mínimo espacio de poder en el sur, feudo sobre el que actualmente Rubalcaba ejercía un poder despótico junto con sus secuaces: María Antonia Iglesias, el Gran Wyoming, el fantasma de Felipe González, el padre Escolar y David Trueba.

No era un buen lugar para vivir. La economía era de subsistencia, y la gente estaba harta de las prohibiciones y regulaciones socialistas, pero el régimen no permitía emigrar a sus ciudadanos y lo controlaba todo de forma obsesiva. Mientras tanto, la mayoría de indignados convergió en Madrid, donde se habían formado grandes rebaños que pululaban permanentemente por la ciudad en busca de víctimas con las que alimentarse.

--Yo no me resigno --afirmó la Presidenta de pronto, sacando a los demás de su lúgubre estado de ánimo--. Tengo planes para escapar, pues no queda nada por lo que luchar aquí. Sé que en otras partes de España hay bolsas de resistencia, zonas libres de indignados que están prosperando y que están armándose para marchar sobre Alcantarilla, la capital de la Federación del Puño y la Rosa. Necesitan a gente como nosotros. Incluso a gente como Peces. Es nuestra obligación unirnos a ellos sin dilación. Y ahora que tú estás aquí, Fernando, sé que es la señal para dar el siguiente paso.

En ese momento saltó la alarma del palacete y la sala de estar se llenó de una insoportable sucesión de pitidos.

--¡Maldición, deben de haber echado abajo el portalón! --dijo Esperanza a voz en grito--. ¡No pensaba que pudieran lograrlo!

--¡Tenemos que irnos! --gritó Dragó, esforzándose para que su voz no fuese ahogada por la alarma.

Esperanza se desplazó al otro extremo de la estancia y abrió el primer cajón de un escritorio. Regresó con dos revólveres que tendió a Dragó y a Peces, quien estaba totalmente pálido y temblaba como una hoja.

--Bien, hay un pasadizo secreto por el que podemos escapar --explicó Esperanza con flema--. Coged las armas. Lo urgente es que no nos atrapen aquí. Ya pensaré algo cuando estemos fuera.

Dragó tomó el revólver y se aseguró de que estuviese cargado. En cambio, Peces se cruzó de brazos y compuso un mohín de repugnancia.

--Prefiero ser asesinado antes que asesinar --proclamó solemnemente--. Además, quizá debiera pedir perdón por lo que dije y...

--Allá tú, Peces, pero si te pillan te comerán vivo, y si vives te convertirás en uno de ellos --le advirtió Esperanza, encajando el revólver en su cinturón de cuero--. ¡Vámonos de una vez!

Abandonaron la sala poco antes de que los indignados irrumpieran en ella en tropel. Los asaltantes únicamente pudieron llevarse a la boca los libros de Peces, ya que consideraban que la lectura era un hábito demasiado individualista.

Anochecía en la ciudad cuando Esperanza, Dragó y Peces emergieron del pasadizo subterráneo. Aparentemente no había nadie en la plaza a la que habían llegado, pero Esperanza no bajó en ningún momento la escopeta de caza de doble cañón que había cogido antes de escapar.

Peces, que no había dejado de quejarse durante la incómoda travesía por el pasadizo, quiso saber dónde irían. Esperanza le respondió que tendrían que esconderse provisionalmente en algún apartamento de la zona una vez hubieran comprobado que estaba vació.

--Vaya, la dama más liberal de España proponiendo invadir la propiedad ajena --murmuró con sorna Peces.

--Mira, señorito, estamos en una estado de necesidad y no tiene mucho sentido respetar esos derechos --observó Esperanza, lanzando una dura mirada al filósofo--. Con catedráticos como tú no me extraña que antes de la plaga el país fuese de mal en peor.

La plaza seguía vacía, pero se sentían vigilados. Permanecer mucho tiempo allí era pedir a gritos una muerte segura. Así pues, se encaminaron hacia un portal cuyas puertas destrozadas les invitaban a inspeccionar el edificio.

Cuando fueron a entrar, Peces se interpuso entre ellos y la puerta extendiendo los brazos.

--Me he cansado de este juego --aseguró, los ojos turbios muy abiertos--. Lo llevo pensando un tiempo, señora Aguirre, y creo que voy a entregarte a Rubalcaba. Eso hará que me perdonen, que vuelva a ser respetado por mi... familia política.

Esperanza puso los ojos en blanco.

--Peces, aparte de que tu idea falla por varios lados, te recuerdo que Fernando y yo estamos armados y tú no. O despejas la entrada o te vuelo una rodilla.

El perturbado filósofo cayó en la cuenta de su desventaja. Esbozó una sonrisa estúpida, se ajustó las gafas enérgicamente y, enrojeciendo, se arrebujó con su chaquetilla.

--Supongo que antepuse mi ideología a las circunstancias --razonó, avergonzado.

Y fueron sus últimas palabras. De la oscuridad que tenía a sus espaldas surgieron varios pares de brazos que le atraparon y arrastraron hacia dentro.

Esperanza y Dragó dispararon sus armas repetidas veces, pero había demasiados indignados y fue imposible que soltaran a Peces. Mordieron su cuello y lo desgarraron, y la sangre manó a borbotones. Otros prefirieron su abultada barriga, que abrieron a dentelladas para deleitarse con sus intestinos.

Se presentaron más indignados en la plaza. Habían salido de la nada y tenían hambre y ansia de ver correr la sangre. Esperanza y Dragó se alejaron del portal y corrieron a parapetarse tras un unos coches accidentados que, dada su disposición en círculo, ofrecían una relativa protección. Desde allí podrían defenderse mejor.

Dragó vació todo el cargador sobre el primer indignado que tuvo a tiro, que cayó al suelo con el pecho agujereado.

--¡Fernando, maldita sea, no malgastes munición! --le reprendió Esperanza.

Y, para subrayar sus palabras, se incorporó, apuntó a un indignado que venía directo hacia ellos escupiendo espumarajos por la boca y apretó el gatillo. La parte de arriba de la cabeza del indignado desapareció, y se derrumbó pesadamente, arrastrando en su caída a varios de sus compañeros.

Fue una media hora sangrienta. Tras el parapeto de coches, Dragó y Esperanza recargaban frenéticamente sus armas y abatían a decenas de indignados. Pronto se hizo patente, empero, que su derrota era inevitable. Sin munición y sin vías de escape, no tenían nada que hacer. Los indignados no cesaban de atacar.

--Hasta aquí hemos llegado--sollozó Dragó, desesperado, mientras introducía los últimos cartuchos en el humeante y ardiente revólver--. Es como en la ínsula de Barataria, "han entrado infinitos enemigos".

--Lo sé, pero al menos hemos luchado --admitió Esperanza, disparando sobre un indignado peludo y famélico que casi había atravesado la línea de coches. Le alcanzó en el brazo y en la frente. Tres más fueron hacia ellos, la boca abierta, enseñando una dentadura deforme y amarillenta.

--Antes de morir, me gustaría recibir un último beso de una mujer --dijo Dragó, y sus ojos se posaron en los de Esperanza, que, turbada, los apartó--. Y si es de una mujer hermosa y valiente como tú, dejaré esta vida agradecido.

Los indignados aumentaron el tono de sus bramidos. Cercaban el círculo de coches y a sus dos atrapados supervivientes. Esperanza realizó sus últimos disparos y arrojó el revólver contra la masa.

--Muy bien, Fernando --dijo cuando volvió a su lado, sentándose junto a él y acariciando con ternura el rostro surcado de arrugas del escritor--, lo haré porque tú también eres un buen partido, siempre lo he dicho.

Y juntaron amorosamente sus labios, disfrutando de aquellos últimos goces de la vida.

Tenían la mente en otra parte, ya en el paraíso, y por eso no atendieron a las ráfagas de ametralladora que barrieron la plaza. Los indignados, desprevenidos y expuestos, fueron reducidos a picadillo en unos pocos segundos.

Por fin, Dragó y Esperanza abrieron los ojos. Seguían con vida. Ya no se oía a los indignados.

--¿Qué ha pasado? --se preguntó Esperanza, y se puso en pie para mirar en derredor.

Un vehículo blindado de ocho ruedas se abría paso entre el mar de cadáveres que colmaba la plaza. La bandera de la OTAN, grabada en uno de los costados del vehículo, hizo que los ojos de Esperanza brillaran de alegría. Nunca se había alegrado tanto de ver esa enseña, símbolo de la libertad y el desarrollo.

--¡Eh, ayuda! --gritó, moviendo los brazos.

Dragó se levantó y se unió a ella. El potente foco de luz del blindado se posó sobre ellos.

--¡No disparen! --chillaron al unísono Esperanza y Dragó.

El soldado responsable de la ametralladora superior del blindado les estaba apuntando, pero era obvio que no eran indignados. Dijo al conductor que se acercara allí.

Los soldados eran americanos y había muchos más en la ciudad. De hecho, al blindado se le había unido un segundo vehículo del que bajaron varios soldados a inspeccionar el lugar. Esperanza se comunicó con ellos en un perfecto inglés y les explicó quién era ella y cuál era la situación.

--Fernando, son soldados de la OTAN. ¡La plaga ha remitido! Los indignados están muriendo de hambre y la OTAN ha decidido entrar en Madrid para rescatar a los supervivientes.--Se abrazó a Dragó, llorando de felicidad--. Y la mejor noticia es que ha sido aprobada una operación para invadir el reducto socialista del sur y acabar de una vez por todas con el señor Rubalcaba. ¡Vamos, Fernando! Toma mi mano. Yo comandaré una unidad, la que entre en Alcantarilla y deponga al tirano. ¡Vamos a patearle el culo a Rubalcaba!

Dragó se dejó llevar, arrastrado por Esperanza, y subió al blindado. Cerró los ojos para retener en su memoria el beso con Esperanza. Estaba vivo y le quedaba mucho camino por delante, pero lo mejor, sin duda, había pasado.

El blindado de la OTAN dio medio vuelta y abandonó la plaza, dejando atrás un banquete para las aves carroñeras.

Los protagonistas de este relato sabrán disculpar mis licencias literarias. Como cada año, os deseo a todos una feliz noche de Halloween.

NOTA: El texto ha sido revisado después de su publicación, pues el lunes no me dio tiempo a corregirlo. Este relato sustituye al artículo de esta semana.

domingo, octubre 30, 2011

PARO Y RECETAS SOCIALISTAS: UNA COMBINACIÓN EXPLOSIVA

Antes de que la vorágine de la campaña electoral, con sus vídeos, debates y entrevistas, devore la actualidad, es conveniente efectuar un último análisis sereno de las ideas del señor Rubalcaba en torno al paro, el problema español más apremiante habida cuenta de la espeluznante cifra de cinco millones de parados que lleva a cuestas nuestra patria.

A simple vista, el intervencionista programa del PSOE tiene lógica y puede convencer al común de los mortales. Destinar gasto público a estimular la demanda para que las empresas quieran producir más y, así, contraten más trabajadores. Sin embargo, si se estudia con detenimiento, esta política, en las circunstancias presentes, sería ineficaz y extraordinariamente perjudicial.

Sin entrar en un debate casi filosófico acerca del papel, de mayor o menor protagonismo, que debe desempeñar el Estado, las políticas sobre la demanda que plantea el candidato socialista derivarían ineluctablemente en tensiones inflacionistas. La subida de precios llevaría aparejada una pérdida de competitividad, dato no despreciable en una economía globalizada. Si la solución a la crisis reside en exportar más, unos precios altos no son la mejor carta de presentación, y no es posible devaluar la moneda para compensar esa situación.

Sea como fuere, la experiencia reciente pone de relieve que esta clase de planes de empleo basados en un fuerte gasto público están abocados al fracaso. Los socialistas han borrado de su memoria el Plan E iniciado en 2009, solución estrella de Zapatero que, como es notorio, ni redujo el paro ni se tradujo en crecimiento.

Para sanear las maltrechas arcas públicas y disponer de dinero que gastar, todo lo fía Rubalcaba a subidas de impuestos y creación de nuevos tributos. Partiendo de la base de que lo más probable es que de todo ello resultara una recaudación inferior a la prevista, unos impuestos altos no son buenos incentivos ni para trabajadores ni para empresarios y, en consecuencia, sus efectos no son saludables en relación con empleo.

Adicionalmente, tratando de atraerse a los que no están dispuestos a renunciar al pesebre, Rubalcaba ha sostenido públicamente que quizá haya habido un exceso en la lucha contra el déficit. Nada más lejos de la realidad. El compromiso de España con la UE es un déficit del sector público del 4,4% en 2012 (y 3% en 2013). Si el objetivo de este año era el 6%, y es imposible que se cumpla, pues se situará en torno al 7%, Rubalcaba debería explicar mejor por qué entiende que ha habido excesos en materia de consolidación fiscal. No es un capricho liberal: es una inaplazable necesidad a fin de no causar mayores problemas en la zona euro, ámbito en el que no han terminado los sobresaltos. En resumidas cuentas, lo que propone Rubalcaba es echar más leña (déficit) al fuego de la Deuda pública, sospecho que hasta conseguir que el FMI tenga que rescatar a España.

A lo antedicho se suman otros despropósitos nacidos del magín socialista para castigar aún más a las empresas y al libre mercado, como nuevas prohibiciones, paridad, cierre de las centrales nucleares… Será todo listo que quiera Bono, pero Rubalcaba, en sus múltiples intervenciones, está demostrando que mucha experiencia política no significa mucho conocimiento de los temas a tratar.

Hasta Jordi Sevilla, recalcitrante keynesiano, ha reconocido que el próximo Ministro de Economía y Hacienda tendrá que “actuar con mano dura, a la vez, sobre el Presupuesto, para reducir el déficit u sobre un conjunto de reformas estructurales que dinamicen nuestras estructuras económicas, vigorizando el crecimiento”. Estrategia incompatible con los planteamientos de Rubalcaba.

Aplicar el programa socialista solamente contribuiría a agravar los ya imponentes problemas que sufre la economía española. Pero no es un programa serio o al uso. Su función es la de definir una postura que permita al PSOE acercarse a los indignados cuando gobierne Rajoy.

Con cinco de millones de parados y un crecimiento estancado, a lo mejor alguien se pregunta cuál es la alternativa a las recetas de Rubalcaba. Pues bien, asumiendo que no hay fórmulas infalibles, seguramente políticas que actúen sobre la oferta tendrían éxito. Es lo que debe hacer el PP. Fomentar la competencia liberalizando los mercados; flexibilizar el mercado de trabajo; reducir los impuestos para incentivar la producción; y, por descontado, una reforma del sistema financiero que permita que el crédito fluya de nuevo y que familias y empresas puedan financiarse. Para ello es indispensable una inyección de confianza.

De todos modos, incluso mediando una intensa recuperación económica, las dramáticas cifras de paro tardarán largos años en aliviarse. El mercado de trabajo no podrá absorber a tantos parados de aquí al día de mañana. Por lo tanto, hay que aceptar que este problema no se va a arreglar como por ensalmo.

domingo, octubre 23, 2011

HACIA EL FIN DEL TERRORISMO NACIONALISTA VASCO

El pasado jueves, mientras las naciones libres celebraban el fin de Gaddafi, en España hubo ocasión de celebrar otro esperado anuncio, el del "cese definitivo" de la violencia que difundió ETA en un comunicado. Los partidos políticos lo han calificado de triunfo de la democracia y han empezado a hablar de la unidad de los demócratas para gestionar el fin del terrorismo. El exceso sentimental en las filas socialistas y en alguna prensa ha sido muy acusado y, posiblemente, precipitado.

Por lo pronto, advierto que no emplearé el vocabulario terrorista que está empezando a calar en algunos medios de comunicación y políticos. No se ha alcanzado la paz, puesto que no hubo guerra previamente. Tampoco reconozco que haya habido un conflicto. El conflicto lo sentirían quienes han empuñado las armas, no quienes perdieron la vida mientras acudían al trabajo, departían con sus amigos o regresaban a casa. Y es muy candoroso llamar "actividad armada" a tiros en la nuca, bombas debajo de los coches, secuestros y extorsiones.

Lo primero es tomar la memoria como guía para cualquier tipo de reacción o pronunciamiento. Durante demasiados años, una banda de criminales decidida a imponer su ideología por la fuerza ha asestado sus zarpazos en el País Vasco y en el resto de España, dejando en el camino un doloroso reguero de víctimas. Los asesinos han contado con el apoyo más o menos intenso de una parte de los vascos. Esta circunstancia, unida al hecho de que no siempre el Gobierno de la nación ha actuado con firmeza para atajar lo que no pasaba de problema de orden público, facilitó la prolongada subsistencia de la banda.

En los últimos tiempos, cuando se hizo notorio que la vía predominante para acabar con el terrorismo iba a ser la línea dura, la basada en un constante acoso policial, judicial y político a la banda y a su brazo político y social, ETA y los suyos se vieron arrinconados. En el paso de esta situación a la actual no deben obviarse la aparición de Bildu y toda una serie de guiños cuya máxima expresión fue la conferencia celebrada esta semana, conferencia que emitió un comunicado vomitivo que bien podría haber firmado la propia ETA.

Ante esta nueva declaración de ETA mi postura personal se sitúa en un término medio. Como es lógico, es una buena noticia que los terroristas renuncien a la violencia, aunque sea con su retorcido lenguaje, y que acepten, por ende, el fracaso de sus métodos. No deseo abonar sospechas de una oscura negociación entre ETA y el Estado (dejando claro que la última negociación del Gobierno con ETA fue ignominiosa y un clamoroso error, lo que invita a la desconfianza; pero pienso que, desde entonces, se ha hecho lo correcto), pues la realidad es que en esta segunda legislatura de Zapatero se ha combatido resueltamente el terrorismo y se han hecho bien los deberes en esa materia, exceptuando la legalización de Bildu y algún escándalo menor.

Es necesario analizar el comunicado antes de extraer conclusiones. En él, ETA emplaza a los gobiernos español y francés a que "resuelvan las consecuencias del conflicto" que obsesiona a la organización nacionalista y marxista. Es cierto que no pide una negociación ni impone condiciones tajantes. Anuncia el ya citado "cese definitivo" de la violencia (contradiciéndose más adelante, ya que vuelve a hablar de superar "la confrontación armada", cuando teóricamente, si ha decidido dejar la "actividad armada", no debiera existir ya tal confrontación) y, por lo demás, elogia su propia trayectoria criminal. A la vista de los datos, de la literalidad del texto, es indudable que muchos políticos han realizado una "interpretación fraudulenta", según ha denunciado Rosa Díez. Es erróneo hacer pasar este comunicado por un documento de rendición incondicional.

Pero no todo se limita al comunicado. El contexto también importa en la interpretación. A pesar de que en otras ocasiones ETA ya realizó declaraciones similares, esta vez será difícil que vuelva a matar. No es que me fíe de su palabra o de sus buenas intenciones: como he dicho más arriba, sus opciones son limitadas y sabe que, incluso con todos los episodios de negociación, no va a doblegar a la sociedad española y al Estado de Derecho con bombas. Ésta es realmente la buena noticia, o sea, que reconozcan el fracaso de su violencia frente a la democracia española.

Es comprensible el alivio de quienes han vivido más directamente amenazados por esa mafia, pero no hay que agradecer nada a los terroristas. Con una estructura muy debilitada y con un entorno proetarra poco dispuesto a justificar nuevos asesinatos y que ha entendido que puede ganar más en las urnas, ETA, sencillamente, ha elegido el mejor momento para hacer su anuncio y sentarse a contemplar sus efectos.

En conclusión, el comunicado responde a la política de firmeza contra ETA, de un lado, y a su propia conveniencia, de otro. Es por ello que habrá que tener en cuenta ambas consideraciones a la hora de afrontar los próximos movimientos.

Con ser éste un paso relevante, el auténtico final del terrorismo queda lejos. Muchas incógnitas han de ser despejadas antes de que la alegría pueda ser definitiva. ETA no ha dicho aún que vaya a entregar las armas o que vaya a disolverse. Así pues, si de verdad este "cese definitivo" continúa después del 20 de noviembre y si de verdad la voluntad de ETA es renunciar al terror, habrá que articular un delicado proceso que culmine con la entrega de las armas y en el que tendrán que ser nítidos los límites infranqueables. Porque, desgraciadamente, no veo posible una escena semejante a la Vercingétorix arrojando sus armas a los pies de Julio César. Las armas sólo se rendirán tras un diálogo, que no negociación, en el que habrá que ofrecer alguna concesión menor a modo de zanahoria.

Nada de cesiones políticas o de beneficios generalizados, descartándose la amnistía. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no bajarán la guardia. Los terroristas implicados en delitos de sangre deberán ser juzgados; muchos otros tampoco podrán escapar a la acción de la Justicia. Cualquier solución que suponga impunidad para los asesinos será una burla no sólo a las víctimas, sino a un Estado de Derecho digno de tal nombre. Sin embargo, son factibles medidas de reinserción y el acercamiento de los presos al País Vasco. Los terroristas en búsqueda y captura podrían entregarse voluntariamente, lo que puede ser valorado como atenuante.

domingo, octubre 16, 2011

EL PROGRAMA DEL PSOE Y LOS AMARGADOS

Ayer volvieron a manifestarse los indignados, a lanzar al viento sus consignas y frases ingeniosas y a mover mucho las manos en sus esperpénticas asambleas. Pío Moa ha hecho una pregunta muy pertinente: "¿Por qué los indignados no se indignan de su propia estupidez?". En rigor, cabría hablar de amargados, porque es lo que son: unos tipos amargados por sus propios fracasos, por sus ideas entumecidas, por sus telarañas ideológicas y, muy especialmente, por el éxito de los demás.

La democracia real que quieren alumbrar puede resumirse en un Estado todopoderoso sostenido desde la calle por asambleas no representativas, irresponsables y apoyadas en la fuerza de la masa y en la violencia contra el disidente. Y, por descontado, pesebre urbi et orbi, para lo que defienden una regulación del mercado que asfixie toda iniciativa individual. En suma, sería una democracia a la cubana. Admito que no todos los que van a las concentraciones comparten esta aspiración, pero sí una mayoría, a tenor de sus declaraciones, actos y afinidades políticas.

Pues bien, tan clara como la deriva extremista que ha adquirido este movimiento es su pérdida progresiva de influencia. Que se hayan ganado la simpatía --siempre volátil-- de la opinión pública por su crítica contra unos políticos incompetentes no implica que respalde todas y cada una de sus malsanas utopías. Ya ha habido ocasión de comprobar que su mejor recurso es el de la violencia y la intimidación contra quienes no comparten su ideario. Insultan a la policía, ocupan sin autorización espacios públicos y alteran el normal funcionamiento de las instituciones.

Pero hay una posibilidad de que vayan a más. El PSOE sabe que a la vuelta de la esquina le aguarda una merecida derrota sin paliativos. Cuando ello suceda, existe el riesgo de que, en vez de reformarse y convertirse en un partido socialdemócrata aceptable y moderno, se eche al monte y se fusione con los amargados a fin de aprovecharse de ellos. Por ahora, sólo les dedican una parte de su corazón, como con tan almibaradas palabras ha declarado un perdedor que antes tenía patillas. Si los socialistas llegan a estar de cuerpo entero, los de las asambleas tendrán más oportunidades de copar el debate político y condicionarlo.

En cualquier caso, es obvio que el señor Rubalcaba da por perdidas las elecciones y que va a aproximarse lo más posible a ese movimiento, de forma que pueda presionar desde la calle al futuro Gobierno de Mariano Rajoy. El poder que no gane en las urnas lo intentará obtener de la calle. Los amargados son la plataforma perfecta desde la que oponerse visceralmente a las reformas que deberá emprender Rajoy. Una estrategia que no es nueva para la izquierda. El programa del PSOE, de hecho, contiene varios guiños a los amargados.

Los programas electorales son un engaño, una farsa. Sólo se citan en campaña. A mi entender, en ciertos casos es bueno que sean incumplidos: no se puede gobernar bien sin apartar la vista de ese documento trufado de buenas intenciones. Del actual programa del PSOE hay que destacar su nula ambición. No lo he leído entero, pero obviamente Rubalcaba tampoco. Como en 2008, cuando lo más que podía decir Zapatero es que iba a crear un observatorio de precios y doscientos mil empleos "para mujeres", ahora regresa esa misma escasez y desgana, con la diferencia de que en 2008 no había cinco millones de parados.

Como dato principal, el programa socialista es un programa diseñado por arbitristas. Están convencidos de que todo se arregla subiendo impuestos y gastando más. En lo tocante a los tributos de nueva creación para la banca y los ricos, la falta de concreción es una prueba más de que este programa no es para tomárselo en serio. Rubalcaba es un arbitrista diletante. Por ello, es sumamente grosero que haya llegado a dar cifras concretas de recaudación y a afirmar que las destinaría a programas de empleo para jóvenes.

Hay otras medidas que la prensa ha entresacado de la grisura del programa. Bromas de mal gusto y pequeños golpes de efecto (dación en pago, paridad), viejas supersticiones (cierre de las centrales nucleares) y el toque puritano característico de los progresistas (esta vez van contra los anuncios de prostitución en los periódicos). Así es como se combate una crisis económica: maltratando al sector privado desde todos los frentes, abrumando al personal con impuestos, regulaciones y prohibiciones. Aplicar este programa tendría como efecto ahogar definitivamente el crecimiento y espantar a los emprendedores. Entonces es cuando hay que recordar que el programa socialista es más bien una primera declaración de amor a los amargados.

Estoy de acuerdo en que, para salir de la crisis, no basta con reducir el gasto público y adelgazar la Administración. La austeridad debe ir seguida de reformas profundas y de un plan muy ambicioso. Por el contrario, subir o crear nuevos impuestos no es la receta más adecuada. Primero, porque muchos ya subieron hace poco. Segundo, porque, incluso si se consiguiera recaudar más, de poco valdría para paliar los efectos del gasto descomunal de un sector público que no da más de sí. La solución a esta crisis no pasa por más Estado.

Por último, espero que el PP no se esté confiando demasiado por culpa de esas encuestas que pronostican su aplastante victoria. Victoria habrá, pero el alcance está por determinarse. Para empezar, debe de haber mucho voto sumergido socialista. Se ha de tener presente que el señor Rubalcaba no fue escogido para ganar, sino para controlar los daños en el PSOE, y aparte de su acercamiento a los amargados guardará unas cuantas bazas que jugar durante la campaña (entre ellas, la de que ETA deje las armas bajo unas condiciones favorables a sus propósitos, quedando si no como vencedora sí en un empate con el Estado de Derecho). Viene una campaña dura, a cara de perro.

domingo, octubre 09, 2011

VICIOS ENDÉMICOS DE LAS SERIES ESPAÑOLAS

La cancelación del Cheers español debería provocar ciertas reflexiones sobre los fallos de las series patrias y su evidente inferioridad respecto a las americanas. Ello al margen de ese mitoplastismo del que ha hablado José Viruete y que tanto distorsiona ciertas valoraciones.

Como aficionado a las series, me interesa conocer dónde están los males de las españolas. Hay dos factores que, a corto plazo, no pueden variarse: el presupuesto y la calidad de los actores. Las series americanas de mayor éxito tienen buenos actores (o, cuando menos, actores solventes) y un presupuesto importante. Por el contrario, las españolas adolecen de graves carencias en ese sentido. No entraré a considerar esos dos factores.

A mi juicio, y siguiendo a diversos críticos, las series españolas incurren en tres vicios fundamentales. Primeramente, su excesiva duración. ¿Por qué una serie española dura más de una hora por lo común? ¿Quién estableció esa regla no escrita y por qué se mantiene? Puedo entender que dicha duración responde al propósito de ocupar, por ejemplo, todo el prime time, de forma que, si la serie es exitosa, la audiencia esté dispuesta a tragarse muchos anuncios durante mucho tiempo. El inconveniente es que esta duración hace que los capítulos tengan que estirarse hasta extremos indeseables.

El segundo vicio es que en la mayoría de series españolas hay una clara subordinación al costumbrismo más rancio y casposo. Con mayor o menor intensidad, en todas acaba emergiendo esa tendencia vergonzante. Son series pobladas de personajes zafios, cutres y tópicos, de situaciones pertenecientes al acervo popular cañí y de lugares comunes deprimentes. Cheers es un ejemplo perfecto: tanta era su caspa que Alberto Rey escribió que, para digerirla, "más que una copa bien cargada, lo que uno necesita es un buen vaso de champú". A pesar de basarse en una mítica serie americana, terminaba por parecerse más a Los Serrano. La impronta española, cuando consiste en introducir tales elementos populares, arruina el producto.

Por último, las series españoles pecan de un contraproducente ánimo inclusivo. Una serie de médicos española no es únicamente una serie de médicos, sino que, hasta cierto punto, abarcará más géneros y se dirigirá a todo tipo de espectadores. Habrá tramas para toda la familia, por así decir. La idea es captar una mayor audiencia pero, llevada a sus últimas consecuencias, supone una multiplicación de tramas y personajes que confunde y abruma al espectador.

A la vista de los sucesivos fracasos que recientemente están cosechando series basadas en este esquema, es de esperar que creadores y cadenas saquen las lecciones oportunas y empiecen a cambiar, a innovar de verdad. No hay que copiar a los americanos en las ideas originales, sino en la calidad y empeñó que ponen en sus creaciones.

Se me podrá oponer que muchas series españolas han triunfado cumpliendo con exactitud las características anteriormente descritas. Bien, los tiempos cambian. En 2011 la evolución es --o debería ser-- mayor que en 2003, y no sé si productos como Aquí no hay quien viva o basuras similares serían respaldados por la audiencia. El público ahora es más exigente, puede discriminar mejor y está harto de lo de siempre.

La excepción es Cuéntame cómo pasó. Su éxito, tras diez años en antena, es incuestionable. Y dura más de una hora, es enormemente costumbrista y presenta tramas para todos los gustos. Es lo cierto que, en este caso, el uso del esquema español está justificado, al ser una serie histórica que narra las vicisitudes de una familia española desde finales de la década de los sesenta, momento en el que, por otra parte, se consagraron muchos vicios nacionales en todos los ámbitos del arte. Además, la serie cuenta con el gancho de la nostalgia, con unos excelentes actores y con guiones decentes.

Con todo, el gran mérito de Cuéntame cómo pasó ha sido establecer entre la audiencia una identificación permanente con la familia Alcántara. Algo nada fácil de lograr. Pero el de esta serie es un ejemplo inimitable, ya que experimentos con décadas posteriores fracasaron; los centrados en épocas anteriores, sencillamente, no pasan de la categoría de telenovela golfa.

domingo, octubre 02, 2011

EL CATALÁN EN LOS OSCAR. ¿POR QUÉ NO?

Es recurrente el debate sobre cuáles las razones que fundamentan el supuesto alejamiento de Cataluña del resto de España. Para los nacionalistas, el culpable es, cómo no, Madrid, cuyo centralismo les impide realizarse y vivir con plenitud, cuando la realidad es que esta gente tiene un umbral muy bajo de frustración. Obviamente, es más correcto pensar que los problemas suelen venir de Cataluña; de los políticos catalanes, concretamente. El nacionalismo, con su voluminoso complejo de inferioridad a cuestas, necesita afirmarse ante sus teóricos enemigos e imponer sus dogmas desde el poder. Hay numerosos ejemplos de ello. No sorprende que hasta cinco Comunidades Autónomas, gobernadas por distintos partidos, recurrieran ante el Tribunal Constitucional el Estatuto catalán de 2006.

En otro nivel hay opiniones para bobos, para adictos al mitin. Por ejemplo, la del PSOE, según la cual la unidad y cohesión de España nunca han estado en juego debido a sus reformas de la organización territorial del Estado, en tanto que, al mismo tiempo y contra todo pronóstico, ese resquebrajamiento sí se ha producido y ha sido obra de la política del PP, tachada de anticatalana.

Si bien la regla general es que las agresiones provengan del nacionalismo, ha habido recientemente un movimiento de signo contrario. Es de justicia hablar de él para rechazarlo. Los recelos y críticas con que se ha acogido la designación de la película Pa negre (2010), rodada en catalán, para que represente a España en los Oscar son una reacción contra Cataluña que quizá se explique por las tensiones del momento pero que no se sostiene.

Ante todo, Pa negre es una película española, hecha por españoles y producida y subvencionada con dinero español. A mayor abundamiento, el catalán es una lengua española, y así se proclama, con acierto, en el artículo 3.2 de la Constitución. No comparto, por consiguiente, que se discrimine esta película por la lengua que utiliza, máxime cuando dicho comportamiento es justamente lo que caracteriza a los nacionalistas. Son ellos los que tratan de prohibir la presencia de una lengua en el colegio, o los que excluyeron la participación de escritores catalanes que escribían en castellano en la Feria de Frankfurt de 2007, con grave daño para la convivencia y la cultura, sacrificadas en el altar de la nación excluyente y totalitaria que han concebido. La pureza racial ha sido sustituida por la más presentable pureza lingüística. Los abusos en su nombre, en todo caso, no han desaparecido.

Por todo ello, los patriotas españoles, los que entienden que Cataluña es parte de España y respetan sus particularidades y su cultura, no pueden oponerse, si son coherentes, a que la mencionada película represente a España en los Oscar. Esta decisión es algo que debiera inquietar a los nacionalistas, no a los patriotas.

No me ahorraré un pequeño comentario sobre la película en sí. Su más inmediata virtud es que ha desbancado, en la selección referida, a La piel que habito (2011), del endiosado Pedro Almodovar, lo que ya bastaría para ganarse mi estima. Es de esperar que el manchego caiga en uno de sus enfados cósmicos. Y, como filme, Pa negre no está nada mal. No es una película más sobre la postguerra. Sí, el ambiente y los personajes son tan deprimentes como de costumbre, y hay cierto sesgo ideológico, pero finalmente ahonda en aspectos distintos a enseñar al espectador lo perversos que eran los nacionales y lo bondadosos que eran los republicanos.

De nuevo se da una visión brutal y tétrica de la vida rural española: ese retrato funciona y convence. Su mayor problema es que trata de aunar demasiados géneros sin triunfar nítidamente en ninguno. A mi juicio, lo mejor es su protagonista, encarnado por el joven Francesc Colomer (que consigue bordar su personaje y conmover): un chico inteligente atrapado en la red de mentiras de los adultos y por todos codiciado.

Se me da un ardite que en la grotesca gala de los Goya Francesc Colomer cometiese una falta al expresarse en castellano o que no emulase las dotes oratorias del gran Emilio Castelar cuando subió a recoger su premio. ¡No hay que ser tan cicateros! Del mismo modo, es risible que Enric Juliana, columnista de La Vanguardia, presentara el episodio como una suerte de apoteosis de Cataluña, "una sociedad alérgica a los uniformes" (se me ocurren unos cuantos, diseñados en los años treinta y cuarenta del pasado siglo, que pese a estas palabras podrían valer a varios de sus dirigentes; en ERC se llevan las camisas negras, naturalmente) y por fin emancipada del yugo de Madrid, con los inquisidores del Tribunal Supremo (¿?) dispuestos a procesar al pobre chico por su equivocación. Hay que llegar a un término medio. Ambos extremos son ridículos y se anulan entre sí.

No sé si Pa negre merecerá el Oscar, un galardón muy prestigioso, pero defenderé que represente a España donde sea, gozando para ello del mismo derecho que tendría una buena película rodada en castellano.

sábado, septiembre 24, 2011

CLAVES PARA OPONERSE A LA HUELGA DE PROFESORES

Durante años, los socialistas no se cansaron de repetir que, con Esperanza Aguirre, la sanidad pública madrileña iba a ser privatizada y que habría que acudir al médico con la tarjeta de crédito entre los dientes. Dicha situación, a día de hoy, es inexistente, y las mentiras socialistas han quedado en evidencia. El consiguiente castigo en las urnas ha sido severo. En cualquier caso, muy torpe sería Aguirre si deseara privatizar la sanidad y, ocho años después de asumir el poder en la Comunidad de Madrid, aún no hubiera culminado ese proyecto.

Ahora, estos temores con los que se intenta confundir a la ciudadanía se han trasladado a la educación. Los profesores funcionarios no están dispuestos a trabajar (dos horas lectivas) más. No les falta razón cuando explican que este cambio tiene unas consecuencias que no se limitan al incremento de horas, pues a muchos profesores interinos no se les renovará su contrato y, obviamente, la carga real de trabajo del profesor será aumentada en más de dos horas. Luego han venido las exageraciones y las previsiones apocalípticas y disparatadas sobre la educación. En este contexto, los socialistas ven con buenos ojos la agitación para ir rescatando el ya manido argumento del miedo a la derecha más extrema que suele caracterizar sus campañas electorales.

Los profesores son una especie de burócratas. Este grupo, como advirtió Buchanan, no está formado por "eunucos económicos": muchas veces no les motiva el bien común, sino el suyo particular como colectivo, maximizando el presupuesto que les corresponde, expandiendo sus departamentos y oponiéndose radicalmente a cualquier tipo de recorte o contención (Niskanen). Hinchan su importancia bajo el parapeto del interés general. Esta respuesta no es eficiente, toda vez que posiblemente podría hacerse más con menos.

En consecuencia, estoy en desacuerdo con los huelguistas sin que por ello me considere un partidario de la abolición de la instrucción pública. Creo que, en convivencia pacífica con la privada, es necesaria. La igualdad de oportunidades que se consigue a través de ella es un principio del liberalismo clásico, no socialista. Lo socialista es el igualitarismo, es decir, igualar a todos en mediocridad y rechazar la excelencia. Con la igualdad de oportunidades, por el contrario, se fomenta el mérito y la capacidad. Debe existir, por tanto, una enseñanza al alcance de todos.

Hay que poner fin a ese intento de profesores sindicalistas de atribuirse en exclusiva lo que deba ser la enseñanza pública. Ellos tan sólo defienden un determinado modelo de enseñanza pública, el que les interesa; pero hay otros que pueden ser mejores o más adecuados para los tiempos que corren. No todo se reduce a elegir entre educación pública o la más absoluta privatización. Hay espacios intermedios y fórmulas que pueden ser exploradas, aunque irrite a los que viven bien con el sistema.

Pero cuando el sistema no es viable porque sus costes son muy altos, y además su calidad es manifiestamente mejorable, se impone su reforma. Ahí es donde entra en juego esa resistencia a perder poder que se deduce de las teorías de la Public Choice. Por mucho que les duela, los profesores han de comprender la necesidad de sacrificios adicionales y aceptar los cambios que vienen.

Un apunte más. Los profesores que han respaldado la huelga han contado con la inestimable colaboración de muchos alumnos. Me produce lástima una manipulación tan tosca y primaria, en la que los alumnos son lanzados como peones contra Esperanza Aguirre --convertida en poco menos que Satanás-- en aras de los intereses privados de los profesores. Y de los versos y canciones que se han elaborado para la ocasión mejor ni hablar. Si son indicadores del nivel intelectual de los docentes, entonces la educación pública sí que peligra.

domingo, septiembre 18, 2011

LAS TOGAS DE LA DISCORDIA

Ya no se puede disimular. Los socialistas, magos de la propaganda hasta hace poco, junto con Rubalcaba, supuestamente un genio tenebroso, están dando un verdadero recital de sandeces en esta fase previa a la campaña electoral. Hay que votar a Rubalcaba "porque es muy listo". Esta clase de mensajes son un insulto a la inteligencia de los ciudadanos.

Pero hay un lugar de España en el que esa inteligencia es todo los días insultada, vejada y pisoteada. A veces, fijándome en lo que acontece en Cataluña, me da la sensación de que dicha inteligencia ya no existe, por lo que no puede reaccionar. Por supuesto, no existe en los nacionalistas. Serlo supone renunciar a la individualidad, inmolarla en el altar de cartón piedra de una patria que otros deciden cómo es, y quien se aparte de esa idea será excluido. No creo que Mas y los altos dirigentes de CiU pertenezcan a este tipo de nacionalismo. A ellos lo que les importa es el poder. Gracias al nacionalismo, lo pueden obtener y, sobre todo, conservar con mentiras y manipulaciones. Si algo sale mal, la culpa es de Madrid. Si hay dificultades, hacerse la víctima proporciona unidad. Mientras tanto, indican a los ciudadanos en qué idioma deben rotular sus comercios, quién es catalán y quién no y hasta ahogan a sus hijos en el cubo de fregona de la inmersión lingüística. El agua del oasis catalán ha de estar sucia, empantanada: ideal para la inmersión, no para vivir.

En un nacionalista sólo veo a un estúpido fanático resentido y acomplejado. Carne de cañón irracional y aldeana. En un político nacionalista no veo sino el deseo de alcanzar el poder valiéndose de esos sentimientos tóxicos y de ejercerlo amparándose en las faldas de la nación que se inventan.

Pues bien, la franquicia socialista en Cataluña está descubriendo a pasos agigantados que no es mala fórmula. Y se han vendido al nacionalismo, a lo rancio, a lo excluyente. Después del discurso de Chacón del otro día, considero que el PSC es un partido separatista más, pues, según sus propias palabras, el único problema de los otros nacionalistas es que buscan "atajos". O sea, el mensaje resultante es: "Nosotros queremos la independencia pero sin atajos, en el ínterin hablaremos de la España plural y todo eso".

También arremetió la salerosa socialista, con la energía que la caracteriza, contra las "togas" que intentan "imponer su ideología con sentencias, desde los más altos tribunales del Estado". Esta mercancía de segunda va dirigida a los nacionalistas y no es más que propaganda especialmente miserable. Una propaganda muy hiriente y excesiva. Por ello, reto a Chacón y a sus alegres mariachis (Montilla es el modelo del socialismo a la catalana: gris, mediocre, sometido al nacionalismo y sin ideas) a que demuestre sus palabras. O mejor dicho, a que sea consecuente. La acusación no es baladí. Si de verdad cree en ella, tiene la posibilidad de llevar el asunto a los tribunales. Que ejercite la acción popular --ella misma o su partido-- contra los jueces concretos que, en lugar de interpretar y aplicar las leyes, las están retorciendo en su beneficio con malévolos fines.

¡Ese delito de prevaricación no debe quedar impune! Si así fuese, ¿qué crédito podría tener Chacón como defensora de Cataluña? Si la lengua catalana es lo más importante en la vida de una persona y en la vida de Cataluña y hay unas "togas" que tratan de erradicarla pervirtiendo su función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, ¿a qué espera Chacón para hacerles frente?

La verdad es que ni ella misma se traga sus declaraciones. Causa lástima que el PSC se sume a la pataleta nacionalista derivada de la negativa de la Generalidad a acatar y cumplir una sentencia, en abierta contradicción con el Estado de Derecho. Ha sido recurrida y la ejecución suspendida, pero el problema volverá antes o después y el desafío nacionalista será idéntico. Entonces Chacón volverá a bailarles el agua. Ella siempre ha sido muy vivaracha y despierta. Lo de las chuletas en la mano para soltar cuatro trivialidades en una entrevista seguro que fue idea de Barroso, no suya. Zapatero fue otra de sus víctimas.

A Chacón le disgustan esas "togas" que se atreven a poner en duda uno de los dogmas del nacionalismo catalán. No le molesta, por el contrario, que se imponga una ideología desde las aulas a través de falsedades y pensamiento único. Porque en las Comunidades Autónomas donde la educación es controlada por los nacionalistas lo que se hace es utilizar esa educación para inocular a los más vulnerables el virus del nacionalismo.

Así las cosas, Rubalcaba ha ido a Cataluña y ha vuelto a señalar a los catalanes cuál es su enemigo. No se trata de los que amenazan la libertad individual, visten camisa negra o piden que se margine a los niños que se expresen en español. No son los que tuvieron problemas (prescritos) con Hacienda, los del 3% o los que quieren que el español sea allí como una lengua extranjera. No, el malo es el PP por haber recurrido ante el Tribunal Constitucional el Estatuto de 2006. Volteando la expresión tradicional, podría decirse que con enemigos así... no se necesitan amigos.

domingo, septiembre 11, 2011

EL DESPERTAR

Sé que es poco original contar qué hacía uno el 11 de septiembre de 2001. Cuando se cumple el décimo aniversario de los atentados, creo que, para dar mi visión sobre aquel acontecimiento y las consecuencias que trajo consigo (y sobre cómo es el panorama diez años después), es conveniente echar la vista atrás y narrar mis impresiones y lo que significó para mí. Octopus se me ha adelantado: es imposible mejorar su escrito de ayer, por lo que, si no disponen de mucho tiempo, lean el suyo.

Aquel día estaba viendo una grabación. Para cuando acabó, ya se había producido el ataque contra la primera torre; lo primero que recuerdo, pues, es el coloso en llamas. Tenía puesta Antena 3, con Matías Prats. Yo sumaba apenas 13 años, pero cualquiera se hubiese dado cuenta de la importancia de lo que estaba sucediendo. Leía todo lo que caía en mis manos sobre Historia, si bien aún no mostraba el mismo interés por la actualidad. Me traía sin cuidado, en general, lo que salía en las noticias y periódicos. Sentía fascinación por las épocas pasadas a la vez que aborrecía discretamente la presente.

El atentado fue mi despertar a la modernidad y sus desafíos, porque descubrí que Occidente era vulnerable al terrorismo internacional. Dentro de mis posibilidades, me motivó para conocer mejor la realidad que me rodeaba y para buscar soluciones a sus problemas. Nunca actué, a partir de ahí, desde una posición derrotista o contraria al sistema en el que vivía. Antes al contrario, decidí que las democracias occidentales tenían que ser fuertes y seguir apostando por la prosperidad, y que la sociedad no podía caer en la cobardía o la indiferencia ante esta situación.

Aunque joven, no era tan ingenuo como para pensar que aquella masacre iba a quedar sin respuesta por parte de la primera potencia mundial. Conmovido por la cantidad de víctimas y por la entrega de los héroes que se sacrificaron para salvar a otros, y desesperado por haber sido testigo de la destrucción de todo un símbolo de poder a manos de unos sucios terroristas de tierras que me disgustaban, deseaba que las represalias fueran amplias y contundentes. A los enemigos musulmanes sólo les conocía del cine, religiosos fanáticos desprovistos de carisma y que no me inspiraban la menor compasión. Los soviéticos poseían un magnetismo, una vis atractiva. Los terroristas musulmanes sólo me daban asco.

Desde que conocí las escenas de palestinos celebrando el atentado supe que el Primer Mundo tenía en el Islam, en su versión intransigente, que es la habitual, un enemigo irreconciliable. Así pues, pasé unas semanas memorables siguiendo con atención los acontecimientos que desembocaron en la aniquilación del régimen talibán. Puesto que las potencias occidentales --gran parte de la comunidad internacional, de hecho-- se habían alineado con Estados Unidos, hombro con hombro, como dijo Tony Blair, sentí aquella victoria como propia. Aznar estuvo la altura de las circunstancias, así como lo estuvo en la foto de las Azores. Hubo unidad en ese instante y un propósito común, el de derrotar a toda costa a la organización de Bin Laden. Posteriormente, sin embargo, la unidad se hizo añicos, y surgieron las dudas y recelos.

Fui consciente también de la fragilidad del orden mundial y de que cualquier país podía ver amenazada su seguridad con relativa facilidad. Imaginaba todo tipo de formas de cometer un atentado, y lo difícil que sería evitarlo. La mejor salida era combatir, proteger nuestros valores y nuestro modo de vida, a todas luces superiores. Me rebelé contra los que llamaban a negociar con los terroristas, a ceder, a apaciguar. No quería tibieza ni conciliación. No hubiese servido de nada. Los terroristas musulmanes no desean matarnos y destruir Occidente en venganza por alguna injusticia cometida contra ellos, sino porque entienden que así lo dicta su religión y que deben imponer sus creencias. Aceptar esta idea es la premisa fundamental para hacerles frente.

George W. Bush asumió su responsabilidad de Presidente en tiempo de guerra y lanzó su exitosa campaña contra el terror. Desde entonces, no ha vuelto a perpetrarse un atentado musulmán en suelo americano. De Tony Blair, su mejor aliado, sólo puedo cantar alabanzas. Rápidamente comprendió que, en aquellas horas difíciles, Inglaterra tenía que apoyar a Estados Unidos y secundarle en la batalla. No había lugar a la pasividad, a esperar de brazos cruzados nuevos zarpazos. "Sean cuales sean los riesgos y los peligros de las medidas que tomemos, los riesgos y peligros de la inacción son mucho, pero que mucho mayores", alertó en su discurso al Partido Laborista en Brighton, el 2 de octubre de 2001. "No hay compromiso posible con este tipo de gente", afirmó, "ni consenso, ni punto de acuerdo con este terrorismo. Sólo hay una opción: derrotarlo o que nos derrote. Y debemos derrotarlo. Toda medida y acción que adoptemos y emprendamos lo será contra la red terrorista de Bin Laden".

Hoy, los terroristas están muy debilitados y, por fin, Bin Laden ha sido "ajusticiado", según Obama, Nobel de la Paz: siempre habrá que agradecer a este Presidente que redoblara los esfuerzos para cazarle y que, cuando tuvo que decidir si pasar a la acción, no se amilanara. Ello no resta gravedad al teatro de guerra en Afganistán. No debería haberse anunciado la retirada; dicho anuncio ha alentado la resistencia de los terroristas.

Sin ninguna duda, los costes de permanecer en Afganistán son enormes, especialmente para Estados Unidos, que lleva el peso de las operaciones. Pero no es menos cierto que las sociedades occidentales --no incluyo entre ellas la española-- han ido perdiendo la fortaleza que un día las caracterizó. ¿Hasta dónde están dispuestas a llegar, a soportar, a sufrir por esta lucha por la libertad y la seguridad? Las pérdidas humanas y económicas duelen sobremanera, y quiero pensar que no han sido en balde, incluso aunque el país no esté absolutamente pacificado y limpio de indeseables cuando las tropas completen la retirada. No obstante, hay que pensar que Afganistán es como un dique de contención. Y es, además, una prueba de fuego que no debe ser eludida. Es un error manifestar debilidad y falta de compromiso.

En este agitado año 2011, en muchos países árabes ha habido revueltas populares que han derrocado arcaicos regímenes dictatoriales. Regímenes que eran aliados de Occidente, que estaban con nuestros intereses. Por supuesto, el pueblo ha tenido la última palabra y ha luchado por la democracia y por librarse de la opresión y corrupción de esos regímenes. Ha hecho bien Occidente en apoyar las revueltas. Lo contrario habría sido contraproducente y miope. Ahora hay que vigilar atentamente la transición. Los islamistas tienen ante sí la oportunidad perfecta para hacerse con el poder y, apoyados por las masas, instaurar a la fuerza su cosmovisión fundamentalista. Los recientes disturbios en Egipto contra la embajada de Israel son alarmantes.

Empiezo a considerar difícil una convivencia plena y pacífica con el Islam. ¿Puede ser esta religión compatible con la democracia y con las libertades de que disfrutamos? Huelga decir que hay musulmanes que la practican pacíficamente, dentro de sus límites, y sin interferir en la libertad de los demás. Se han integrado en la sociedad occidental, son ciudadanos normales y merecen respeto. No hay por qué criminalizar a todos los musulmanes. Pero hasta en países modernizados y democráticos como Turquía existe una clara tendencia radical que siempre termina por aflorar. La pregunta es: En un país con mayoría de población musulmana, ¿es posible que el Islam no sea la religión oficial, la religión establecida, con todo lo que ello comporta? Y, en ese mismo país, ¿es posible que el que no sea musulmán pueda vivir en libertad conforme a sus propias creencias?

En su juventud, Winston Churchill, como oficial y corresponsal de guerra, participó en una disputa fronteriza de las muchas que tuvieron lugar en lo que hoy día es Afganistán y Pakistán, zona eternamente problemática. Ciertas tribus salvajes, inducidas por clérigos extremistas, se embarcaron en una guerra santa contra los británicos en la India. Churchill escribió una brillante crónica de los hechos y de su experiencia bajo el título de La historia de la Malakand Field Force (1898). En sus páginas hay pasajes que no han perdido vigencia a pesar del tiempo transcurrido.

Para Churchill, el cristianismo fue intolerante y excluyente, pero "ya estamos protegidos de la viruela con vacunas", en tanto que "la religión mahometana aumenta, en lugar de disminuir, la furia de la intolerancia". El resultado es que en la frontera de la India las "fuerzas del progreso chocan con las de la reacción. La religión de la sangre y la guerra está cara a cara con la de la paz. Con suerte la religión de la paz es normalmente la mejor armada".

Más de un siglo después, estas palabras sorprenden por la exacta verdad que contienen. Han de instalarse en nuestra conciencia. Y, si se obra en consecuencia, será posible matar a todos los terroristas musulmanes cada vez que se atrevan a salir a la luz. Afortunadamente, como decía Churchill, aún tenemos mejores armas.