Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







miércoles, octubre 31, 2012

EL VIAJE A LO DESCONOCIDO DEL REY ARTURO

En otoño de 2015, Artur Mas emprendió un nuevo viaje a lo desconocido. Su objetivo final era salvar Cataluña... otra vez.

Cataluña era independiente de España y tenía su Estado propio desde 2014, gracias a la convocatoria de una consulta ilegal y a la pasividad del Gobierno español. Pero el “sueño” descrito por Mas, una vez cumplido, no había resistido una realidad que no podía ser más decepcionante y complicada. El nuevo Estado había nacido lastrado por una inmensa deuda y, a pesar de todos los esfuerzos de la Generalidad, fuera de la Unión Europea. Muchos empresarios de éxito y bancos internacionales decidieron abandonar Cataluña; otros fueron a la quiebra. El boicot ordenado por Mas a los productos españoles había sido contestado por uno español a los productos catalanes que había terminado de hundir en la miseria a la industria catalana. Finalmente, la pesada carga de burocracia e impuestos y el aumento de la intervención pública para vigilar la pureza catalana de cada ciudadano y proyecto enterraban la iniciativa empresarial y ahuyentaban la inversión.

En definitiva, si antes de la independencia la Generalidad no podría pagar hospitales o farmacias, en 2015 a duras penas abonaba las nóminas de su personal.

Así las cosas, Mas había tomado una decisión. Su plan era viajar a Madrid para exigir a Mariano Rajoy que la partida de los Presupuestos Generales del Estado dedicada a Cooperación y Desarrollo fuera a parar íntegramente a Cataluña. Si el odiado mandatario español no aceptaba, a Mas no le quedaría otra salida que declarar la guerra a España, aun no teniendo ejército con que luchar.

--No es ir a pedir limosna –había aclarado Mas en una entrevista a TV3 que superó las tres horas de duración--, sino exigir a Madrid lo que es nuestro de forma natural, porque aún nos debe mucho y estamos hartos que desde el Estado español se entorpezca nuestro sueño de una Cataluña libre.

Y se había subido a su autobús oficial con esa idea en mente, consciente de que se jugaba su futuro político.

El autobús entró en un túnel y su interior se llenó de una luz anaranjada. Artur Mas estaba recostado en su asiento, consultando unos papeles. El autobús que le conducía a Madrid, espacioso y cómodo, pertenecía al Fútbol Club Barcelona. El AVE seguía pasando por Cataluña, pero con poca frecuencia; además, la Generalidad había considerado que daría muy mal ejemplo al pueblo catalán si consumía un servicio español.

Dejaron atrás el túnel. Ya había anochecido y atravesaban a toda velocidad una zona desértica, sin civilización visible. Habían elegido viajar por una carretera muy secundaria debido a que la Generalidad había extendido el bulo de que el Gobierno español estaba intentando liquidar a Mas mediante un ataque con aviones no tripulados en territorio catalán. Los nacionalistas tenían que ser consecuentes con sus propias falsedades.

--¡No hay quien entienda estos papeles! --exclamó Mas repentinamente, ofuscado, arrojando los papeles, llenos de cifras y estadísticas, al aire--. ¡Que alguien me sirva una copa!

Josep Guardiola, su ayuda de cámara, se levantó solícito y se dirigió la nevera del autobús. Detrás de Mas, Joan Fernández, periodista, apuntó en su bloc de notas: “El Presidente no deja de estudiar, incluso de noche, cuando los demás descansan. Se le ve muy preocupado por las malas noticias económicas, pero conserva la calma porque él ha vislumbrado el luminoso futuro de nuestra tierra milenaria”.

--¿Qué tal va eso, amigo? --inquirió al periodista Ernest Closseau, jefe de seguridad de Mas, con su potente vozarrón. Apenas cabía en su asiento y, con cada movimiento, su musculoso cuerpo se destacaba bajo el traje oscuro.

--Muy bien –afirmó Fernández--. De aquí va a salir un reportaje extraordinario, al nivel de nuestro Presidente.

Joan Fernández, antes de continuar escribiendo, dedicó una sonrisa aduladora a Closseau. La verdad es que estaba muy emocionado. Había sido enviado por La Vanguardia a cubrir la última hazaña de Mas, una hazaña equiparable al viaje a Madrid en 2012 a negociar el pacto fiscal, y sabía que era su oportunidad de agradar a sus jefes con un reportaje que mostrara la grandeza de su Presidente y la mezquindad de Madrid.

Y también le hacía mucha ilusión haber conocido por fin al Rey Arturo, nombre con el que se conocía a Mas en el nuevo Estado. Le había visto muchas veces en su palacio gótico, en esas comparecencias televisivas en las que explicaba con tono pedagógico las ofensas históricas sufridas por Cataluña y cómo el Estado español no la dejaba despegar, pero nunca en persona.

Aquella mañana, había esperado al Rey Arturo al lado del autobús. ¡Se puso muy nervioso cuando apareció! Mas bajó del coche y, con majestuosidad, recorrió sobre una alfombra roja el espacio que le separaba del autobús. Imbuido de solemnidad y gravedad, ni se había detenido a saludar a sus partidarios, que tras unas vallas colocadas a ambos lados de la alfombra le vitoreaban al tiempo que agitaban banderas catalanas. Los múltiples problemas y su incompetente gestión no habían minado demasiado la popularidad, pues mucha gente seguía viviendo en la realidad alternativa creada por el nacionalismo para la ocasión. Los ciudadanos compraban sus mentiras y excusas, y la fórmula de echar la culpa de todo a Madrid todavía daba buenos resultados.

A Joan Fernández el Presidente le había parecido impresionante. Hierático, con la mirada perdida, brumosa, Mas le había saludado distraídamente. Fernández tuvo ardientes deseos de arrodillarse ante semejante despliegue de poderío. Acto seguido, el Presidente había subido al autobús con presteza, la capa confeccionada con una bandera catalana que solía lucir en los actos trascendentes revoloteando a sus espaldas.

Estaba planeado que llegaran a Madrid de madrugada. Mas, que cada vez se fiaba de menos de su gente, en especial de los miembros de su partido que le querían sustituir por un Pujol, sólo viajaba con Guardiola y Closseau, de su más estrecho círculo, aparte del conductor, que ejercería de traductor ante Rajoy.

Guardiola sirvió a Mas su copa, un gin tonic bien cargado.

--No se preocupe, Presidente –le tranquilizó con voz cálida--. Somos un país pequeño, pero pronto seremos eternos.

--Desde luego –concedió Mas, y acabó su bebida de un largo trago. Cogió sus gafas de concha de su regazo y añadió--: Rajoy no me puede poner excusas de mal pagador.

Cautivado, Fernández escribió: “El Presidente tiene muy claro que lo primero es el interés de Cataluña y se va a dejar la piel para defenderlo. Esta semana acudió al notario para consagrar su promesa de que pagará las pensiones, siempre que no se lo impida el Estado español. Es un hombre que no duda, y quiere que nadie dude de que se puede confiar en él”.

--Se nos está maltratando –protestó amargamente Mas, levantando la cabeza de sus papeles y llevándose la mano a su sobresaliente y varonil mentón--. Con este viaje haré entender a los catalanes que Madrid sólo quiere torpedear nuestra independencia con malas artes. Y si no me dan lo que deseo, como es de prever, internacionalizaré el conflicto con una declaración de guerra. El buen amigo Otegi, al que he colocado en la embajada en Bruselas, ya está preparando un listado de agravios que presentar a las instituciones europeas.--Cruzó los brazos, enfurruñado--. Aún no sé por qué no nos aceptan en la OTAN.

Closseau, el más sensato de todos los presentes, carraspeó un poco.

--Señor, tal vez sea porque no tenemos ejército... ni posibilidad de armar uno –comentó, dubitativo, aunque sabía que Mas le permitía ser franco con él en la intimidad.

Guardiola movió su reluciente calva, que había mandado pulir para tan señalada misión.

--Los catalanes dominamos el Mediterráneo, descubrimos América, inspiramos la bandera de Estados Unidos, resistimos las invasiones españolas... --enumeró, un tanto sofocado--. Hemos sido humildes y no hemos ido restregando a nadie nuestros logros. Pero cuando presentemos estos credenciales al mundo, muchos nos ayudarán a librarnos de la opresión española.

--Ya sé que no debo intervenir en estos temas –terció Fernández con nerviosismo--, pero quiero dejar claro que me siento muy a salvo con Cataluña en manos tan capacitadas como las suyas, señores.

Complacido, Mas sonrió y adelantó el mentón hacia el periodista.

--Se lo agradezco mucho. Le voy a decir a Pilar Rahola, directora de su periódico, que está haciendo un estupendo trabajo. Es necesario que...

El ruido de una explosión cortó al Presidente. El autobús empezó a tambalearse y derrapó peligrosamente, acercándose al borde de la carretera, que, además, estaba plagada de baches y grietas. El conductor trató de controlar los bruscos vaivenes del vehículo.

--¡Son los aviones no tripulados del Estado español! --chilló Fernández.

Todos los ocupantes del autobús creyeron que iban a salirse de la carretera y volcar, pero el conductor logró dominar a la bestia y detenerla.

--Creo que ha estallado una de las ruedas traseras –dijo, secándose el sudor de la frente.

Se hallaban en mitad de la nada. Según el conductor, aún no habían salido de Cataluña. Bajaron del vehículo a inspeccionar los daños y Mas, rodeado de su mínimo séquito, se atusó su indómito tupé y empezó a quejarse:

--¡Menudo contratiempo! Sólo faltaba que no pudiéramos llegar a Madrid... Se van a reír de nosotros.--Hizo un gesto impaciente a Guardiola--. Deprisa, llama de una vez a la Generalidad.

--Señor, no hay señal –musitó Guardiola, el móvil aún pegado a la oreja--. No parece que haya cobertura.

--¡Maldita sea! --gruñó Mas.

El conductor, que había estado examinando la rueda pinchada, regresó con el grupo. Antes de decir nada, abrió la palma de su mano y la alumbró con su linterna. Ahí brillaba una especie de estrella hecha con cuerdas que sujetaban unas afiladas cuchillas.

--La rueda no ha explotado por casualidad –explicó-. Han debido de lanzarnos esta cosa desde algún lugar del campo...
Señaló el campo desierto, silencioso y en completa oscuridad que les rodeaba.

--Se trata de un sabotaje, evidentemente –apuntó Closseau, intrigado por la estrella--. ¿Quién podría ser el culpable? A lo mejor es sólo una broma pesada de algún lugareño...

--¿No es obvio? --intervino Fernández, alarmado--. Han sido los españoles. Es una trampa para cazarnos y matarnos. ¡Tenemos que salir de aquí!

--No pierda los nervios, amigo –le pidió Closseau, apoyando su fuerte mano en el hombro del periodista--. A pesar de todo, no creo que hayan sido los españoles. Eso no tiene sentido. Honestamente, no tienen drones y tampoco pienso que se dediquen a lanzar estrellas ninja a autobuses que pasan por carreteras de tercera.

--A mí me da igual quién haya sido –murmuró Mas--, mi problema es que hace mucho frío y no podemos comunicarnos con nadie. Hay que encontrar alguna población para llamar por teléfono y que nos saquen rápidamente de este asqueroso desierto.¡Vamos! Guardiola, trae mi capa. Iremos campo a través.

Closseau, tras echar una mirada en derredor, dijo:

--No sé si es una buena idea. No sabemos lo que...

--¡Silencio! --ordenó Mas--. Soy el Presidente de la Generalidad y estoy en mis tierras. ¡Nadie se atreverá a hacernos nada! Y si los que han hecho esto se dan cuenta de a quién han atacado, vendrán a suplicarnos perdón. No en vano me llaman Rey Arturo. Vamos, en marcha.

Y así se adentraron en el campo, muy pedregoso e irregular, y caminaron durante una media hora.

Avanzaban lentamente, con los pies cada vez más doloridos, y no encontraban nada más que cantos rodados y malas hierbas, pero Mas seguía insistiendo en que pronto se toparían con un pueblo.

--Cuando lleguemos, me recibirán como un héroe –iba contando Mas, en parte para distraerse a sí mismo-- y nos ofrecerán un transporte seguro con el que llegar a Madrid a tiempo.

--Señor, silencio, por favor –susurró entonces Closseau, arrimándose al Presidente--. Creo que nos están vigilando –añadió en voz aún más baja.

El guardaespaldas había sacado su pistola y permanecía en alerta, preparado para actuar. Guardiola dio un agudo chillido y se abrazó al conductor, que, desconcertado, intentó sacárselo de encima. Y Fernández, que llevaba una de las dos linternas, empezó a moverla en todas direcciones, pese a que Closseau le mandó quedarse quieto.

Pasaron unos segundos y, como no se materializó ninguna amenaza, Closseau guardó el arma. Aun así, estaba visiblemente preocupado y no dejaba de mirar por encima de su hombro, cauto. Estaban solos, perdidos y en una zona sin visibilidad alguna. Y, lo que era aún peor, estaban allí a causa de un ataque poco corriente. Closseau había escuchado muchas historias que implicaban a inocentes ciudadanos sufriendo los horrores que escondía la vida rural y aislada.

--Vayamos con cuidado. El que nos ha lanzado la estrella podría estar cerca, esperando su oportunidad... Presidente, no se separe de mí.

--¡Miren allí! --exclamó el conductor al poco de reanudar el camino.

Creyendo que se trataba de quien les había atacado, Closseau volvió a sacar el arma y agarró a Mas del brazo.

--No, no..., no hay peligro –aseguró el conductor--. ¿Es que no ven las luces?

En efecto, a lo lejos se divisaban las luces de lo que parecía una solitaria cabaña. A Mas le faltó tiempo para soltarse del brazo de Closseau y avanzar hacia allí a grandes zancadas. Los demás le siguieron resoplando, aunque también estaban deseosos de finalizar la caminata y descansar.

La cabaña, una pequeña edificación de piedra con techumbre de madera, tenía un aspecto deteriorado y algo siniestro. A su alrededor se encontraban esparcidos todo tipo de herramientas y cachivaches, e incluso restos de hogueras en los que se acumulaban huesos de animales. Había también un garaje hecho de madera con la puerta corrida, en cuyo interior se avistaban más trastos y muchas bolsas de basura.

Aquel emplazamiento, en un paraje tan tétrico y muerto, despertó las sospechas de Closseau. No así en Mas, quien, seguro de sí mismo, se plantó ante la puerta con el mentón por delante y la aporreó.

--¡Abran! Soy el Presidente Mas y necesito auxilio inmediato. ¡Deprisa!

En la puerta apareció al punto un anciano achaparrado y escuálido que le enseñó una sonrisa desdentada. Vestía un chaleco de punto y una camisa roída y manchada de grasa. Haciendo una reverencia, se hizo a un lado para que pudiera pasar el Presidente.

--Pasen, pasen todos, por favor –dijo amable y educadamente, y se frotó repetidas veces las manos--. Hace frío afuera y acechan las alimañas.

Sumamente satisfecho, Mas entró en la cabaña, poniendo atención en no arrastrar su espléndida capa por el suelo, que era de tierra apisonada.

La puerta comunicaba directamente con una diminuta sala mal iluminada. En un costado de la pared había una chimenea apagada. Casi toda la sala estaba ocupada, por lo demás, por una sólida mesa de madera. Una puerta se abrió en el otro extremo y de ahí salió una mujer obesa y con el pelo canoso que portaba un puchero en sus manos.

--¡Vaya, invitados! --exclamó, y justo entonces estornudó sobre el puchero.

Guardiola puso cara de asco. La cabaña no sólo estaba hecha un estercolero, dentro y fuera, sino que flotaba en el ambiente un penetrante hedor, tal vez de animales en descomposición o comida mal conservada.

El viejo, que había cerrado cuidadosamente la puerta, les invitó a tomar asiento: había sillas de sobra. Mas tardó un poco en sentarse, atento como estaba a ciertos detalles de la habitación, en especial una bandera de España pegada a la pared y la figura de un toro sobre una repisa torcida.

--Esta familia tiene una identidad estrictamente española –susurró al oído de Closseau, que asintió con la cabeza.

Además de eso, había otros detalles inquietantes. Hoces y ganchos colgados del techo, manchas parduzcas en las paredes y cucarachas y arañas campando a sus anchas. Guardiola estuvo a punto de vomitar cuando una araña descendió hasta su cráneo pelado y tuvo que darse manotazos para echarla de allí.

--Córcholis, qué poco cuidado tienen aquí –dijo, cerrando los ojos para reprimir las náuseas--, con lo limpio que es en general el pueblo catalán.

Fernández y el conductor, sentados a su izquierda y derecha, le conminaron a que fuera amable. Después de todo, no sabían si encontrarían cerca otras gentes dispuestas a echarles una mano. Lo último que deseaban era tener que volver a andar por el campo. Y algo les decía que el viejo no estaba en sus cabales...

De hecho, sólo por respeto al anciano habían aceptado sentarse a aquella mesa de dudoso gusto. El impaciente Mas, no obstante, quiso imponer su autoridad cuando la mujer empezó a echarles en el plato una viscosa masa marrón que, según ella, eran unas ricas gachas.

--Perdone, señora –dijo Mas, quitándose las gafas y adoptando la pose a caballo entre persuasiva y grave que solía utilizar en sus entrevistas--, es que estamos en una misión muy importante para Cataluña y no podemos quedarnos a cenar. Necesito ahora un mismo un teléfono.

La mujer hizo caso omiso y sirvió aún más gachas a Mas, que, componiendo una mueca de disgusto, miró al viejo. Hurgaba valiéndose de un mondadientes entre los pocos dientes que le quedaban. Mas se fijó en sus uñas repletas de mugre, en sus manos hinchadas y arrugadas y en su rostro ajado y sucio. Sintió una incontrolable repugnancia. Y era mejor no hablar de la cabaña, o mejor dicho, de la pocilga con bandera de España. ¿Cómo era posible que en su Cataluña existiera aún gente así? Sólo podía ser un inmigrante extremeño o andaluz, un charnego. Eso lo explicaría todo Eran personas como él las que estaban llevando a la ruina el país.

--Señor, ¿es que no se me entiende?--Mas elevó la voz--. ¡Tenemos prisa y mucho trabajo que hacer! No podemos cenar ni andarnos con cortesías. Cataluña nos necesita.

El viejo arqueó las cejas, hundió el mondadientes en sus putrefactas encías y escupió sobre la mesa, cerca del plato de Mas. Su señora soltó una carcajada porcina.

--¿Y eso a mí qué? --pronunció lentamente el viejo--. Jódete.

Acostumbrados a una Cataluña en la que a los disidentes se les ataba a un árbol y se les pegaba un tiro en la rodilla, Mas y su séquito creyeron no haber escuchado bien. Una segunda carcajada de la desagradable mujer les devolvió a la vida real. Aquel carcamal, un simple paleto, estaba desafiando al mismísimo Presidente de la Generalidad.

Mas dio un puñetazo sobre la mesa, rojo de ira.

--¡Esto es intolerable! ¡No se lo permito! Me debe usted un respeto, señor, y le exijo que ya mismo nos proporcione un teléfono y que, de paso, retire esa bandera de la pared de esta chabola infecta. No sé a qué se dedicará usted, pero haga lo que haga va a recibir una visita de los servicios de inspección de la Generalidad para comprobar su catalanidad.

Se hizo un silencio. Aunque Mas creía haber intimidado a la pareja de ancianos, se les veía más divertidos que otra cosa. Guardiola estiró su jersey de pico hasta casi deformarlo y Fernández tomó unas cuantas notas en su bloc. Echaban de menos la seguridad y confort del autobús, ahora lejos de allí, inalcanzable.

--Lo único intolerable –replicó por fin el viejo, y se arrancó el mondadientes de la boca para arrojarlo al suelo-- es que ustedes no estén celebrando como es debido la noche de todos los espíritus. Hoy es 31 de octubre –prosiguió en tono reprobatorio--, no sé qué hacen ustedes danzando por ahí y fingiendo que trabajan.

--Muy mal, verdaderamente mal –terció la señora.

--Pero con nosotros celebrarán esta noche como debe hacerse –aseveró el viejo, achinando sus amarillentos ojos--. Con sangre.

La puerta de la cabaña se abrió de golpe. Closseau fue a echar mano de su pistola, pero algo tiró de él con una fuerza sobrehumana. Cayó de espaldas fuera de la cabaña. Debía de tratarse de un tipo muy fuerte para haber podido lanzarle así. En la puerta, de espaldas a él, vio un ser inmenso con una forma extraña y peluda cubriéndole la cabeza. Sin perderle de vista, tanteó el suelo en busca de su pistola, que había soltado al caer. Si la encontraba todo habría terminado.

Pero de las sombras surgió un feroz perro que se precipitó hacia él, y al momento aparecieron dos más. Closseau sintió los dientes clavándose en su rostro, cuello y extremidades. Cerró los ojos y dejó de luchar.

Mientras tanto, dentro de la cabaña, Mas había empequeñecido. Incluso su mentón parecía haber menguado. Estaba pálido y temblaba como un flan.

--Les presento a mi hijo –anunció, orgulloso, el viejo.

Su hijo era el que había tirado a Closseau sin ninguna dificultad. Era una mole de carne de unos dos metros de altura, extremadamente corpulento y con unas manos gigantescas y rudas. Hasta ahí la visión era aceptable. Lo peor era su cabeza.

Porque no era humana.

El monstruo tenía cabeza de toro. Debía de ser tan sólo una piel que usaba como máscara, pero el efecto estaba muy logrado y no faltaban dos cuernos bien prominentes.

El minotauro no hablaba. Se movía con parsimonia, inclinando a los lados su desproporcionada cabeza. Se colocó detrás de Guardiola. Todos estaban paralizados por el terror y no se atrevían a hablar. Los aullidos satisfechos de los perros les daban una idea del destino de Closseau.

--Hijo mío, estas personas nos han faltado al respeto y han faltado el respeto a los muertos –manifestó el viejo, poniéndose en pie--. Las gachas estaban buenas. ¡Es la hora del segundo plato!

El minotauro, siempre en silencio, extrajo de su cinturón un largo machete, lo alzó hasta la altura de su morro de toro y lo abatió sobre la monda cabeza de Guardiola, que se partió por la mitad como un melón, salpicando de sangre al conductor del autobús y a Fernández.

Habiendo visto ya suficiente, Mas, movido por su desarrollado instinto de supervivencia, dio un brinco, se subió a la mesa, cubierta de sangre y pedazos del cráneo de su ayudante, y echó a correr hacia la salida. El minotauro no llegó a tiempo de bloquear la puerta, pero sí consiguió enganchar la capa de Mas. No obstante, al tirar de ella se desprendió y Mas continuó corriendo. El conductor y Fernández, aprovechando el desconcierto, pasaron al lado del minotauro y abandonaron la cabaña.

Los perros estaban dando cuenta del cadáver de Closseau y no les persiguieron. En cambio, el minotauro, espoleado por los bramidos demenciales de su padre, cargó contra el conductor. Éste intentó acelerar cuando ya era demasiado tarde. Uno de los cuernos atravesó su espalda; el minotauro cogió impulso y fue a dar contra el tronco de un árbol muerto. El minotauro lanzó un gemido gutural. El cuerno con el que había ensartado al conductor se había quedado enganchado y no podía soltarse.

Gracias a eso Fernández se creyó a salvo. El minotauro no era capaz de arrancarse la cabeza de toro y, por tanto, seguía enganchado al árbol, donde el pobre conductor agonizaba entre horribles convulsiones. Sin duda, iba a poder escribir el reportaje del siglo.

Absorto en tales pensamientos, ni siquiera se fijó por donde pisaba. El cepo se cerró sobre su pierna derecha, destrozándola, y cayó de bruces al suelo. Retorciéndose de dolor, se arrastró como pudo, sollozando y pidiendo clemencia.

Algo se acercaba.

Se dio la vuelta. El minotauro, ya sin cabeza, blandió su machete. Fernández comprendió por qué cubría su rostro con una máscara. En realidad, carecía de rostro. Sólo tenía una piel quemada, achicharrada y podrida, sin rastro de nariz, ojos o boca, y un agujero por el que se deslizaba una baba amarillenta.

Fernández no tuvo ni energías para gritar. En menos de treinta segundos, su cuerpo fue despedazado a machetazos.

Ya lejos de la masacre, Mas aflojó la carrera cuando vio que no se distinguían las luces de la cabaña. Suponía que el minotauro era bastante lento y que, a no ser que dispusieran de un vehículo, no podrían alcanzarle. De todas maneras, no podía detenerse ni un momento, o terminaría como su séquito.

--Un estadista como yo no puede perecer aquí –proclamó en voz alta, y continuó adelante.

Casi no veía nada y tropezó y cayó al suelo varias veces. Aun así, el miedo le había dado alas y mantuvo un buen ritmo. El problema era que el campo no tenía fin y, además, no sabía a dónde se estaba dirigiendo. Tal vez estuviese dando vueltas, o aún peor, encaminándose hacia alguna de las trampas del viejo.

Todavía pensando en sus posibilidades si no conseguía ayuda, se dio cuenta de que pisaba un suelo firme, más liso. ¡Estaba en la carretera! No vio por ninguna parte el autobús, pero al menos estaba en la carretera, lo que ya era un logro fundamental. Se sintió aún más afortunado cuando escuchó el ruido de un motor que se aproximaba.

--¡Eh, aquí! ¡Auxilio! --gritó, y se colocó delante de los faros del vehículo. Su traje plateado había quedado reducido a jirones y estaba despeinado y sudoroso, pero esperaba ser reconocido como Presidente de la Generalidad. Ardía en deseos de ser adulado. Eso era lo primero. Ya pensaría más tarde en su venganza.

El vehículo, una furgoneta desvencijada, frenó al percatarse de la presencia de Mas. ¡Estaba salvado! Subió a la furgoneta por la puerta del copiloto y, con una gran excitación, le pidió que arrancase y le llevase al pueblo más cercano.

La furgoneta echó a andar.

--¡Se ha producido una terrible matanza! --explicaba Mas, ofuscado, sin dejar de gesticular--. Han sido unos locos de una cabaña, hay que avisar a los Mozos de Escuadra y...

Posó sus ojos en el salpicadero de la furgoneta, atraído por un brillo. Procedía de un objeto que reconoció al instante.

Una estrella hecha con cuerdas y cuchillas.

Con los ojos muy abiertos, observó detenidamente a su salvador. Iba vestido con una especie de mono oscuro, y ocultaba su faz con un sombrero de paja más propio de un espantapájaros que de una persona normal.

El conductor giró la cabeza hacia Mas. La mitad su cara estaba quemada, llena de cicatrices. Sonreía con sorna. Una sonrisa maléfica, cruel. Mas recordó entonces el garaje vacío de la cabaña y supo lo que ocurría.

La furgoneta giró bruscamente a la derecha, se adentró en el campo y se perdió en la oscuridad de aquella noche sin luna.

Las referencias de este relato, que sustituye al artículo de esta semana, son claras. ¡Feliz noche de Halloween!

domingo, octubre 28, 2012

LA DEFENSA DE LA COMPETENCIA

El artículo 38 de la Constitución consagra la libertad de empresa como un derecho fundamental, base de la economía de libre mercado, que encuentra un importante límite en la defensa de la competencia, que a su vez materializa la garantía institucional que encierra aquel derecho, esto es, la existencia de un mercado caracterizado por el libre acceso, la libre permanencia y la libre salida.

Los partidarios de la libertad económica no suelen concebirla como absoluta, sino que debe ejercitarse en un marco regulado por el Estado. El liberalismo, en su vertiente clásica, acepta que garantizar el funcionamiento en libertad del mercado es una función posible del Estado (véase John Gray, Liberalismo, Alianza Editorial, 1994, p.124). A ello responde la defensa de la competencia: “Justamente éste es el resultado de la libertad responsable. No existe libertad de empresa sin institucionalización. Institucionalización que desde la perspectiva del mercado tiene que ser 'pro competencia'” (José Eugenio Soriano, Derecho público de la competencia, Marcial Pons, 1998, p. 94). De esta forma, “lo que se protege es el mercado mismo” (ibidem, p. 96).

Sin perjuicio de las normas de la Unión Europea, dicha defensa se articula, hoy día, a través de la Ley 15/2007, de 3 de julio, de Defensa de la Competencia, que tipifica como conductas prohibidas las conductas colusorias (art. 1), el abuso de posición dominante (art. 2) y el falseamiento de la libre competencia por actos desleales (art. 3). Del cumplimiento de estas disposiciones vela fundamentalmente la Comisión Nacional de la Competencia (art. 12), antiguo Tribunal de Defensa de la Competencia.

Aunque Huerta de Soto ha criticado con acidez el absurdo económico de una legislación que sospechosa automáticamente de las empresas que cobran más que los competidores (abuso de posición dominante), de las que cobran menos (competencia desleal) y de las que venden al mismo precio (confabulación), creo que la utilidad de una ley especial se apoya en que los problemas en España relativos a la competencia, o más bien a la ausencia de la misma, también han sido especiales y muy profundos. Aún lo son, porque ha habido aquí (y persiste) una débil, torcida y acomodada cultura empresarial.

Asimismo, a la afirmación de Huerta de Soto de que sería suficiente el mero reconocimiento de la libre competencia para protegerla se la pueden plantear ciertas objeciones. De acuerdo con Sánchez Calero, la crisis del modelo de competencia perfecta pensado por los economistas clásicos, de un lado, y la práctica de la autonomía de la voluntad, “que consintió que los competidores pudieran perder la agresividad que de ellos se esperaba y que establecieran acuerdos entre sí de no hacerse la competencia”, de otro, son las razones que avalan la intervención del legislador (Fernando Sánchez Calero y Juan Sánchez-Calero Guilarte, Instituciones de Derecho Mercantil, Aranzadi, 2009, p. 184). Siempre dejando bien claro, como es natural, que la intervención es susceptible de traer problemas mayores que sus beneficios.

No ofrece dudas, sea como fuere, que la competencia es virtuosa. Los costes sociales de un monopolio y los beneficios de la liberalización del mercado (por ejemplo, la que se impulsó en el sector de las telecomunicaciones, lo que abarató los precios y diversificó las opciones para el consumidor) son casi indiscutibles, pero hay otros muchos temas relacionados con la competencia que, aun no siento tan visibles, conviene tener en cuenta, como es el caso de la libertad de horarios o de la discriminación en contra de grandes empresas por el solo hecho de ser grandes.

La jurisprudencia no ha tenido una evolución uniforme en esta materia. Desde la aprobación de la Constitución, ha mantenido, según las épocas y los supuestos, posiciones distintas y hasta contrapuestas. Con todo, hay pronunciamientos muy rotundos a favor de la competencia. Es de destacar la Sentencia del Tribunal Supremo de 23 de marzo de 1988 cuando señala que “tal regulación [ordenación de la actividad económica en general y defensa de la competencia] es pieza fundamental en la libertad de empresa y establecimiento de un mercado comercial único para toda la Nación, y por tanto, pieza fundamental en la defensa de los usuarios y consumidores, que quedan más protegidos con la libertad que con las intervenciones restrictivas [...]”. Y es igualmente significativa la STS de 10 de octubre de 1989, que, en relación con la coexistencia de empresas públicas y privadas, exige que se salvaguarde la libre competencia y que ambas se sometan a las mismas reglas.

Pero hay vida más allá de la LDC y la labor de los tribunales. En un interesante artículo publicado en Mercados, suplemento económico de El Mundo, Joaquín García Bernaldo de Quirós, presidente de la CNC, ha reconocido lo siguiente: “La introducción de mayores dosis de competencia se logra por la vía de la persecución de las conductas anticompetitivas pero también realizando cambios regulatorios procompetitivos”. En efecto, recientemente se ha conocido el dato de que España ocupa el puesto 136 (entre Brunei y República Dominicana) del epígrafe del índice Doing Business que evalúa la facilidad para abrir un negocio. La falta de competencia, por tanto, puede también deberse a trabas burocráticas y excesiva intervención administrativa.

Ante este panorama, es necesario que los políticos dejen de alabar tanto a los emprendedores y se dediquen a promover decididamente la actividad empresarial, en este caso los inicios de la misma, suprimiendo restricciones sectoriales y trámites inútiles. A mayor competencia, mejores precios, más opciones y más creatividad, innovación y adaptación a las demandas de los consumidores. Por otra parte, el largo camino hacia la libertad económica en España está lejos de completarse, y son muchas las empresas que siguen presionando para que la Administración les dé cobertura y privilegios (captura del regulador), un inadmisible maridaje entre lo público y lo privado que, parafraseando lo que se advierte respecto a la venta de alcohol a menores en algunos bares, el empresario no debe solicitar y los poderes públicos no pueden consentir.

domingo, octubre 21, 2012

SAINETE DE ESTUDIANTES

La educación en España es otro de esos despropósitos nacionales que parecen no tener fin ni solución. Las sucesivas leyes educativas, todas socialistas, no han resuelto los distintos problemas, en especial el del fracaso escolar, y la afluencia masiva a las universidades no ha estado unida a una mejor colocación en el mercado de trabajo. A mi modo de ver, es dudoso que la generación mejor preparada de todos los tiempos lo sea de verdad. Puede ser la generación con más acceso a la información, o la que más títulos acumula, nada más.

Cada partido, cuando ha estado en el poder, ha hecho sus aportaciones. Actualmente, la gestión de José Ignacio Wert está siendo muy contestada, aunque hay que situar dicha gestión en un contexto de escasez y dificultades extraordinarias. Y respecto al titular del Ministerio de Educación, lo que queda claro es que la izquierda se está cebando con él: sus provocaciones y su estilo incisivo no responden al arquetipo de derechista acomplejado del PP.

En este sentido, se ha dado esta semana un fenómeno doblemente paranormal. Una huelga de estudiantes patrocinada por los propios padres. La huelga de estudiantes, es decir, de personas que por definición no son trabajadores asalariados, es ya un contrasentido, y aún lo es más que sean los padres los que la animen, uniéndose para ello a una organización tan poco ejemplar como lo es el Sindicato de Estudiantes.

Entiendo que haya gente que, en su odio ciego hacia Wert, no lo reconozca e intente disimular. Digan lo que digan, el Sindicato de Estudiantes es una organización de extrema izquierda, sectaria, con ideas, retórica y métodos bolcheviques. Si los padres quieren que sus hijos defiendan la educación pública de la mano de tales compañías, es su problema, pero que no intenten ocultar el radicalismo de esos supuestos sindicalistas. De armar escándalo y corear su propaganda saben mucho; lo de estudiar lo dejan en un segundo plano.

Que no se dude. El auténtico riesgo para la educación pública reside en quienes, apoyándose en prejuicios ideológicos las más de las veces, no aceptan ningún cambio y que creen que sus derechos irrenunciables no cuestan dinero. Los que tanto se llenan la boca en su defensa serán los que la terminen destruyendo, no inexistentes fantasmas neoliberales. Amores que matan.

La educación pública no corre ningún peligro, al margen, lógicamente, de los problemas de sostenimiento que acusan a día de hoy todos los servicios públicos. Los padres están enfadados por la desaparición de ciertas becas y ayudas. ¿Supone eso la privatización del sistema? A fuerza de exagerar, las críticas pierden consistencia.

Y aunque haya motivos legítimos de queja, enviar a los hijos a esa mal llamada huelga a reír las gracias al Sindicato de Estudiantes es un acto execrable. Afortunadamente, la convocatoria no ha tenido mucho apoyo.

La izquierda, que intenta que la educación no salga del redil en que la ha encerrado, ha extendido la creencia de que lo único que hace falta es invertir más dinero. La realidad es que desde los años noventa los recursos destinados a la educación no han dejado de aumentar. Sin embargo, el mayor gasto no ha producido mejores resultados. A lo mejor son necesarias otras cosas, empezando por un cambio de actitud de los padres, que en muchos casos encomiendan la educación de sus hijos exclusivamente al Estado y olvidan que ellos también tienen una labor que realizar en el proceso. Y los estudiantes tienen que estudiar, como es obvio, y crecer en un entorno en el que el mérito y el esfuerzo sean premiados.

Por último, el asalto a un colegio religioso orquestado por varios miembros juveniles de IU merece comentario aparte. IU se ha revelado ya plenamente como un partido que no duda en saltarse la legalidad cuando lleva a cabo sus actos políticos. Insultan, agreden, roban... Es un partido que ni siquiera recrimina las acciones delictivas de sus miembros más violentos y aberrantes, como el gordo sin estudios al que han detenido Los enaltece y trata como si fueran héroes. La estrategia de IU es sacar rédito a estos tiempos de tensiones y descontentos, aglutinar a los radicales, aunque tenga que renunciar a un mínimo de decoro y respeto por las leyes. Puede que les ayude momentáneamente a ganar protagonismo, pero les pasará factura cuando la gente se percate de que ése no es un camino transitable en democracia.

domingo, octubre 14, 2012

MAS ES MENOS PARA CATALUÑA

Si algo en claro puede extraerse de la ceremonia de la confusión inaugurada en Cataluña, es que el nacionalismo adormece la inteligencia y el espíritu crítico. Es la única explicación plausible a que un sujeto como Artur Mas siga gozando de la confianza de muchos catalanes y tenga buen pronóstico en las encuestas. Es más, los separatistas lo ven como el profeta de las esencias que traerá la independencia y la libertad a Cataluña. Era fácil superar al incomparable Montilla, pero la legislatura corta de Mas sólo puede calificarse de fracaso rotundo. Su obsesión (una obsesión fingida, no real, para cualquier observador lúcido), el pacto fiscal, era inaceptable y apoyada en argumentos falaces. Y si se habla de expolio a Cataluña, el primer sospechoso debería ser el partido de Mas, una agrupación con un largo historial de corrupción.

Mi teoría –y espero que la de la gente que no deja que cuatro banderas le nublen el juicio-- es que Mas, como antes Pujol y como suelen hacer los nacionalistas, ha intentado enmascarar sus errores y su incompetencia a través de las aspiraciones separatistas y los sentimientos de una parte de los catalanes. Sólo buscaba sacar rédito electoral, nuevamente, del fanatismo y la manipulación mental que tan cuidadosamente han cultivado los partidos nacionalistas desde hace años. Pero ha perdido el control de la criatura y, en este momento, está improvisando. Tratará de explotar la fiebre separatista hasta las elecciones y, después, ya verá... De todas maneras, no se puede esperar luces largas en un líder cuya mayor gesta política fue ir al notario. Debajo de un envoltorio de arrogancia sin límites, se esconde una de las figuras más mediocres que ha producido la clase política española en los últimos tiempos.

La confusión de Mas, que no sabe realmente cómo manejar la situación, más allá de capitalizarla para sacar votos en las elecciones, salta continuamente a la vista. En sus deslavazados e incoherentes discursos, mezcla conceptos, no es claro, suelta muchas ideas sin sentido... Unas veces indica que lo importante es el referéndum, otras da por hecha la independencia. Y no concreta lo que para él son “estructuras de Estado” (¿no tiene Cataluña autonomía o instituciones propias?).

Los empresarios catalanes están mostrando muchos reparos a esta deriva enloquecida, ya que ven peligrar sus bolsillos. Situándose fuera de la realidad, Mas ha dicho en uno de su periódicos subvencionados: “El mundo económico deberá adaptarse al cambio de mentalidad del país”. La traducción de esta frase es: “El mundo económico deberá adaptarse a mis designios, aunque ni yo misma sepa cuáles son”. Consciente de que no puede convencerlos de que a Cataluña le irá bien fuera de la Unión Europea y enfrentada con el resto de España, recurre al imperativo. ¿Pero qué autoridad puede tener este poco honorable señor a estas alturas para un empresario que se juega su negocio y su subsistencia? Está por ver que ese “mundo económico” sea tan miope como la carne de cañón nacionalista y deje a un lado lo que de verdad interesa, es decir, la obtención de beneficios.

Otro ejemplo de las alucinaciones que sufre Arturu fue que hablara a favor de una suerte de autarquía a la catalana, exigiendo al consumidor que tenga muy en cuenta la etiqueta del producto, dónde ha sido hecho y, en suma, si es catalán o no. Lo cual, implícitamente, supone el boicot a los productos del resto de España. ¿Qué parte saldría peor parada de un cruce de boicots? ¿Nadie se acuerda de lo que ocurrió con el cava catalán?

En una dinámica imparable de disparates y memeces, Mas prosigue con sus provocaciones y sus ideas descerebradas, demostrando falta de sentido común, exclusivos intereses electorales y ausencia total de buena educación. A pesar de sus bravatas y su deplorable proyecto, no es otra cosa que el limitado dirigente de una región de España especialmente endeudada, la primera que ha tenido que pedir auxilio al Estado, que no puede pagar ni el funcionamiento de sus servicios más básicos y que ha perdido gran parte de su fuerza emprendedora, sustituida ahora por la corrupción del otrora oasis y la pesada y obsesiva burocracia nacionalista.

Que reflexionen seriamente los catalanes. Mas es un vendedor del humo que ha engañado a demasiada gente con su ungüento milagroso y que sabe que, cuando empiecen las reclamaciones, lo más que podrá ofrecer como excusa será que, una vez más, la culpa fue de Madrid. No hay que permitir que las próximas elecciones catalanas sean un plebiscito separatista: en ellas, antes que nada, habría de enjuiciarse la gestión de un Mas que no puede seguir escudándose en su inviable e inútil pacto fiscal y cuya solvencia como político hay que poner en duda.

domingo, octubre 07, 2012

EL INVIABLE CAMINO DEL 42%

En el primero de los tres debates televisados entre Barack Obama y Mitt Romney, éste dijo algo que soliviantó a los políticos españoles: “España gasta el 42% de su economía total en el Gobierno”, añadiendo que él no quiere seguir el camino de España. Desde las filas del PP y del Gobierno, se le acusó de esparcir una mala imagen de España y de que hablaba desde la ignorancia. Lástima que ni Cospedal ni Margallo pudieran sostener sin faltar a la verdad que España tiene algo de ejemplar en este momento. Bien está defender a la patria en el exterior, pero mejor sería intentar arreglar sus males y tener éxito en el empeño.

A mí también me sentó mal escuchar esa frase. No por las razones apuntadas, sino porque describe con exactitud una realidad negativa, una muy difícil de modificar, según voy comprendiendo. Y es que a Cospedal y Margallo no les importa que haya un volumen a todas luces excesivo de gasto público. Lo que les enfada es que alguien proclame que ése no es el camino a seguir, pues no conocen otro.

Después de todo, PP y PSOE se parecen cada vez más. Los dos, con matices y alguna discrepancia cosmética, se han apuntado a la ideología socialdemócrata, que ya debería estar muerta y enterrada. Ambos aspiran a fortalecer el protagonismo de los poderes públicos en la economía española y a apuntalar un Estado de Bienestar costoso e ineficiente. Así las cosas, es habitual descubrir a Mariano Rajoy quejándose porque no puede gastar lo que desearía a causa de las presentes estrecheces. Si por él fuera, viene a asegurar, todo sería como antes de la crisis, o sea, gasto espectacular sin control y expansión infinita del sector público. Los políticos españoles, en su gran mayoría, no han aprendido la lección.

Rajoy ha señalado que el problema de déficit de España es coyuntural, no estructural, de manera que su origen está en la acusada caída de la recaudación desde el inicio de la crisis y no en unos niveles de gasto insostenibles. Tesis que comparte con el impresentable Griñán: “España no tiene un problema de gasto público, sino de ingresos”. Sí, hay dos datos que son verdaderos: España registró superávit entre 2005 y 2007 y nadie puede negar la caída de los ingresos públicos.

Sin embargo, el análisis no debiera detenerse ahí, como pretende Rajoy. Durante los años de crecimiento al calor de la burbuja inmobiliaria, el Estado ingresó mucho y también gastó mucho, o mejor dicho, demasiado. Pero esta situación no podía durar. El déficit era y es estructural. Si España regresara ahora a la senda del crecimiento, éste sería mucho más moderado que en aquellos años de expansión (y, en cualquier caso, el número de parados no se reduciría de forma inmediata) y no se podrían realizar los gastos que, para Rajoy y Griñán, son los adecuados.

Ha escrito Jesús Cacho que, en el debate presidencial, que ganó Romney por gran diferencia, triunfó “una visión liberal de la vida en sociedad que reniega del papel del Estado como 'gran hermano' y principal protagonista de la actividad económica, para poner al mercado, la sociedad y, en definitiva, el individuo, en el centro de la pirámide social, como motor de la economía y el progreso”. España están aún lejos de eso. Con un Estado que absorbe tantos recursos y que no presta mejores servicios, sino que atiende fundamentalmente a los delirios de una clase política insaciable, y un Gobierno que no deja de subir impuestos porque entiende que el ajuste ha de hacerse mayormente a través de los ingresos, es imposible volver a crecer, crear empleo, recuperar la confianza de los inversores y que haya más empresarios decididos a arriesgarse y trabajadores que quieran dar más para ganar más.

El PP habla mucho de austeridad y de la reforma de la Administración. No la está haciendo y, además, no es suficiente. No basta con suprimir duplicidades y coches oficiales. Las Comunidades Autónomas no están cerrando empresas públicas ni privatizando televisiones, y las resistencias a los cambios surgen por doquier. El Gobierno puede y debe proponer reformas más profundas e incisivas. Hay un ala liberal en este Gobierno que no se está manifestando, pero que tiene cartas que jugar. Es urgente convencer a Rajoy de que en ningún caso habrá retorno al pasado de despilfarro y que, si quiere que haya futuro, quizá tendría que empezar a escuchar y asimilar las ideas de Romney.