Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







viernes, octubre 31, 2014

BIENVENIDOS A PABLOGRADO



El coche oficial avanzaba por una carretera secundaria plagada de baches. Cada vez que daba un bote en su asiento, el conductor y único ocupante del vehículo profería una maldición. Sufría molestias en la espalda provocadas por el largo trayecto recorrido desde Madrid.
 
Consultó por enésima vez el mapa desplegado en el asiento del copiloto. Más le valía no perderse, pues por esa zona desértica no había visto ni poblaciones ni gasolineras, y el teléfono móvil no tenía cobertura.

--Dichosa suerte la mía –dijo entre dientes, mientras se cercioraba de haber tomado el camino correcto a la vez que procuraba que el coche no se saliera de la sinuosa carretera en una de las múltiples curvas. 

El nombre del atribulado conductor era Pascual González, funcionario del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, y se dirigía a una ignota villa en calidad de experto a fin de hacerse cargo de las finanzas del ayuntamiento, ya que desde hacía meses venía incumpliendo los objetivos de déficit y endeudamiento y haciendo caso omiso a las advertencias y requerimientos de Madrid.   

Al amparo de lo dispuesto en el artículo 25 de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, en tales supuestos se podía enviar una comisión de expertos con la facultad de requerir cualquier información y, a la vista de la misma, proponer medidas de obligado cumplimiento.

La comisión, en este caso, la formaba un solo hombre. Ello se debía a la pequeñez del pueblo objeto de control, pero también a la negativa de otros funcionarios a ir allí. 

Pascual contaba con una preparación adecuada y vocación de servicio público. No le importaba cumplir una misión considerada, por lo común, ingrata. Ahora bien, el pueblo en cuestión presentaba una particularidad que había determinado que ninguno de sus compañeros se ofreciera voluntario. 

Finalmente, su superior había decidido enviarle a él, alegando que era el más joven y novato. 
 
Pascual disminuyó la velocidad del coche. Su destino, un islote de casas bajas en medio de la desolación, ya se vislumbraba en el horizonte. El funcionario deseaba llegar cuanto antes y no pasar allí más tiempo del estrictamente necesario.

Según se iba aproximando, comenzaron a aparecer carteles colocados a un lado de la carretera. Unos lanzaban advertencias al visitante: “Aquí no queremos/as explotadores/as, especuladores/as y/o empresarios/as”. Otros se limitaban a cantar las virtudes del lugar: “Este pueblo es solidario y abierto a todos; “Bienvenidos a un paraíso sostenible”; “Aquí la única fábrica es de amor”.

Y había uno que produjo una honda inquietud en Pascual. Sobre fondo morado, destacaba la imagen de un hombre enjuto, con barba rasurada y perilla, pelo recogido en una coleta y ojos achinados que parecían otear misterios reservados a unos pocos ungidos. Al lado de esta estampa de Pablo Iglesias, una frase de su autoría: “Una reforma fiscal para que paguen los ricos”.

Un turbado Pascual dejó atrás el cartel y entró por fin en el pueblo: Pablogrado, único municipio de España gobernado por Podemos.

Pronto comprendió que en aquel lugar no se podía circular con vehículos a motor: una línea de pinchos clavados en el suelo impedía continuar por la calle principal. Por lo tanto, tuvo que aparcar el coche encima de una acera y continuar a pie.

No se veía un alma por las calles. Pascual, con su maletín como toda defensa, sintió que un escalofrío le recorría de arriba abajo. 

--Tengo un mal presentimiento…

Un fresco viento otoñal arrastraba las hojas secas desperdigadas por el suelo y mecía las copas peladas de los raquíticos árboles plantados aquí y allá. Las ratas, gordas y atrevidas, atacaban a su gusto las hileras de contenedores de basura diseñados para un reciclaje minucioso. 

Era difícil encontrar una pared libre de carteles o pintadas. En todo caso, los mensajes iban invariablemente en la misma dirección. Ecología. Protección animal. Diversidad e igualdad. Empoderamiento popular. Rechazo a la mercantilización (fuese eso lo que fuere). En suma, toda una colección de consignas progresistas sin demasiado sentido.

Unas extrañas estructuras situadas a ambos lados de la calle principal llamaron la atención de Pascual. Ya las había observado de lejos, pero ahora que estaba a pocos pasos de ellas pudo ver con claridad lo que eran. 

Jaulas colgantes. Y dentro de ellas se pudrían varias personas. 

Escandalizado y aterrorizado a un tiempo, Pascual corrió hasta una de las jaulas e intentó hablar con su desdichado ocupante. Éste tenía un lamentable aspecto y no abrió la boca.
Pascual sacó su teléfono móvil y marcó el número de la Guardia Civil. Entonces recordó la falta de cobertura. Cuando pidió a gritos ayuda, nadie acudió. Como no podía hacer nada más, reemprendió el camino hacia el ayuntamiento. 

Antes de llegar pasó por delante de lo que a todas luces era la iglesia del pueblo. Sin embargo, a la entrada del vetusto templo había un cartel que lo identificaba como mezquita de Pablogrado. Más abajo ponía que la única religión admitida era la musulmana. 

--Esto es de locos –musitó Pascual--, aún peor de lo que dicen los rumores. 

El edificio consistorial estaba situado en una sencilla plaza en cuyo centro se alzaba un ostentoso monumento –amplia base de granito coronada por una estatua de bronce que representaba a un perro-- que no cuadraba para nada con el estado de abandono del resto del pueblo. Pascual leyó la placa: “A Excalibur, héroe antineoliberal”. ¡Era un monumento dedicado al perro de la auxiliar de enfermería infectada de ébola tiempo atrás, ejecutado por la Comunidad de Madrid!

Cabeceando ante semejante despilfarro, llamó a la puerta del ayuntamiento, un edificio alargado, sólido y con un soportal sostenido por pilares de madera. En su balcón lucía un ramillete de banderas, ninguna la española. No faltaban, en cambio, la de Podemos, País Vasco, Cataluña, Segunda República y Venezuela.

Nadie respondió a su llamada, así que Pascual probó suerte y tiró de la puerta de cristal, que se abrió. Dentro tampoco encontró a alguien que pudiera atenderle. El interior recordaba al de una facultad tomada por la extrema izquierda, habida cuenta de los lemas pintarrajeados en las paredes, la suciedad generalizada y la proliferación de microondas. Incluso tropezó con unos sacos de dormir, aunque afortunadamente vacíos. 

Al cabo de un rato vagando por allí dio con un hombre menudo y contrahecho, un tanto amanerado a juzgar por sus movimientos, que estaba paseando en círculos en una espaciosa habitación vacía y hablando para sí mismo, inmerso en quién sabía qué reflexiones. Llevaba gafas redondas y un chaleco raído.

--Bunas tardes –se presentó Pascual, extendiendo su mano, gesto que no fue correspondido--. Mi nombre es Pascual González y me envía el Ministerio de Hacienda para supervisar sus cuentas y proponer medidas de obligado incumplimiento, de conformidad con la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera.

Este ensayado discurso no impresionó al hombrecillo, que se limitó a examinar atentamente a Pascual.

--Ejem, también quisiera denunciar –prosiguió el funcionario, irritado por la descortesía de aquel sujeto— que hay unas personas enjauladas ahí fuera y sometidas a un trato degradante.

--Oh, no se preocupe por eso –dijo al fin su interlocutor, y exhibió una mueca de desagrado--. Son ricos. Como dice nuestro supremo mesías, a veces hay que tratarles como a niños pequeños, darles un escarmiento, ya sabe. Y esa gente ganaba más de dos mil euros al mes, una inmoralidad. 

--¿Y eso justifica un castigo tan cruel?

--¡Es lo que ha decidido el pueblo! Este municipio funciona en concejo abierto, todos los vecinos se reúnen en asamblea para decidir la política, o sea, todo. La política lo es todo y no hay ningún aspecto de la vida que pueda escapar del control democrático.

--Hablando de los vecinos, no he visto a ninguno por la calle –comentó Pascual.

--Es normal, a estas horas están viendo a Pablo Iglesias en televisión. No hay mejor manera de informarse y ser un buen demócrata.

--¿En qué programa sale Pablo Iglesias a las cinco de la tarde de un viernes? ¿En Sálvame? –Esto último lo preguntó Pascual con cierta mordacidad.

Ignorando la pulla, el hombrecillo dijo:

--Oh, lo que ven son grabaciones. En este pueblo ha sido prohibido el acceso descontrolado a los medios de comunicación, porque, estando en manos privadas, sólo mienten y dicen maldades. No nos podemos fiar. Es preferible disfrutar de la sabiduría de nuestro mesías. Y le aseguro que tenemos material suficiente, nunca faltará su verbo en los hogares de Pablogrado. ¡Para que luego digan que los populismos generan escasez! 

 --¿Se puede saber quién es usted? –inquirió Pascual, cada vez más perplejo.

--Soy el alcalde de este pueblo, Juan Carlos Monedero.

A decir verdad, a Pascual le había resultado familiar ese rostro –las gafas redondas, la piel cetrina, la sonrisilla mezquina-- desde el principio. Ahora que se confirmaba su identidad, tuvo que reprimir las náuseas. Juan Carlos Monedero era conocido por su sectarismo y por dispensar un trato feroz a los que no coincidieran con sus ideas.

Pero él tenía un trabajo que hacer, con independencia de quién fuera el alcalde.

--En tal caso, debe una explicación al Ministerio de Hacienda sobre el estado de sus cuentas –afirmó Pascual secamente--. Se han desviado de todos los objetivos y ahora deberán corregir la senda de déficit y deuda con las medidas que yo proponga.—Monedero, despreocupado, alzó una ceja--. ¿No me entiende? El derroche ha terminado aquí. Para empezar, ¿podría explicar cómo elaboran sus presupuestos? Porque no están siguiendo nuestras recomendaciones.

Monedero, las manos metidas en los bolsillos de su chaleco, puso cara de ingenuidad.

--No comprendo nada de lo que me dice. Yo me debo al pueblo, no al Ministerio de Hacienda, y es por ello que nuestros presupuestos son participativos. Todos los ciudadanos expresan sus deseos, ejercen su derecho a decidir. Y de esta forma hemos alcanzado unos altos niveles de protección social.—El alcalde señaló con el mentón un cartel pegado en la pared que anunciaba una renta básica universal--. ¿Ve eso? Se llama dignidad. Antes había gente que trabajaba en una fábrica de chorizos. Un trabajo muy duro. Ya no necesitan trabajar… En cuanto a la fábrica, tuvimos que castigarla, poner límite a su crecimiento, y acabó cerrando. Lo mismo ha sucedido con otros comercios de por aquí que abusaron de la avaricia. No los necesitamos. Basta la solidaridad y…

--La solidaridad no se come –cortó Pascual--. Usted habla de unos gastos muy generosos. ¿Cómo los va a financiar en el largo plazo? Este ente local ya no puede endeudarse más y dudo mucho que obtenga cuantiosos ingresos tributarios.

--Recurriré al crowdfunding –repuso Monedero, encogiéndose de hombros--. Fuera de aquí tenemos muchos amigos dispuestos a que este pueblo se mantenga como referente.

--¿Es una broma? Eso no durará para siempre y no garantiza la recaudación necesaria. Debe poner fin a esta gestión desastrosa, abandonar el populismo y equilibrar las cuentas. 

--Ya le he dicho lo que hay, mercenario de los mercados –le espetó Monedero con una nota de enfado en la voz.

Se hizo el silencio en el salón. El funcionario, tratando de contenerse, apretó los puños. Deseaba estampar su maletín en la cara del acalde.

--Si no me hace caso, nos veremos obligados a disolver los órganos de esta corporación, según dicta la Ley de Bases de Régimen Local –advirtió--. Se va a meter en un serio problema.

--Es usted el que está en un problema –replicó Monedero, e hizo una seña dirigida a alguien que estaba detrás de Pascual. 

El funcionario quiso voltearse al darse cuenta de lo que ocurría, pero entonces el garrote cayó sobre su cabeza y perdió el conocimiento.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Notaba el cuerpo rígido, paralizado. Al principio temió que el brutal estacazo hubiera afectado a su movilidad. Pero acto seguido descubrió que no podía moverse porque estaba atado con cuerdas a un poste. 

Ya no se encontraba en el ayuntamiento, sino en un campo llano e inmenso sobre el que caía la luz anaranjada del atardecer. Enfrente de él se erguía una figura de unos cuatro metros de altura hecha de mimbre, hueca, con un vago parecido a Pablo Iglesias. 

--Estupendo, el fascista ha vuelto a su ser –dijo Monedero, ocupando repentinamente el campo de visión de Pascual. Había sustituido su chaleco y camisa marrón por un traje de lagartera. 

Esta vez el acalde no estaba solo. Alrededor de Pascual y del hombre de mimbre se había formado un círculo. Debían de ser los vecinos del pueblo, y cubrían sus rostros con máscaras de animales. 

--Demos comienzo a la asamblea vecinal y ciudadana –dijo solemnemente un zorro--. Pero antes elevemos nuestras plegarias hacia nuestro salvador.

Los integrantes del círculo se cogieron de la mano, agacharon la cabeza y empezaron a entonar una letanía (“Sí se puede, sí se puede, sí se puede, sí se puede…”) en tono cada vez más alto.

--¡Sí se puede, sí se puede, sí se puede! –gritaban los vecinos, absolutamente entregados a su plegaria.

Pascual intentó en vano aflojar sus ataduras. De todos modos, aunque lo consiguiera, ¿qué podía hacer? Le rodeaban los vecinos y no sabía ni dónde estaba. 

--El pueblo va a decidir sobre el destino de este agente al servicio de la dictadura de los mercados que ha venido a imponer normas que no reconocemos –habló entonces Monedero --. Los distintos círculos ya se han pronunciado.—Echó una ojeada a unos papeles que sostenía en la mano--. El Círculo Matarife de Ricos sugiere que este infame pecador y lacayo de la casta sea democratizado.

Pascual se preguntó en su fuero interno qué podría significar ser democratizado. Sospechaba que pronto lo averiguaría.

--¡Democratizado! ¡Democratizado! –rugió el círculo. 

--¡Que vote el pueblo! –dijo Monedero a voz en cuello, abriendo los brazos.

El pueblo entero levantó la mano.

--¡Unanimidad una vez más! –exclamó Monedero, lleno de gozo--. Coged, pues, al prisionero y meterlo dentro de la estatua del mesías. ¡Vamos a democratizarlo! 

Un cerdo, dos conejos y un ratón agarraron a Pascual. El funcionario opuso toda la resistencia que pudo, pero no costó mucho encerrarle dentro de la estatua de mimbre atado de pies y manos. 

--Y ahora, a fin de completar el proceso de democratización, prenderemos fuego a esta estatua –explicó Monedero, dirigiéndose a Pascual--. Es una ofrenda a nuestro mesías y, por ende, a la democracia. ¡Y tus cenizas se extenderán por el aire y pasarán a ser un bien común! 

--¡Estáis todos locos! –bramó Pascual, empapado de sudor. Vio cómo dos vecinos se acercaban con antorchas en la mano--. ¡Dejadme en paz, bastardos! ¡Vais a pagar por esto!
Pero el círculo no parecía preocupado. Al contrario, estaba disfrutando enormemente. Hubo risas y burlas. El inefable Monedero, quién sabe si llevado por la alegría o como parte del ritual, comenzó a ejecutar un complicado baile. 

Pascual no podía creer que su vida fuera a terminar en aquel pueblo perdido y miserable y de esa terrible forma, en medio de tan esperpéntica ceremonia y consumido por el fuego.
 
Los de las antorchas acercaron la llama a la estatua de mimbre…

Pascual cerró los ojos, sabiéndose perdido. Pero no olió humo ni sintió calor, y no oía el crepitar de las llamas.

Oía, empero, gritos de pánico y a Monedero dando órdenes. Y, lo que era más esperanzador, el ruido de un motor. 

Abrió los ojos justo cuando un gran todoterreno irrumpía en el círculo, rompiendo la formación y dispersando a los vecinos. Llegó hasta la misma estatua de mimbre y de él bajó un hombre corpulento que, sin dudar ni un solo segundo, manejó un hacha con la que cortó la madera y ayudó al funcionario a introducirse en el vehículo.

Entretanto Monedero y los vecinos se habían reagrupado. Empezaron a lanzar piedras contra el todoterreno y varios otros corrieron hacia él agitando hachas y garrotes sobre sus cabezas.
 
El salvador de Pascual dio marcha atrás a toda velocidad alejándose de los atacantes y, una vez hubo puesto distancia, giró el vehículo y siguió la escapada campo a través.   

--Les hemos dejado atrás –informó Pascual, suspirando de alivio. Su salvador le ayudó a cortar sus ataduras con una navaja--. ¡Un momento! ¡Usted es…!

Bertín Osborne le dedicó una franca y amigable sonrisa.

--Así es, que no le resulte extraño verme aquí, amigo –dijo el bonachón cantante y presentador--. Tengo asuntos pendientes con este pueblo.

--¿De qué se trata? 

--Hace dos años realicé una inversión. Compré unas tierras y quería montar una bodega. Cuando por fin empezaba a ganar dinero, ese canalla de Monedero me expropió. Hoy la bodega sólo produce pérdidas, nadie se ocupa de ella en serio. 

--Comprendo. Después de la experiencia que acabo de vivir, no diré que quiera regresar, pero hay que hacer algo para detener a esa banda de tarados.

--Por supuesto, y no voy a cejar en el empeño de…

La luna trasera reventó en ese instante, esparciendo fragmentos por todo el interior. 

--Nos atacan –dijo Bertín con sangre fría, y pisó el acelerador.

Pascual se asomó por la ventanilla. Bertín tenía a razón. Les seguía una muy veloz camioneta morada con el techo abierto, pinchos en las ruedas y parachoques reforzado. Transportaba a un nutrido grupo de vecinos enmascarados y a Monedero, quien iba armado con un trabuco.

El alcalde volvió a disparar y uno de los retrovisores del todoterreno de Bertín desapareció.

--¡Ese cacharro es muy rápido! –exclamó Pascual.

--Ya lo veo –dijo Bertín, maniobrando para no ofrecer un blanco fácil a Monedero--. No sé si podremos dejarlos atrás…

--¿Quién ha dicho que debamos dejarlos atrás? –dijo Pascual, envalentonado. Había recordado quién era él y que debía ocuparse de Pablogrado. No se iba a dejar vencer tan fácilmente.

Bertín le miró con sorpresa y, a renglón seguido, con complicidad.

--Me parece estupendo. ¡Vamos a echarle casta entonces!

Frenó a la vez que giraba bruscamente el volante, colocándose frente a la camioneta morada, que tuvo que desviarse para no colisionar. 

--¡Parad, idiotas! –ordenó Monedero, esgrimiendo el trabuco--. ¡Ese todoterreno será su tumba! ¡Id a por ellos!

No sin antes votar para decidir quién debía ir primero, el grupo de vecinos, pertrechado con garrotes, horcas y palos, rodeó cautelosamente el todoterreno. Monedero se había quedado atrás y daba instrucciones.

--Tienen que estar dentro, no han podido ir a ningún lado. Obligadles a salir y yo mismo les pegaré un tiro. 

Pero no llegaron a tocar la portezuela. El todoterreno explotó y la onda expansiva hizo volar por los aires a los vecinos. Monedero, más resguardado, evitó la peor parte, aunque perdió el trabuco en la confusión.

--Que Chávez me ampare… --murmuró cuando fue capaz de hablar.

Todos los pueblerinos estaban malheridos o inconscientes. Para rematar el estado de absoluto estupor del alcalde, de una loma cercana salieron Pascual y Bertín. Debían de haber abandonado el todoterreno justo al cruzarse con la camioneta, protegidos por la oscuridad de la noche.

--Fue una buena idea instalar un dispositivo de autodestrucción –dijo ufanamente Bertín--. Prefiero mi coche hecho trizas antes que en las sucias manos de estos palurdos. 

Monedero pateó el suelo. 

--Esto no acaba aquí. Pronto el resto del pueblo vendrá en mi ayuda y el sacrificio al mesías será doble.   

--Señor alcalde, está usted en minoría –se burló Pascual, avanzando hacia Monedero--. Será llevado a Madrid, donde responderá de sus crímenes. Y, cómo no, haremos una parada en el programa de televisión que presenta Esperanza Aguirre. 

--¡No, ni hablar! –chilló Monedero, presa del mayor espanto--. ¡No quiero juntarme con esa mujer! ¡Ya se burló lo suficiente de mí cuando fui sin poder al acto de conciliación de la querella que presentamos contra ella! ¡Aléjate, fascista, perro lanoso! –Y apareció en su mano un afilado puñal sacado de su traje de lagartera.

Pero el funcionario no se arredró y propinó un potente derechazo a Monedero, que cayó al suelo. No hizo falta hacer más, pues el acalde, noqueado, no dio más problemas.   

 Poco después emprendieron el camino de vuelta a Madrid en la camioneta morada, transportando como prisionero al todavía inconsciente Monedero.

Ya en la capital Bertín manifestó que no quería verse mezclado en aquel asunto cuando saliera a la luz, por lo que decidieron separarse en ese momento. Pascual agradeció a su inesperado benefactor todo lo que había hecho por él, así como por los superiores intereses del Estado. Después, arrancó la camioneta y siguió su rumbo.

Bertín Osborne no volvió a saber de su amigo hasta una semana más tarde, cuando vio su foto en el periódico que leía por las mañanas. “Sigue en busca y captura el funcionario asesino”, rezaba el titular. Y especificaba lo que sigue: “El asesino, que asfixia a sus víctimas con un alambre para luego despedazarlas con una sierra y sumergirlas en lejía, está trastornado y sigue creyendo que trabaja para el Ministerio de Hacienda, actuando como si cumpliera órdenes de sus superiores”. 

Preparado para disfrutar de aquel luminoso día de noviembre, Bertín dejó a un lado el periódico, se recostó en su butaca y pensó que, al fin y a la postre, Monedero no iba a aparecer en el programa de Esperanza Aguirre. 

Creo que nada puede ser más terrorífico que la actualidad española, pero igualmente espero que este modesto relato sirva para amenizar vuestra noche de Halloween.

domingo, octubre 26, 2014

EL RUGIDO DEL MACHO ALFA

Dice Pablo Iglesias que él no es un macho alfa. Sin embargo, se comporta como tal cuando prohíbe a su embelesado público que aplauda, cambia las reglas de la asamblea de Podemos sobre la marcha o afirma que el perdedor deberá hacerse a un lado. Cada día son más evidentes su arrogancia (en las entrevistas ya habla en tercera persona de sí mismo) y sus maneras mesiánicas. 

En lo que se refiere a su partido, nunca ha existido la posibilidad de que triunfaran otras propuestas que no sean las de su equipo. La alternativa de Echenique es tan estúpida que me hace pensar que no es más que una farsa para mostrar al exterior cierto debate interno. Si así fuera, habría que admirar el maquiavelismo de Iglesias, pues elige adversarios absolutamente inferiores --un impedido y dos mujeres que no valen ni como florero-- que no pueden hacerle sombra.

Y si la propuesta de Echenique es real, igualmente es imposible que gane. Pablo Iglesias es una celebridad televisiva: su presencia en los medios es constante. En La Sexta y Cuatro la novedad no debería ser que van a entrevistarle, sino cuándo no van a hacerlo. A modo de ejemplo, cito la ocasión en la que el principal programa de telebasura de La Sexta le dedicó dos horas entre reportaje panegírico y entrevista. Soy incapaz de encontrar precedentes de tamaña cobertura a un político.

Así pues, y siguiendo las tesis de Iglesias sobre la libertad de expresión formal y material, ¿ha habido igualdad de condiciones para Echenique? En modo alguno. Echenique es un personaje marginal, apenas una mascota del partido. Iglesias, en cambio, habla en televisión todos los días, en formatos que le favorecen y con moderadores amigos. La mayor parte de acólitos de Podemos identifica al partido con su imagen. 

Mas Iglesias no quiere conformarse con ser el macho alfa de su chiringuito incomprensible y caótico. Quiere gobernar y, en palabras de Monedero, “recuperar el deseo de felicidad que como pueblo y como personas nos merecemos”. No abundaré en lo inviable de su programa y en las nefastas consecuencias que acarrearía su aplicación. Realmente, a él no le importaría ser un agente destructivo. “No he venido a traer paz, sino espada”, aseguró Jesucristo. Su meta es una España empobrecida y arruinada, fragmentada, fuera de la UE y de la OTAN, aislada, contaminada de política y pendiente sólo de sus apariciones televisivas y sublime verborrea.

La España de Pablo Iglesias se asemejaría al manicomio de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975). Su papel sería el de enfermera Ratched, con los pasmados españoles formando un círculo a su alrededor y haciendo caso a sus majaderías, paparruchas y obsesiones ideológicas. O césar o nada. Un Pablo Iglesias todopoderoso, dueño y señor, como la fría Ratched, de las llaves, la medicación, la música, la televisión… Nada escaparía a su control y los individuos que destacaran, que trataran de diferenciarse de la masa o sacudirse el dogal del colectivo, serían penalizados, satanizados y hundidos. 

Ahora el macho alfa aporrea su pecho, se siente fuerte y temido. Pretende tomar el cielo por asalto. Pero es vulnerable. La gente normal empieza a hacerse preguntas cuando descubre al supuesto salvador de España –o de este país, para ser exactos— cantando La Internacional bajo los efectos de una tremenda curda. 

Veremos si cuando las cañas se tornen en lanzas es tan fácil y agradable ser el macho alfa para quien, hasta hoy, ha sido poco más que un señorito vividor.

domingo, octubre 19, 2014

¿NO SE PROTEGE AL TRABAJADOR?

A los empresarios les persigue la mala fama en España. Por eso, para disimular, se les llama ahora emprendedores. Y es que los enemigos del capitalismo y la libertad de empresa continúan asegurando que los empresarios son explotadores, egoístas sin escrúpulos que arrebatan la plusvalía al desvalido trabajador o le someten a una precariedad insoportable. Con la banda de Pablo Iglesias poblando día sí y día también las televisiones, España vive un dramático retorno a los setenta: vientos de ruptura revolucionaria y proliferación de análisis típicos del marxismo cañí.  

En rigor, es difícil sostener que en España se practica un capitalismo salvaje en el que el empresario puede, literalmente, abusar del trabajador. Las relaciones laborales están sujetas a una normativa muy exigente. Así, el Derecho del Trabajo cumple una finalidad tuitiva, esto es, encaminada a equilibrar las posiciones jurídicas de las dos partes de un contrato de trabajo. A veces, escuchando a ciertos sabihondos ideologizados hasta la médula, da la impresión de que en España existe el despido libre, no hay normas sobre prevención de riesgos laborales, no están garantizadas las vacaciones retribuidas, los sindicatos carecen de poder, los convenios colectivos son una broma...

El Estado no adopta una postura abstencionista ante las relaciones laborales. El Estado regula, vigila e interviene. Obviamente, tendrá más o menos éxito, y en no pocas ocasiones la intervención será más perjudicial que la inhibición. Mi intención no es entrar en ese debate, sino exponer las patrañas y bobadas de los iluminados que pretenden hacer creer a los ciudadanos que viven en una especie de jungla de la que sólo ellos les pueden sacar.

Una de las manifestaciones más sobresalientes del antedicho intervencionismo es la Inspección de Trabajo y Seguridad Social. De larga tradición en España, pues aparece en 1906, integrada en el Instituto de Reformas Sociales, su regulación se contiene hoy en la Ley 42/1997, de 14 de noviembre, Ordenadora de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social.

De acuerdo con el artículo 1.2, la Inspección de Trabajo y Seguridad Social “es un servicio público al que corresponde ejercer la vigilancia del cumplimiento de las normas de orden social y exigir las responsabilidades pertinentes, así como el asesoramiento y, en su caso, arbitraje, mediación y conciliación en dichas materias”.

España no ha sido un país atrasado en todo o de instituciones inexorablemente fallidas. La Inspección de Trabajo, ya se ha dicho, opera desde 1906, y ya anteriormente se habían aprobado normas que protegían a los trabajadores. Y siempre tratando de no interferir demasiado en la empresa, como se desprende del primer Reglamento para el Servicio de la Inspección de Trabajo, que disponía que en el ejercicio de sus funciones los inspectores “observarán la mayor cortesía con los patrones, industriales, etc., recordándoles cuando sea necesario los deberes que les imponen las leyes y reglamentos tutelares del obrero, apoyando sus razones con los textos de dichas leyes” (art. 19). O sea, persuasión antes que nada. 

En la misma línea, el artículo 21 se encargaba de expresar una sabia advertencia: “La misión de los inspectores debe tener un carácter preventivo, tanto como represivo. La legislación se dirige a proteger al obrero, pero sin causar vejaciones a la industria […]”.

La Inspección de Trabajo sigue gozando de buena salud, la Administración laboral es una realidad y España es un país que cuenta con un marco jurídico adecuado (desde la óptica de los derechos de los trabajadores) para las relaciones laborales.

domingo, octubre 12, 2014

MÁS CULTURA DE DEFENSA, ANTES DE QUE SEA TARDE

Hoy, Día de la Hispanidad, la gente aplaude a los militares y agita banderas a su paso. Las Fuerzas Armadas son la institución mejor valorada por los españoles. ¿Pero es consecuente la ciudadanía? Una encuesta del CIS publicada en septiembre arrojaba datos tan preocupantes como que más de un 60% de los encuestados no muestra gran disposición a participar en la defensa del país o que un 31% opina que el presupuesto anual para defensa es excesivo, en tanto que un escaso 15% cree que el Gobierno debiera destinar más fondos. 

Son opiniones que concuerdan con las repetidas denuncias que el analista Félix Arteaga, del Real Instituto Elcano, ha realizado sobre el adormecimiento de las sociedades occidentales, que dan por sentada su seguridad y son proclives a menospreciar el instrumento militar como garante de sus libertades y estilo de vida. Una actitud más que palmaria en España.

Ya en enero de este año expresé con claridad que un Estado necesita un ejército operativo que garantice su soberanía. En cambio, la irresponsabilidad, cobardía o falta de visión a largo plazo de los líderes políticos han ido soslayando esta determinante exigencia. 

El flamante líder del PSOE, Pedro Sánchez, hasta se permite señalar en una frívola entrevista que el Ministerio de Defensa “sobra”. Las posteriores matizaciones del partido, explicando que Sánchez quería decir que hay que reducir el gasto en defensa, no tranquilizan demasiado, pues el Ministerio de Defensa ha visto sistemáticamente minorado su presupuesto desde 2008. España es uno de los países de la OTAN con menor porcentaje de gasto militar en relación con el PIB. 

Esta situación, sin embargo, no alarma a la sociedad, según se infiere de la encuesta citada. No me extraña en absoluto. La española es una sociedad idiotizada e infantilizada. Lloriqueos colectivos como el convocado en torno al perro de la auxiliar contagiada de ébola ponen de relieve la debilidad y el reblandecimiento mental de mucha gente. El cóctel lo completan, cómo no, las recetas de Podemos para democratizar las Fuerzas Armadas. Una vez aplicadas, nuestra milicia se asemejaría a una desorganizada asamblea universitaria más que a un ejército normal.

El gasto militar no obedece a un capricho o a una idea nacionalista. Es, pura y simplemente, cuestión de supervivencia y posición internacional. Hay amenazas tangibles y directas, como la del Estado Islámico, que requieren ser combatidas con la fuerza de las armas. Es nuestro cuello el que está en juego. Y, por añadidura, para poder exigir ayuda España ha de ser solidaria con sus aliados. 

Creo que es urgente que la sociedad incremente su cultura de defensa. Es una tarea que corresponde al Gobierno y que pasa por concienciar a la población de los riesgos y los enemigos de Occidente, así como de lo perentorio de gastar más (y mejor) en las Fuerzas Armadas, sin olvidar el Centro Nacional de Inteligencia (también bajo mínimos). Si vis pacem, para bellum.

domingo, octubre 05, 2014

LAS TORTUGAS NINJA NUNCA MUEREN: SU PRIMERA PELÍCULA

En agosto se ha estrenado una nueva película –producida por Michael Bay-- de las tortugas ninja. Estos personajes están demostrando ser tan longevos como sus parientes reales, pues desde su nacimiento en 1984 han conocido el éxito en los cómics, las series de televisión (además de la original de 1987, están las versiones de 2003 y 2012) y la gran pantalla.

Ya se sabe que Las tortugas ninja fue una de mis series predilectas cuando era pequeño y el primer fenómeno masivo del que tuve constancia. Muchos años después, Leonardo, Raphael, Donatello y Michelangelo siguen deleitándome, por lo que saludo las nuevas series, películas y juguetes, a pesar de que suelen carecer del encanto de los productos originales. Su popularidad no decae.

Supongo que aprovechando el retorno de las tortugas al cine, ayer el canal Syfy emitió Teenage Mutant Ninja Turtles (1990), una obra maestra dentro de su género y atendiendo a los objetivos de una producción en verdad modesta. Por aquel entonces, sin ordenadores de por medio, se antojaba atrevido realizar una adaptación así. Sin embargo, se hizo y fue un éxito colosal. 

Tal vez me confunde la nostalgia, pero considero que las tortugas –trajes y marionetas-- son insuperables. Como niño, mi suspensión de la incredulidad era total, cosa que no siempre me ocurrió cuando empezaron a utilizarse imágenes generadas por ordenador para todo. No deben menospreciarse las viejas artes.

Todo funciona a la perfección en esta película, un producto de su época que cumple encantado con lo que se puede esperar de él. Las tortugas son simpáticas y un tanto gamberras; Splinter es un perfecto maestro y padre; April O’Neil tiene carácter; Casey Jones actúa como un canalla entrañable; y Shredder (también conocido como Triturador en la versión española) es un formidable enemigo. Hay muchas escenas de pelea en la que las tortugas se desenvuelven sin problemas y en las que, lejos de la agitación de hoy en día, se pueden seguir los movimientos fácilmente. La música es apropiada, existen varias referencias a filmes con asiento en la mitología popular y no falta un escenario adecuado, sugerente, esa Nueva York nocturna y peligrosa que sufre los crímenes del Clan del Pie.

El guión es más fiel a los cómics que a la serie, de la que, con todo, se toman algunos elementos estéticos. Aunque hay comedia, el tono es a veces oscuro, no se escatiman ni violencia ni palabras gruesas (destacando, por supuesto, el mítico “¡De puta madre!” que cerraba la película en la versión española, en contraste con el “Cowabunga!” original) y hasta se asiste a la evolución de un niño que está bajo el influjo del imperio del crimen del Clan del Pie. El final de Shredder es, asimismo, de antología. 

Estrenada en 1990, conserva fresco el espíritu lúdico, desinhibido e imaginativo característico de los ochenta y jamás aburre o satura. La siguieron dos secuelas, Teenage Mutant Ninja Turtles II: Secret of the Ooze (1991) y Teenage Mutant Ninja Turtles III (1993). La segunda tiene el honor de ser la primera película que vi en el cine y la tercera fue objeto de una despiadada crítica por parte del Angry Video Game Nerd.

¡Brindo por las tortugas ninja! Representan gran parte del lado bueno de la vida.