Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







lunes, octubre 31, 2011

AMANECE TRAS LA NOCHE DE LOS INDIGNADOS

El grupo de indignados estaba a punto de alcanzar al hombre. La turba furibunda le había localizado mientras se aprovisionaba de víveres y ahora le perseguía por las heladas y desiertas calles de Madrid.

El hombre miró un segundo hacia atrás. Una multitud informe le acechaba, se aproximaba a él inexorablemente. De la ropa de los indignados sólo quedaban harapos. Sus rostros descompuestos y feroces expresaban rabia, resentimiento, envilecimiento. Su inteligencia se había evaporado, pero les movían los impulsos más básicos que habían guiado su otra vida: la envidia malsana y el querer vivir a costa de los demás.

Todavía podían reproducir las consignas que, en el pasado, integraron su pensamiento político. Bombardeaban los oídos del hombre repitiéndolas sin descanso:

--Democracia real ¡ya!

--Lo llaman democracia y no lo es.

--Lo queremos todo y lo queremos ya.

--Nuestros sueños son vuestras pesadillas.

Al hombre le invadió el cansancio. Su avanzada edad y sus achaques jugaban en su contra, y los indignados no solían cansarse con facilidad. Era como intentar escapar de una ola en el mar. Si se dejaba atrapar todo acabaría rápidamente, le devorarían sin contemplaciones. Las últimas semanas habían sido una pesadilla continua y le asaltó la tentación de poner fin a su desdichada existencia. ¿Qué le ataba ya a ese mundo podrido?

--¡No! --dijo en voz alta, sorprendiéndose en el acto de la firmeza con que había hablado--. Debo sobrevivir, aunque sólo sea para demostrarles el poder del individuo. No desfalleceré ni pereceré. ¡Poseo el espíritu necesario!

Hizo un esfuerzo supremo para aumentar su velocidad y dejar atrás a los indignados, que ahora lanzaban aullidos y berridos. Durante años había bebido un elixir de la juventud eterna gracias al cual era capaz de aguantar ese ritmo. Pero su corazón era débil: si la persecución se alargaba mucho, no lo soportaría. En ese caso...

--Aguanta, kokoro --imploró el hombre entre dientes.

El laberinto de calles del centro de Madrid no bastaba para despistar a los indignados. Además, otros muchos se habían ido sumando a la fiesta. Olían el miedo, la vulnerabilidad de su presa.

El hombre dobló una esquina, pidiendo mentalmente no ser sorprendido por otro grupo mayor. Por suerte, la calle estaba desierta y pudo continuar avanzando, manteniendo una leve ventaja.

El problema era que no había donde guarecerse.

Su corazón estaba demasiado acelerado. Lo sentía a punto de explotar. Las costuras que lo sujetaban estaban siendo forzadas al máximo, como nunca antes. Y sus piernas pronto dejarían de responder. Sin aliento, empezó a aminorar la marcha. A sus espaldas, los indignados, hambrientos, empezaron a relamerse.

Cuando ya daba todo por perdido, vio cómo se entreabría el portalón de un viejo edificio de amplia fachada. Una mano le hizo señas, indicándole que fuese hacia allí. Sin dudarlo, el hombre se dirigió al portalón, que se abrió más para permitir su acceso.

¡Pero ya les tenía encima! Una zarpa mugrienta le agarró por el cuello de su camisa de cuadros, impidiéndole continuar. Inmediatamente el hombre se desprendió de la prenda, lo que salvó su vida. Ya dentro, ayudó a cerrar el portalón y a correr los cerrojos. En el exterior, los indignados comenzaron a aporrearlo.

El hombre había visto muchas puertas caer bajo el efecto de sus golpes y su voracidad sin límites, pero aquella era de gruesa madera y cubierta con planchas de acero, así que esta vez no les resultaría fácil.

Se hallaba en una especie de portal con muy poca luz. Aun así, la persona que le había abierto pudo identificarle.

--¡Pero mira a quién tenemos aquí! --exclamó--. ¡Esto sí que es una casualidad!

A su vez, el hombre, exhausto y cubierto de sudor, soltó una pequeña exclamación al descubrir quién era su salvador.

--Esperanza Aguirre --dijo entre jadeos, sonriendo con picardía--. Siempre es un placer, Presidenta, pero esta vez... no tengo palabras.

--Raro en ti --comentó Esperanza, muy animada.

Allí estaba la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid. A pesar de que toda la región se había sumido en el desorden y la destrucción desde hacía un año, la aguerrida señora no había perdido su aplomo ni su estilo desenfadado. Conservaba su mítica permanente y su magnetismo personal. Más delgada que de costumbre, el hombre apreció su atractiva figura.

--Ya... Yo, si puedo, no callo, Presidenta --repuso el hombre, respirando hondo. Lucía una camiseta negra con una frase estampada en blanco: "No soy Dragó"--. La verdad es a que esos de ahí fuera no les ha engañado esta inscripción.

--Desde luego. Ellos atacan a todo el mundo que está en sus cabales, por así decir, pero imagino que merendarse a Fernando Sánchez Dragó les hubiese sentado especialmente bien.

--Soy un bocado muy tierno. Los años me han ablandado y hecho mejor, como a un gran reserva. Si no lo han logrado ha sido gracias a ti.--El portalón temblaba como consecuencia del asedio al que estaba siendo sometido--. ¿Aguantará la puerta de este castillo?

--No lo sé --dijo Esperanza, echando un vistazo--. En principio, estamos a salvo aquí. Las ventanas más bajas tienen rejas y esta puerta es resistente. Ya se cansarán.

El portal era en verdad la entrada a un patio cuadrado, zona común de la comunidad de vecinos, y al fondo se erguía, un tanto destartalado y ceniciento, el palacete de la Presidenta. Cruzaron el patio a toda prisa. Querían alejarse cuanto antes de los indignados. Dragó aprovechó la oportunidad para admirar el trasero de la Presidenta, que iba ataviada con un vestido de combate muy ceñido que resaltaba sus curvas. Era la clase de vestimenta que odiaban los indignados, más cómodos con el burka o similares.

Esperanza guió a Dragó hasta una sala de estar sin ventanas. El palacete se había quedado sin calefacción y hacía frío, pero el lugar parecía seguro. En un rincón, recostado en un sillón con orejas, un hombre leía apaciblemente un libro. Aunque concentrado en la lectura, levantó la vista cuando entró la Presidenta con su acompañante y se levantó para saludar.

Era un señor mayor medio calvo, con apariencia de besugo, achaparrado y cubierto con una chaquetilla raída. Unas enormes y anticuadas gafas de pasta negra ocupaban casi todo su rostro.

--¡Gregorio Peces-Barba! ¡Tú por aquí! --dijo Dragó, denotando incredulidad.

--Así es, así es --reconoció el filósofo del Derecho en voz baja, como disculpándose--. Los socialistas, con su complejo de sumisión al nacionalismo, nunca perdonaron mis bromas sobre Cataluña y Portugal y sobre los bombardeos contra Barcelona, y sus criaturas no me han dejado en paz desde entonces.

Esperanza soltó una alegre risotada y palmeó la espalda de Peces, al que casi se le escapó la dentadura postiza a causa de la sorpresa.

--Ya sabes, Fernando, que cuando todo esto empezó hubo aquí una ensalada de tiros. Muchos huyeron, otros perecieron o, directamente, se convirtieron en indignados. Menuda escoria, joder.--La Presidenta hablaba con soltura, cual si se estuviese refiriendo a lo que había hecho en su fin de semana corriente--. Yo me quedé para defender a los ciudadanos de Madrid y sus libertades. Y un día, durante una escaramuza, nos topamos con éste y le rescatamos del agujero donde estaba viviendo. La verdad es que no vale de nada. Se queda encerrado todo el día y sólo lee y escribe.

Peces adoptó una pose ofendida y volvió a sentarse en su sillón, bufando y agitando el grueso volumen que estaba leyendo.

--Diantre, en esta casa no se valora mi trabajo. Señora Aguirre, alguien tendrá que reflexionar a fondo sobre lo que está ocurriendo, ¿no? Debo de ser el único pensador vivo en todo Madrid. ¡El último filósofo de este cementerio! Y vaya mecenas me ha tocado en suerte...

--Lo que tendrías que hacer es agarrar un rifle, subir al tejado y cepillarte a unos cuantos cada día, como hago yo, y nos iría mejor --replicó Esperanza, y volvió a reír sonoramente, para escándalo de Peces, que se refugió tras su libro--. ¿Y a ti qué tal te ha ido, Fernando?

El aludido se encogió de hombros.

--Me las he arreglado como he podido. Al principio casi sucumbo a la locura. Me salvó mi filosofía oriental, mi estoicismo. Solía decir: "Por necesidad batallo...". A eso me he dedicado. He intentado salir varias veces de Madrid, pero es imposible. Están por todas partes. Apenas queda gente cuerda, y la que hay ha perdido la iniciativa.--Esperanza le dio la razón asintiendo con la cabeza--. En fin, sigo aplicando las sabias palabras de Kipling: "Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor han perdido la suya...".

--Te comprendo bien --dijo Esperanza, y por primera vez una sombra de tristeza nubló su semblante, repentinamente envejecido--. He perdido a muchos amigos y colaboradores, a muchas personas valiosas que pelearon conmigo para evitar el desastre. Hubo un momento en que me abandonaron las ganas de luchar, cuando Madrid cayó definitivamente y ya sólo se podía aspirar a sobrevivir entre escombros y bajo la amenaza perpetua de esos borricos. Sin embargo, sólo yo soy la dueña de mi destino. Esa panda de borregos descerebrados puede irse al infierno. No harán que renuncie a mi vida o a mis ideales. Así que aún pienso dar guerra.

La fortaleza de Esperanza Aguirre, incluso en una escenario tan desfavoravle, era asombrosa, reconfortante. Dragó comprendió por qué Rajoy había huido a Bruselas a las primeras de cambio y ella no.

--Sí, opino lo mismo, pero estamos al límite --señaló Dragó--. Ya no me queda elixir de la juventud eterna y los indignados, en aras de la moral progresista que les han inculcado, destruyen sistemáticamente todas las revistas picantes que encuentran. ¿Merece la pena vivir sin esos pequeños placeres? Es paradójico que yo, que siempre he vivido mejor en el campo, aislado, solo, acunado por mis gatos y mis libros y mis amulentos, vaya a acabar mis días en esta ratonera infecta y asediado por la muchedumbre rabiosa. Y todo fue culpa del señor Rubalcaba...

Los tres presentes en la habitación, pesarosos, rememoraron fugazmente los sucesos que habían originado la actual situación. En 2011, el PP había ganado las elecciones, hecho que no fue aceptado por Rubalcaba y los socialistas, que se aliaron con el movimiento indignado para presionar a Rajoy desde la calle. El nuevo Presidente resistió. Sus reformas, poco a poco, fueron revitalizando la economía española.

Por ello, Rubalcaba decidió que debía tomar el poder cuanto antes. Tenía dos problemas al respecto. Por un parte, los del 15-Mu no le hacían mucho caso. Sus miembros eran prepotentes y soberbios, y creían tener respuestas inamovibles para todo. Verse superado en dogmatismo y anteojeras desquiciaba a Rubalcaba y su cúpula. Por otra, les faltaba determinación. Sus manifestaciones eran cada vez más débiles. La sola presencia de Esperanza Aguirre en la Puerta del Sol, epicentro de las concentraciones, bastaba para amedrentarles. Los más osados intentaron agredirla, pero ella sola abofetéo a sus asaltantes y los puso en retirada.

Rubalcaba recurrió a la química --único campo del saber en que poseía algo de pericia-- y desarrolló una droga con la que potenciar los más bajos instintos y erradicar la conciencia individual. Quería huestes más violentas, que no sólo cercaran las sedes del PP sino que las quemaran. Que pudieran enfrentarse a la policía sin temer las consecuencias. Con el compuesto engendró un colectivo amorfo, maleable y sin personalidad, un mero instrumento para sus fines. Todos eran iguales. Todos hacían lo mismo. Los indignados fueron sus cobayas y, naturalmente, los más aptos para ser tratados con la Droga de la Igualdad.

El experimento, como era previsible, se le fue de las manos. El organismo de los indignados asimiló la droga y, no se sabe por qué, empezó a producirla. Ahora podían transmitir sus efectos a otros, no dependían ya de inyecciones. La plaga se expandió y, si bien sirvió para echar de La Moncloa a Rajoy y arrasar España, los socialistas tan sólo retuvieron un mínimo espacio de poder en el sur, feudo sobre el que actualmente Rubalcaba ejercía un poder despótico junto con sus secuaces: María Antonia Iglesias, el Gran Wyoming, el fantasma de Felipe González, el padre Escolar y David Trueba.

No era un buen lugar para vivir. La economía era de subsistencia, y la gente estaba harta de las prohibiciones y regulaciones socialistas, pero el régimen no permitía emigrar a sus ciudadanos y lo controlaba todo de forma obsesiva. Mientras tanto, la mayoría de indignados convergió en Madrid, donde se habían formado grandes rebaños que pululaban permanentemente por la ciudad en busca de víctimas con las que alimentarse.

--Yo no me resigno --afirmó la Presidenta de pronto, sacando a los demás de su lúgubre estado de ánimo--. Tengo planes para escapar, pues no queda nada por lo que luchar aquí. Sé que en otras partes de España hay bolsas de resistencia, zonas libres de indignados que están prosperando y que están armándose para marchar sobre Alcantarilla, la capital de la Federación del Puño y la Rosa. Necesitan a gente como nosotros. Incluso a gente como Peces. Es nuestra obligación unirnos a ellos sin dilación. Y ahora que tú estás aquí, Fernando, sé que es la señal para dar el siguiente paso.

En ese momento saltó la alarma del palacete y la sala de estar se llenó de una insoportable sucesión de pitidos.

--¡Maldición, deben de haber echado abajo el portalón! --dijo Esperanza a voz en grito--. ¡No pensaba que pudieran lograrlo!

--¡Tenemos que irnos! --gritó Dragó, esforzándose para que su voz no fuese ahogada por la alarma.

Esperanza se desplazó al otro extremo de la estancia y abrió el primer cajón de un escritorio. Regresó con dos revólveres que tendió a Dragó y a Peces, quien estaba totalmente pálido y temblaba como una hoja.

--Bien, hay un pasadizo secreto por el que podemos escapar --explicó Esperanza con flema--. Coged las armas. Lo urgente es que no nos atrapen aquí. Ya pensaré algo cuando estemos fuera.

Dragó tomó el revólver y se aseguró de que estuviese cargado. En cambio, Peces se cruzó de brazos y compuso un mohín de repugnancia.

--Prefiero ser asesinado antes que asesinar --proclamó solemnemente--. Además, quizá debiera pedir perdón por lo que dije y...

--Allá tú, Peces, pero si te pillan te comerán vivo, y si vives te convertirás en uno de ellos --le advirtió Esperanza, encajando el revólver en su cinturón de cuero--. ¡Vámonos de una vez!

Abandonaron la sala poco antes de que los indignados irrumpieran en ella en tropel. Los asaltantes únicamente pudieron llevarse a la boca los libros de Peces, ya que consideraban que la lectura era un hábito demasiado individualista.

Anochecía en la ciudad cuando Esperanza, Dragó y Peces emergieron del pasadizo subterráneo. Aparentemente no había nadie en la plaza a la que habían llegado, pero Esperanza no bajó en ningún momento la escopeta de caza de doble cañón que había cogido antes de escapar.

Peces, que no había dejado de quejarse durante la incómoda travesía por el pasadizo, quiso saber dónde irían. Esperanza le respondió que tendrían que esconderse provisionalmente en algún apartamento de la zona una vez hubieran comprobado que estaba vació.

--Vaya, la dama más liberal de España proponiendo invadir la propiedad ajena --murmuró con sorna Peces.

--Mira, señorito, estamos en una estado de necesidad y no tiene mucho sentido respetar esos derechos --observó Esperanza, lanzando una dura mirada al filósofo--. Con catedráticos como tú no me extraña que antes de la plaga el país fuese de mal en peor.

La plaza seguía vacía, pero se sentían vigilados. Permanecer mucho tiempo allí era pedir a gritos una muerte segura. Así pues, se encaminaron hacia un portal cuyas puertas destrozadas les invitaban a inspeccionar el edificio.

Cuando fueron a entrar, Peces se interpuso entre ellos y la puerta extendiendo los brazos.

--Me he cansado de este juego --aseguró, los ojos turbios muy abiertos--. Lo llevo pensando un tiempo, señora Aguirre, y creo que voy a entregarte a Rubalcaba. Eso hará que me perdonen, que vuelva a ser respetado por mi... familia política.

Esperanza puso los ojos en blanco.

--Peces, aparte de que tu idea falla por varios lados, te recuerdo que Fernando y yo estamos armados y tú no. O despejas la entrada o te vuelo una rodilla.

El perturbado filósofo cayó en la cuenta de su desventaja. Esbozó una sonrisa estúpida, se ajustó las gafas enérgicamente y, enrojeciendo, se arrebujó con su chaquetilla.

--Supongo que antepuse mi ideología a las circunstancias --razonó, avergonzado.

Y fueron sus últimas palabras. De la oscuridad que tenía a sus espaldas surgieron varios pares de brazos que le atraparon y arrastraron hacia dentro.

Esperanza y Dragó dispararon sus armas repetidas veces, pero había demasiados indignados y fue imposible que soltaran a Peces. Mordieron su cuello y lo desgarraron, y la sangre manó a borbotones. Otros prefirieron su abultada barriga, que abrieron a dentelladas para deleitarse con sus intestinos.

Se presentaron más indignados en la plaza. Habían salido de la nada y tenían hambre y ansia de ver correr la sangre. Esperanza y Dragó se alejaron del portal y corrieron a parapetarse tras un unos coches accidentados que, dada su disposición en círculo, ofrecían una relativa protección. Desde allí podrían defenderse mejor.

Dragó vació todo el cargador sobre el primer indignado que tuvo a tiro, que cayó al suelo con el pecho agujereado.

--¡Fernando, maldita sea, no malgastes munición! --le reprendió Esperanza.

Y, para subrayar sus palabras, se incorporó, apuntó a un indignado que venía directo hacia ellos escupiendo espumarajos por la boca y apretó el gatillo. La parte de arriba de la cabeza del indignado desapareció, y se derrumbó pesadamente, arrastrando en su caída a varios de sus compañeros.

Fue una media hora sangrienta. Tras el parapeto de coches, Dragó y Esperanza recargaban frenéticamente sus armas y abatían a decenas de indignados. Pronto se hizo patente, empero, que su derrota era inevitable. Sin munición y sin vías de escape, no tenían nada que hacer. Los indignados no cesaban de atacar.

--Hasta aquí hemos llegado--sollozó Dragó, desesperado, mientras introducía los últimos cartuchos en el humeante y ardiente revólver--. Es como en la ínsula de Barataria, "han entrado infinitos enemigos".

--Lo sé, pero al menos hemos luchado --admitió Esperanza, disparando sobre un indignado peludo y famélico que casi había atravesado la línea de coches. Le alcanzó en el brazo y en la frente. Tres más fueron hacia ellos, la boca abierta, enseñando una dentadura deforme y amarillenta.

--Antes de morir, me gustaría recibir un último beso de una mujer --dijo Dragó, y sus ojos se posaron en los de Esperanza, que, turbada, los apartó--. Y si es de una mujer hermosa y valiente como tú, dejaré esta vida agradecido.

Los indignados aumentaron el tono de sus bramidos. Cercaban el círculo de coches y a sus dos atrapados supervivientes. Esperanza realizó sus últimos disparos y arrojó el revólver contra la masa.

--Muy bien, Fernando --dijo cuando volvió a su lado, sentándose junto a él y acariciando con ternura el rostro surcado de arrugas del escritor--, lo haré porque tú también eres un buen partido, siempre lo he dicho.

Y juntaron amorosamente sus labios, disfrutando de aquellos últimos goces de la vida.

Tenían la mente en otra parte, ya en el paraíso, y por eso no atendieron a las ráfagas de ametralladora que barrieron la plaza. Los indignados, desprevenidos y expuestos, fueron reducidos a picadillo en unos pocos segundos.

Por fin, Dragó y Esperanza abrieron los ojos. Seguían con vida. Ya no se oía a los indignados.

--¿Qué ha pasado? --se preguntó Esperanza, y se puso en pie para mirar en derredor.

Un vehículo blindado de ocho ruedas se abría paso entre el mar de cadáveres que colmaba la plaza. La bandera de la OTAN, grabada en uno de los costados del vehículo, hizo que los ojos de Esperanza brillaran de alegría. Nunca se había alegrado tanto de ver esa enseña, símbolo de la libertad y el desarrollo.

--¡Eh, ayuda! --gritó, moviendo los brazos.

Dragó se levantó y se unió a ella. El potente foco de luz del blindado se posó sobre ellos.

--¡No disparen! --chillaron al unísono Esperanza y Dragó.

El soldado responsable de la ametralladora superior del blindado les estaba apuntando, pero era obvio que no eran indignados. Dijo al conductor que se acercara allí.

Los soldados eran americanos y había muchos más en la ciudad. De hecho, al blindado se le había unido un segundo vehículo del que bajaron varios soldados a inspeccionar el lugar. Esperanza se comunicó con ellos en un perfecto inglés y les explicó quién era ella y cuál era la situación.

--Fernando, son soldados de la OTAN. ¡La plaga ha remitido! Los indignados están muriendo de hambre y la OTAN ha decidido entrar en Madrid para rescatar a los supervivientes.--Se abrazó a Dragó, llorando de felicidad--. Y la mejor noticia es que ha sido aprobada una operación para invadir el reducto socialista del sur y acabar de una vez por todas con el señor Rubalcaba. ¡Vamos, Fernando! Toma mi mano. Yo comandaré una unidad, la que entre en Alcantarilla y deponga al tirano. ¡Vamos a patearle el culo a Rubalcaba!

Dragó se dejó llevar, arrastrado por Esperanza, y subió al blindado. Cerró los ojos para retener en su memoria el beso con Esperanza. Estaba vivo y le quedaba mucho camino por delante, pero lo mejor, sin duda, había pasado.

El blindado de la OTAN dio medio vuelta y abandonó la plaza, dejando atrás un banquete para las aves carroñeras.

Los protagonistas de este relato sabrán disculpar mis licencias literarias. Como cada año, os deseo a todos una feliz noche de Halloween.

NOTA: El texto ha sido revisado después de su publicación, pues el lunes no me dio tiempo a corregirlo. Este relato sustituye al artículo de esta semana.

domingo, octubre 30, 2011

PARO Y RECETAS SOCIALISTAS: UNA COMBINACIÓN EXPLOSIVA

Antes de que la vorágine de la campaña electoral, con sus vídeos, debates y entrevistas, devore la actualidad, es conveniente efectuar un último análisis sereno de las ideas del señor Rubalcaba en torno al paro, el problema español más apremiante habida cuenta de la espeluznante cifra de cinco millones de parados que lleva a cuestas nuestra patria.

A simple vista, el intervencionista programa del PSOE tiene lógica y puede convencer al común de los mortales. Destinar gasto público a estimular la demanda para que las empresas quieran producir más y, así, contraten más trabajadores. Sin embargo, si se estudia con detenimiento, esta política, en las circunstancias presentes, sería ineficaz y extraordinariamente perjudicial.

Sin entrar en un debate casi filosófico acerca del papel, de mayor o menor protagonismo, que debe desempeñar el Estado, las políticas sobre la demanda que plantea el candidato socialista derivarían ineluctablemente en tensiones inflacionistas. La subida de precios llevaría aparejada una pérdida de competitividad, dato no despreciable en una economía globalizada. Si la solución a la crisis reside en exportar más, unos precios altos no son la mejor carta de presentación, y no es posible devaluar la moneda para compensar esa situación.

Sea como fuere, la experiencia reciente pone de relieve que esta clase de planes de empleo basados en un fuerte gasto público están abocados al fracaso. Los socialistas han borrado de su memoria el Plan E iniciado en 2009, solución estrella de Zapatero que, como es notorio, ni redujo el paro ni se tradujo en crecimiento.

Para sanear las maltrechas arcas públicas y disponer de dinero que gastar, todo lo fía Rubalcaba a subidas de impuestos y creación de nuevos tributos. Partiendo de la base de que lo más probable es que de todo ello resultara una recaudación inferior a la prevista, unos impuestos altos no son buenos incentivos ni para trabajadores ni para empresarios y, en consecuencia, sus efectos no son saludables en relación con empleo.

Adicionalmente, tratando de atraerse a los que no están dispuestos a renunciar al pesebre, Rubalcaba ha sostenido públicamente que quizá haya habido un exceso en la lucha contra el déficit. Nada más lejos de la realidad. El compromiso de España con la UE es un déficit del sector público del 4,4% en 2012 (y 3% en 2013). Si el objetivo de este año era el 6%, y es imposible que se cumpla, pues se situará en torno al 7%, Rubalcaba debería explicar mejor por qué entiende que ha habido excesos en materia de consolidación fiscal. No es un capricho liberal: es una inaplazable necesidad a fin de no causar mayores problemas en la zona euro, ámbito en el que no han terminado los sobresaltos. En resumidas cuentas, lo que propone Rubalcaba es echar más leña (déficit) al fuego de la Deuda pública, sospecho que hasta conseguir que el FMI tenga que rescatar a España.

A lo antedicho se suman otros despropósitos nacidos del magín socialista para castigar aún más a las empresas y al libre mercado, como nuevas prohibiciones, paridad, cierre de las centrales nucleares… Será todo listo que quiera Bono, pero Rubalcaba, en sus múltiples intervenciones, está demostrando que mucha experiencia política no significa mucho conocimiento de los temas a tratar.

Hasta Jordi Sevilla, recalcitrante keynesiano, ha reconocido que el próximo Ministro de Economía y Hacienda tendrá que “actuar con mano dura, a la vez, sobre el Presupuesto, para reducir el déficit u sobre un conjunto de reformas estructurales que dinamicen nuestras estructuras económicas, vigorizando el crecimiento”. Estrategia incompatible con los planteamientos de Rubalcaba.

Aplicar el programa socialista solamente contribuiría a agravar los ya imponentes problemas que sufre la economía española. Pero no es un programa serio o al uso. Su función es la de definir una postura que permita al PSOE acercarse a los indignados cuando gobierne Rajoy.

Con cinco de millones de parados y un crecimiento estancado, a lo mejor alguien se pregunta cuál es la alternativa a las recetas de Rubalcaba. Pues bien, asumiendo que no hay fórmulas infalibles, seguramente políticas que actúen sobre la oferta tendrían éxito. Es lo que debe hacer el PP. Fomentar la competencia liberalizando los mercados; flexibilizar el mercado de trabajo; reducir los impuestos para incentivar la producción; y, por descontado, una reforma del sistema financiero que permita que el crédito fluya de nuevo y que familias y empresas puedan financiarse. Para ello es indispensable una inyección de confianza.

De todos modos, incluso mediando una intensa recuperación económica, las dramáticas cifras de paro tardarán largos años en aliviarse. El mercado de trabajo no podrá absorber a tantos parados de aquí al día de mañana. Por lo tanto, hay que aceptar que este problema no se va a arreglar como por ensalmo.

domingo, octubre 23, 2011

HACIA EL FIN DEL TERRORISMO NACIONALISTA VASCO

El pasado jueves, mientras las naciones libres celebraban el fin de Gaddafi, en España hubo ocasión de celebrar otro esperado anuncio, el del "cese definitivo" de la violencia que difundió ETA en un comunicado. Los partidos políticos lo han calificado de triunfo de la democracia y han empezado a hablar de la unidad de los demócratas para gestionar el fin del terrorismo. El exceso sentimental en las filas socialistas y en alguna prensa ha sido muy acusado y, posiblemente, precipitado.

Por lo pronto, advierto que no emplearé el vocabulario terrorista que está empezando a calar en algunos medios de comunicación y políticos. No se ha alcanzado la paz, puesto que no hubo guerra previamente. Tampoco reconozco que haya habido un conflicto. El conflicto lo sentirían quienes han empuñado las armas, no quienes perdieron la vida mientras acudían al trabajo, departían con sus amigos o regresaban a casa. Y es muy candoroso llamar "actividad armada" a tiros en la nuca, bombas debajo de los coches, secuestros y extorsiones.

Lo primero es tomar la memoria como guía para cualquier tipo de reacción o pronunciamiento. Durante demasiados años, una banda de criminales decidida a imponer su ideología por la fuerza ha asestado sus zarpazos en el País Vasco y en el resto de España, dejando en el camino un doloroso reguero de víctimas. Los asesinos han contado con el apoyo más o menos intenso de una parte de los vascos. Esta circunstancia, unida al hecho de que no siempre el Gobierno de la nación ha actuado con firmeza para atajar lo que no pasaba de problema de orden público, facilitó la prolongada subsistencia de la banda.

En los últimos tiempos, cuando se hizo notorio que la vía predominante para acabar con el terrorismo iba a ser la línea dura, la basada en un constante acoso policial, judicial y político a la banda y a su brazo político y social, ETA y los suyos se vieron arrinconados. En el paso de esta situación a la actual no deben obviarse la aparición de Bildu y toda una serie de guiños cuya máxima expresión fue la conferencia celebrada esta semana, conferencia que emitió un comunicado vomitivo que bien podría haber firmado la propia ETA.

Ante esta nueva declaración de ETA mi postura personal se sitúa en un término medio. Como es lógico, es una buena noticia que los terroristas renuncien a la violencia, aunque sea con su retorcido lenguaje, y que acepten, por ende, el fracaso de sus métodos. No deseo abonar sospechas de una oscura negociación entre ETA y el Estado (dejando claro que la última negociación del Gobierno con ETA fue ignominiosa y un clamoroso error, lo que invita a la desconfianza; pero pienso que, desde entonces, se ha hecho lo correcto), pues la realidad es que en esta segunda legislatura de Zapatero se ha combatido resueltamente el terrorismo y se han hecho bien los deberes en esa materia, exceptuando la legalización de Bildu y algún escándalo menor.

Es necesario analizar el comunicado antes de extraer conclusiones. En él, ETA emplaza a los gobiernos español y francés a que "resuelvan las consecuencias del conflicto" que obsesiona a la organización nacionalista y marxista. Es cierto que no pide una negociación ni impone condiciones tajantes. Anuncia el ya citado "cese definitivo" de la violencia (contradiciéndose más adelante, ya que vuelve a hablar de superar "la confrontación armada", cuando teóricamente, si ha decidido dejar la "actividad armada", no debiera existir ya tal confrontación) y, por lo demás, elogia su propia trayectoria criminal. A la vista de los datos, de la literalidad del texto, es indudable que muchos políticos han realizado una "interpretación fraudulenta", según ha denunciado Rosa Díez. Es erróneo hacer pasar este comunicado por un documento de rendición incondicional.

Pero no todo se limita al comunicado. El contexto también importa en la interpretación. A pesar de que en otras ocasiones ETA ya realizó declaraciones similares, esta vez será difícil que vuelva a matar. No es que me fíe de su palabra o de sus buenas intenciones: como he dicho más arriba, sus opciones son limitadas y sabe que, incluso con todos los episodios de negociación, no va a doblegar a la sociedad española y al Estado de Derecho con bombas. Ésta es realmente la buena noticia, o sea, que reconozcan el fracaso de su violencia frente a la democracia española.

Es comprensible el alivio de quienes han vivido más directamente amenazados por esa mafia, pero no hay que agradecer nada a los terroristas. Con una estructura muy debilitada y con un entorno proetarra poco dispuesto a justificar nuevos asesinatos y que ha entendido que puede ganar más en las urnas, ETA, sencillamente, ha elegido el mejor momento para hacer su anuncio y sentarse a contemplar sus efectos.

En conclusión, el comunicado responde a la política de firmeza contra ETA, de un lado, y a su propia conveniencia, de otro. Es por ello que habrá que tener en cuenta ambas consideraciones a la hora de afrontar los próximos movimientos.

Con ser éste un paso relevante, el auténtico final del terrorismo queda lejos. Muchas incógnitas han de ser despejadas antes de que la alegría pueda ser definitiva. ETA no ha dicho aún que vaya a entregar las armas o que vaya a disolverse. Así pues, si de verdad este "cese definitivo" continúa después del 20 de noviembre y si de verdad la voluntad de ETA es renunciar al terror, habrá que articular un delicado proceso que culmine con la entrega de las armas y en el que tendrán que ser nítidos los límites infranqueables. Porque, desgraciadamente, no veo posible una escena semejante a la Vercingétorix arrojando sus armas a los pies de Julio César. Las armas sólo se rendirán tras un diálogo, que no negociación, en el que habrá que ofrecer alguna concesión menor a modo de zanahoria.

Nada de cesiones políticas o de beneficios generalizados, descartándose la amnistía. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no bajarán la guardia. Los terroristas implicados en delitos de sangre deberán ser juzgados; muchos otros tampoco podrán escapar a la acción de la Justicia. Cualquier solución que suponga impunidad para los asesinos será una burla no sólo a las víctimas, sino a un Estado de Derecho digno de tal nombre. Sin embargo, son factibles medidas de reinserción y el acercamiento de los presos al País Vasco. Los terroristas en búsqueda y captura podrían entregarse voluntariamente, lo que puede ser valorado como atenuante.

domingo, octubre 16, 2011

EL PROGRAMA DEL PSOE Y LOS AMARGADOS

Ayer volvieron a manifestarse los indignados, a lanzar al viento sus consignas y frases ingeniosas y a mover mucho las manos en sus esperpénticas asambleas. Pío Moa ha hecho una pregunta muy pertinente: "¿Por qué los indignados no se indignan de su propia estupidez?". En rigor, cabría hablar de amargados, porque es lo que son: unos tipos amargados por sus propios fracasos, por sus ideas entumecidas, por sus telarañas ideológicas y, muy especialmente, por el éxito de los demás.

La democracia real que quieren alumbrar puede resumirse en un Estado todopoderoso sostenido desde la calle por asambleas no representativas, irresponsables y apoyadas en la fuerza de la masa y en la violencia contra el disidente. Y, por descontado, pesebre urbi et orbi, para lo que defienden una regulación del mercado que asfixie toda iniciativa individual. En suma, sería una democracia a la cubana. Admito que no todos los que van a las concentraciones comparten esta aspiración, pero sí una mayoría, a tenor de sus declaraciones, actos y afinidades políticas.

Pues bien, tan clara como la deriva extremista que ha adquirido este movimiento es su pérdida progresiva de influencia. Que se hayan ganado la simpatía --siempre volátil-- de la opinión pública por su crítica contra unos políticos incompetentes no implica que respalde todas y cada una de sus malsanas utopías. Ya ha habido ocasión de comprobar que su mejor recurso es el de la violencia y la intimidación contra quienes no comparten su ideario. Insultan a la policía, ocupan sin autorización espacios públicos y alteran el normal funcionamiento de las instituciones.

Pero hay una posibilidad de que vayan a más. El PSOE sabe que a la vuelta de la esquina le aguarda una merecida derrota sin paliativos. Cuando ello suceda, existe el riesgo de que, en vez de reformarse y convertirse en un partido socialdemócrata aceptable y moderno, se eche al monte y se fusione con los amargados a fin de aprovecharse de ellos. Por ahora, sólo les dedican una parte de su corazón, como con tan almibaradas palabras ha declarado un perdedor que antes tenía patillas. Si los socialistas llegan a estar de cuerpo entero, los de las asambleas tendrán más oportunidades de copar el debate político y condicionarlo.

En cualquier caso, es obvio que el señor Rubalcaba da por perdidas las elecciones y que va a aproximarse lo más posible a ese movimiento, de forma que pueda presionar desde la calle al futuro Gobierno de Mariano Rajoy. El poder que no gane en las urnas lo intentará obtener de la calle. Los amargados son la plataforma perfecta desde la que oponerse visceralmente a las reformas que deberá emprender Rajoy. Una estrategia que no es nueva para la izquierda. El programa del PSOE, de hecho, contiene varios guiños a los amargados.

Los programas electorales son un engaño, una farsa. Sólo se citan en campaña. A mi entender, en ciertos casos es bueno que sean incumplidos: no se puede gobernar bien sin apartar la vista de ese documento trufado de buenas intenciones. Del actual programa del PSOE hay que destacar su nula ambición. No lo he leído entero, pero obviamente Rubalcaba tampoco. Como en 2008, cuando lo más que podía decir Zapatero es que iba a crear un observatorio de precios y doscientos mil empleos "para mujeres", ahora regresa esa misma escasez y desgana, con la diferencia de que en 2008 no había cinco millones de parados.

Como dato principal, el programa socialista es un programa diseñado por arbitristas. Están convencidos de que todo se arregla subiendo impuestos y gastando más. En lo tocante a los tributos de nueva creación para la banca y los ricos, la falta de concreción es una prueba más de que este programa no es para tomárselo en serio. Rubalcaba es un arbitrista diletante. Por ello, es sumamente grosero que haya llegado a dar cifras concretas de recaudación y a afirmar que las destinaría a programas de empleo para jóvenes.

Hay otras medidas que la prensa ha entresacado de la grisura del programa. Bromas de mal gusto y pequeños golpes de efecto (dación en pago, paridad), viejas supersticiones (cierre de las centrales nucleares) y el toque puritano característico de los progresistas (esta vez van contra los anuncios de prostitución en los periódicos). Así es como se combate una crisis económica: maltratando al sector privado desde todos los frentes, abrumando al personal con impuestos, regulaciones y prohibiciones. Aplicar este programa tendría como efecto ahogar definitivamente el crecimiento y espantar a los emprendedores. Entonces es cuando hay que recordar que el programa socialista es más bien una primera declaración de amor a los amargados.

Estoy de acuerdo en que, para salir de la crisis, no basta con reducir el gasto público y adelgazar la Administración. La austeridad debe ir seguida de reformas profundas y de un plan muy ambicioso. Por el contrario, subir o crear nuevos impuestos no es la receta más adecuada. Primero, porque muchos ya subieron hace poco. Segundo, porque, incluso si se consiguiera recaudar más, de poco valdría para paliar los efectos del gasto descomunal de un sector público que no da más de sí. La solución a esta crisis no pasa por más Estado.

Por último, espero que el PP no se esté confiando demasiado por culpa de esas encuestas que pronostican su aplastante victoria. Victoria habrá, pero el alcance está por determinarse. Para empezar, debe de haber mucho voto sumergido socialista. Se ha de tener presente que el señor Rubalcaba no fue escogido para ganar, sino para controlar los daños en el PSOE, y aparte de su acercamiento a los amargados guardará unas cuantas bazas que jugar durante la campaña (entre ellas, la de que ETA deje las armas bajo unas condiciones favorables a sus propósitos, quedando si no como vencedora sí en un empate con el Estado de Derecho). Viene una campaña dura, a cara de perro.

domingo, octubre 09, 2011

VICIOS ENDÉMICOS DE LAS SERIES ESPAÑOLAS

La cancelación del Cheers español debería provocar ciertas reflexiones sobre los fallos de las series patrias y su evidente inferioridad respecto a las americanas. Ello al margen de ese mitoplastismo del que ha hablado José Viruete y que tanto distorsiona ciertas valoraciones.

Como aficionado a las series, me interesa conocer dónde están los males de las españolas. Hay dos factores que, a corto plazo, no pueden variarse: el presupuesto y la calidad de los actores. Las series americanas de mayor éxito tienen buenos actores (o, cuando menos, actores solventes) y un presupuesto importante. Por el contrario, las españolas adolecen de graves carencias en ese sentido. No entraré a considerar esos dos factores.

A mi juicio, y siguiendo a diversos críticos, las series españolas incurren en tres vicios fundamentales. Primeramente, su excesiva duración. ¿Por qué una serie española dura más de una hora por lo común? ¿Quién estableció esa regla no escrita y por qué se mantiene? Puedo entender que dicha duración responde al propósito de ocupar, por ejemplo, todo el prime time, de forma que, si la serie es exitosa, la audiencia esté dispuesta a tragarse muchos anuncios durante mucho tiempo. El inconveniente es que esta duración hace que los capítulos tengan que estirarse hasta extremos indeseables.

El segundo vicio es que en la mayoría de series españolas hay una clara subordinación al costumbrismo más rancio y casposo. Con mayor o menor intensidad, en todas acaba emergiendo esa tendencia vergonzante. Son series pobladas de personajes zafios, cutres y tópicos, de situaciones pertenecientes al acervo popular cañí y de lugares comunes deprimentes. Cheers es un ejemplo perfecto: tanta era su caspa que Alberto Rey escribió que, para digerirla, "más que una copa bien cargada, lo que uno necesita es un buen vaso de champú". A pesar de basarse en una mítica serie americana, terminaba por parecerse más a Los Serrano. La impronta española, cuando consiste en introducir tales elementos populares, arruina el producto.

Por último, las series españoles pecan de un contraproducente ánimo inclusivo. Una serie de médicos española no es únicamente una serie de médicos, sino que, hasta cierto punto, abarcará más géneros y se dirigirá a todo tipo de espectadores. Habrá tramas para toda la familia, por así decir. La idea es captar una mayor audiencia pero, llevada a sus últimas consecuencias, supone una multiplicación de tramas y personajes que confunde y abruma al espectador.

A la vista de los sucesivos fracasos que recientemente están cosechando series basadas en este esquema, es de esperar que creadores y cadenas saquen las lecciones oportunas y empiecen a cambiar, a innovar de verdad. No hay que copiar a los americanos en las ideas originales, sino en la calidad y empeñó que ponen en sus creaciones.

Se me podrá oponer que muchas series españolas han triunfado cumpliendo con exactitud las características anteriormente descritas. Bien, los tiempos cambian. En 2011 la evolución es --o debería ser-- mayor que en 2003, y no sé si productos como Aquí no hay quien viva o basuras similares serían respaldados por la audiencia. El público ahora es más exigente, puede discriminar mejor y está harto de lo de siempre.

La excepción es Cuéntame cómo pasó. Su éxito, tras diez años en antena, es incuestionable. Y dura más de una hora, es enormemente costumbrista y presenta tramas para todos los gustos. Es lo cierto que, en este caso, el uso del esquema español está justificado, al ser una serie histórica que narra las vicisitudes de una familia española desde finales de la década de los sesenta, momento en el que, por otra parte, se consagraron muchos vicios nacionales en todos los ámbitos del arte. Además, la serie cuenta con el gancho de la nostalgia, con unos excelentes actores y con guiones decentes.

Con todo, el gran mérito de Cuéntame cómo pasó ha sido establecer entre la audiencia una identificación permanente con la familia Alcántara. Algo nada fácil de lograr. Pero el de esta serie es un ejemplo inimitable, ya que experimentos con décadas posteriores fracasaron; los centrados en épocas anteriores, sencillamente, no pasan de la categoría de telenovela golfa.

domingo, octubre 02, 2011

EL CATALÁN EN LOS OSCAR. ¿POR QUÉ NO?

Es recurrente el debate sobre cuáles las razones que fundamentan el supuesto alejamiento de Cataluña del resto de España. Para los nacionalistas, el culpable es, cómo no, Madrid, cuyo centralismo les impide realizarse y vivir con plenitud, cuando la realidad es que esta gente tiene un umbral muy bajo de frustración. Obviamente, es más correcto pensar que los problemas suelen venir de Cataluña; de los políticos catalanes, concretamente. El nacionalismo, con su voluminoso complejo de inferioridad a cuestas, necesita afirmarse ante sus teóricos enemigos e imponer sus dogmas desde el poder. Hay numerosos ejemplos de ello. No sorprende que hasta cinco Comunidades Autónomas, gobernadas por distintos partidos, recurrieran ante el Tribunal Constitucional el Estatuto catalán de 2006.

En otro nivel hay opiniones para bobos, para adictos al mitin. Por ejemplo, la del PSOE, según la cual la unidad y cohesión de España nunca han estado en juego debido a sus reformas de la organización territorial del Estado, en tanto que, al mismo tiempo y contra todo pronóstico, ese resquebrajamiento sí se ha producido y ha sido obra de la política del PP, tachada de anticatalana.

Si bien la regla general es que las agresiones provengan del nacionalismo, ha habido recientemente un movimiento de signo contrario. Es de justicia hablar de él para rechazarlo. Los recelos y críticas con que se ha acogido la designación de la película Pa negre (2010), rodada en catalán, para que represente a España en los Oscar son una reacción contra Cataluña que quizá se explique por las tensiones del momento pero que no se sostiene.

Ante todo, Pa negre es una película española, hecha por españoles y producida y subvencionada con dinero español. A mayor abundamiento, el catalán es una lengua española, y así se proclama, con acierto, en el artículo 3.2 de la Constitución. No comparto, por consiguiente, que se discrimine esta película por la lengua que utiliza, máxime cuando dicho comportamiento es justamente lo que caracteriza a los nacionalistas. Son ellos los que tratan de prohibir la presencia de una lengua en el colegio, o los que excluyeron la participación de escritores catalanes que escribían en castellano en la Feria de Frankfurt de 2007, con grave daño para la convivencia y la cultura, sacrificadas en el altar de la nación excluyente y totalitaria que han concebido. La pureza racial ha sido sustituida por la más presentable pureza lingüística. Los abusos en su nombre, en todo caso, no han desaparecido.

Por todo ello, los patriotas españoles, los que entienden que Cataluña es parte de España y respetan sus particularidades y su cultura, no pueden oponerse, si son coherentes, a que la mencionada película represente a España en los Oscar. Esta decisión es algo que debiera inquietar a los nacionalistas, no a los patriotas.

No me ahorraré un pequeño comentario sobre la película en sí. Su más inmediata virtud es que ha desbancado, en la selección referida, a La piel que habito (2011), del endiosado Pedro Almodovar, lo que ya bastaría para ganarse mi estima. Es de esperar que el manchego caiga en uno de sus enfados cósmicos. Y, como filme, Pa negre no está nada mal. No es una película más sobre la postguerra. Sí, el ambiente y los personajes son tan deprimentes como de costumbre, y hay cierto sesgo ideológico, pero finalmente ahonda en aspectos distintos a enseñar al espectador lo perversos que eran los nacionales y lo bondadosos que eran los republicanos.

De nuevo se da una visión brutal y tétrica de la vida rural española: ese retrato funciona y convence. Su mayor problema es que trata de aunar demasiados géneros sin triunfar nítidamente en ninguno. A mi juicio, lo mejor es su protagonista, encarnado por el joven Francesc Colomer (que consigue bordar su personaje y conmover): un chico inteligente atrapado en la red de mentiras de los adultos y por todos codiciado.

Se me da un ardite que en la grotesca gala de los Goya Francesc Colomer cometiese una falta al expresarse en castellano o que no emulase las dotes oratorias del gran Emilio Castelar cuando subió a recoger su premio. ¡No hay que ser tan cicateros! Del mismo modo, es risible que Enric Juliana, columnista de La Vanguardia, presentara el episodio como una suerte de apoteosis de Cataluña, "una sociedad alérgica a los uniformes" (se me ocurren unos cuantos, diseñados en los años treinta y cuarenta del pasado siglo, que pese a estas palabras podrían valer a varios de sus dirigentes; en ERC se llevan las camisas negras, naturalmente) y por fin emancipada del yugo de Madrid, con los inquisidores del Tribunal Supremo (¿?) dispuestos a procesar al pobre chico por su equivocación. Hay que llegar a un término medio. Ambos extremos son ridículos y se anulan entre sí.

No sé si Pa negre merecerá el Oscar, un galardón muy prestigioso, pero defenderé que represente a España donde sea, gozando para ello del mismo derecho que tendría una buena película rodada en castellano.