Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







sábado, octubre 31, 2015

LA MANSIÓN DE CARMENA REZUMÓ SANGRE



Lo primero que pensó Albert Rivera al ver la invitación —enviada en un sobre rosa y perfumado— fue que no le apetecía nada ir. Pero de inmediato se sobrepuso a la pereza, pues, a fin de cuentas, Manuela Carmena era una abuelita entrañable y mantener una reunión informal con ella ningún mal le podía hacer. Ése fue su primer error.
 
Rivera, flamante vicepresidente del Gobierno después de pactar con Rajoy tras las elecciones generales, tenía un alto concepto de la lealtad institucional y pensó que tal vez Carmena quisiera hablar con él de las dificultades financieras que atravesaba el Ayuntamiento, lo que podía llegar a provocar una intervención del Ministerio de Hacienda, cosa habitual en los municipios gobernados por Podemos. 
 
La noche señalada se presentó junto con su fiel Sandalio, ayudante y escolta personal, en la mansión de Carmena, que era la última a la izquierda de una larga hilera de casas señoriales un tanto destartaladas. Como muestra de austeridad, habían cogido un taxi  que Rivera pagó de su propio bolsillo.
 
Una fina capa de niebla rodeaba la enorme mansión, de fachada negra y con amplios ventanales protegidos con barrotes.
 
—No parece un lugar muy acogedor —observó Sandalio, suspicaz—. ¿Seguro que ha sido una buena idea aceptar esta invitación? No sé por qué Carmena no nos cita en el Ayuntamiento. 
 
—Mi buen Sandalio —dijo Rivera—, lo más probable es que quiera tratar con discreción el incumplimiento de los límites de déficit y deuda por parte del Ayuntamiento o simplemente estrechar lazos. Mira, por el cargo ocupo tengo que estar disponible para este tipo de encuentros, aunque resulten incómodos. 
 
El nuevo Gobierno estaba llevando a cabo un intenso programa reformista, fruto de las exigentes condiciones que Rivera había puesto para aceptar el pacto con el Partido Popular. Pero también quería tender puentes con otras formaciones políticas y no caer en la arrogancia o aislarse en exceso.
 
Sandalio meneó la cabeza. Era un joven apuesto y en buena forma, y poseía una notable agudeza mental. 
 
—Ya sabe mi opinión, señor. Uno no se puede fiar de nadie en los tiempos que corren, menos aún de los populistas. 
 
—Yo me fío de ti —aseguró Rivera, apoyando una mano en el hombro de su ayudante—. Y sé que cuidarás de mí sea cual sea el cariz que tome esta reunión. 
 
Ciertamente, el líder de Ciudadanos tenía plena confianza en Sandalio, quien se había formado en una universidad belga para después protagonizar un fulgurante ascenso en la carrera docente en España antes de ser víctima de una injusticia por motivos políticos. En vez de esconderse, había decidido entrar en política como asesor de Ciudadanos para cambiar las cosas desde dentro. Y pronto pasó a ser alguien indispensable para Rivera, al que había prestado valiosos servicios durante la campaña electoral. 
 
Sandalio querría haber añadido que ni siquiera él podría evitar todas las trampas de los populistas si su señor se empeñaba en ser tan ingenuo, pero prefirió callar. Rivera era un hombre afable pero con carácter, por lo que convenía reservar los comentarios hirientes para momentos clave. 
 
Las puertas de la mansión se abrieron en ese momento y apareció ante ellos un individuo barbado, de espalda corcovada y con una mirada esquiva y aviesa.
 
—Bienvenidos —dijo el concejal Zapata, realizando una afectada reverencia—. Síganme, por favor.
Así lo hicieron Rivera y Sandalio, adentrándose en la mansión. 
 
—Aquí hace falta una buena mano de pintura —musitó Sandalio, y su jefe le hizo un gesto para pedirle silencio.
 
Pero lo cierto es que todo daba impresión de dejadez y falta de cuidado; aquella mansión parecía más un refugio de okupas que un domicilio respetable. Cruzaron algunas habitaciones desprovistas de mobiliario en las que había jóvenes dedicados a pintar de colores carteles reivindicativos o moldear con arcilla bustos de Marx y Lenin.
 
—¿Quiénes son? —quiso saber Rivera.
 
—Universitarios que hacen un voluntariado social —respondió Zapata sin dejar de caminar—.  La nueva alcaldesa ha despertado el compromiso de la juventud con una ciudad más justa y solidaria.
 
—Ya veo —se limitó a comentar Rivera, más bien escéptico.
 
En vez de recibirles en un salón o despacho, Carmena les esperaba en la cocina. La disparatada anciana vestía chaqueta cruzada y falda del tubo grises, como si fuese una funcionaria de Correos de los años cuarenta, y llevaba el pelo teñido más alborotado que nunca. En cuanto les vio entrar les dedicó una sonrisa torcida, mostrando su amarillenta dentadura postiza.
 
Ni siquiera el mal estado de la mansión había preparado a sus invitados para presenciar la suciedad que reinaba en aquella cocina. Los platos estaban apilados de cualquiera manera en el fregadero, las cubiertas tenían adherida una película de grasa, en el suelo no había una baldosa libre de migas y otros restos de comida… Todo era tan repulsivo que casi daba aprensión tocar un mueble o cubierto. Sandalio vio por el rabillo del ojo cómo una cucaracha se escabullía a su paso y tuvo que reprimir una arcada.
 
Con todo, Carmena parecía ajena a la increíble mugre de su cocina y seguía sonriendo.
 
—Os quiero mucho —dijo a modo de saludo, y se acercó a ellos para darles un abrazo.
 
—Gracias, señora alcaldesa —dijo Rivera, azorado. Y, tras un silencio, añadió—: ¿Puedo saber cuál es el motivo de esta reunión? Supongo que se trata de las cuentas del Ayuntamiento…
 
—Oh, no nos pongamos tan serios todavía —le interrumpió Carmena, todavía sonriente—. En la ciudad del abrazo nos gusta hacer las cosas con más calma y más afecto. —Tomó con sus arrugadas zarpas las manos de Rivera—. Por favor, prueba una de mis magdalenas. Las acabo de hornear y están deliciosas. 
 
Zapata ya les estaba ofreciendo una bandeja repleta de unas magdalenas de apariencia apetitosa, a pesar de que la falta de higiene de la cocina no invitaba a comer nada cocinado en ella. Rivera, siempre diplomático, cogió una. En cambio, Sandalio vaciló unos segundos. 
 
—Oh, no te cortes, también hay para ti —le animó Carmena.
 
—Es que no tengo mucha hambre —trató de justificarse Sandalio.
 
Rivera, cometiendo su segundo error, le lanzó una mirada cargada de reproche que le hizo cambiar de opinión. Los dos probaron entonces sus respectivas magdalenas y al instante se sintieron mareados, la cabeza les dio vueltas y, finalmente, cayeron desplomados. Lo último que vio Sandalio fue la fea sonrisa de Carmena. 
 
Notaba un fuerte olor a tierra. Sandalio, aturdido, abrió los ojos. Si bien sus sentidos seguían embotados a causa del narcótico que debía de contener la magdalena, vio que estaba esposado y tumbado en medio de un hoyo.
 
En lo alto vislumbró una figura deforme medio iluminada por un candil depositado en el suelo. 
 
—Ah, ya te has despertado —dijo Zapata. Sujetaba una pala entre sus manos—. Es una lástima, ahora sufrirás más.
 
Sandalio intentó gritar, pero se dio cuenta de que le habían metido un trapo en la boca que se lo impedía.
 
—Es inútil —siguió Zapata, divertido—. Lo mejor es que te rindas y aceptes tu destino. ¿Que cuál es ese destino? Serás un excelente abono para el huerto ecológico de Manuela. —En su muñeca derecha brillaba ahora un reloj de oro que había pertenecido al difunto padre de Sandalio—. ¿Qué estás mirando? ¿El reloj? Muchas gracias por este regalo, je, je. Ya sabes, omnia sunt communia.
 
Acto seguido, comenzó a echar paladas de tierra sobre Sandalio hasta que rellenó por completo el hoyo. 
 
—Para que luego digan que los de Podemos somos unos pijos que jamás nos hemos manchado las manos. ¡Cuántas cosas estoy aprendiendo a hacer gracias a la política! 
 
Mientras su ayudante era enterrado vivo, Rivera había despertado con una molesta jaqueca e inmovilizado por correas en una camilla de hospital. Podía ver su torso desnudo cubierto de ventosas y cables. Además, su cabeza estaba sujeta mediante una complicada estructura de hierros. 
 
Todo apuntaba a que se hallaba en una especie de quirófano, aunque semejante una amplia mazmorra con techos altos y gruesas paredes de piedra. Si así era, ¿de qué le iban a operar? ¿Acaso su visita a la mansión de Carmena había sido una pesadilla provocada por las angustias previas a la intervención?
 
Escuchó cómo se abría una puerta situada fuera de su campo de visión. Después, unos pasos. Varias personas que no dejaban de cuchichear se aproximaban. 
 
Alberto Rivera, el títere del Ibex 35 —dijo una voz que le era bien conocida.
 
—¡Pablo Iglesias! —exclamó Rivera.
 
Al lado de la camilla había aparecido el líder de Podemos, con su sempiterna barba rasurada,  su espesa coleta y los ojos achinados. De pie en aquella siniestra mazmorra, envuelto en una túnica blanca, parecía un Fu-Manchú posmoderno. Le acompañaban Carmena y un anciano de cabellos blancos ataviado con ropa quirúrgica. 
 
Rivera trató de soltarse, pero las ataduras eran demasiado fuertes. Sentía una gran debilidad. Probablemente el narcótico aún hacía efecto. 
 
—¿Qué me habéis hecho? ¿Dónde está mi ayudante?
 
—Digamos que está visitando mi huerto ecológico —contestó Carmena, cuya sonrisa era ya netamente malévola—. Una visita muy profunda.
 
—Exijo que me soltéis de inmediato. ¡Soy el vicepresidente del Gobierno! 
 
—Pronto dejarás de serlo —dijo Iglesias secamente—. Te presento al doctor Franz Westermann. —El anciano doctor inclinó levemente la cabeza—. Aunque la casta científica no le tiene mucho aprecio, ha desarrollado un procedimiento que permite el intercambio de cerebros con plenas garantías de éxito. Vamos a someternos a una operación, Alberto. Mi cerebro acabará en tu cuerpo y tu cerebro en mi cuerpo. ¡Qué bonito intercambio! 
 
—¿Has perdido el juicio? —Rivera estaba tan confundido como asustado—. ¿Qué pretendes con eso?
 
Pablo Iglesias frunció el cejo y habló con gravedad:
 
—Tú no sabes lo que es vivir con un rencor permanente, que es lo que nos pasa a los que pertenecemos a la extrema izquierda. Nos pasamos la vida militando, haciendo pintadas y asistiendo a estúpidas asambleas… Todo estéril. Tenemos ilusión, pero la realidad siempre la estropea. Y eso es muy jodido.  Con Podemos creí que seríamos capaces de ganar aprovechando el cabreo monumental de la gente y dejar atrás toda esa frustración. Pero entonces llegaste tú y tu partido apoyado por el Ibex y arruinaste mis planes. —Hizo una mueca de asco—. No me conformo con quedar cuarto, no quiero ser una nueva Izquierda Unida. Por tanto, voy a reemplazarte, Alberto, aunque para el resto del mundo seguirás siendo el mismo. Mi comportamiento y mi discurso van a ser tan lamentables que nadie querrá volver a votar a tu partido en un milenio. De esta forma, las esperanzas de cambio volverán a estar puestas en Podemos. Y entonces recuperaré mi cuerpo para tomar por fin el cielo.
 
—¿Qué impedirá que destruya tu cuerpo? —opuso Rivera, intentando ganar tiempo. No sabía si el trasplante de cerebros era posible y no tenía ningún interés en convertirse en la cobaya del doctor Westermann.
 
—Tu instinto de supervivencia, porque en ese caso morirías. Tienes por delante cuatro años de encierro. Te pondremos una máscara de hierro para que nadie se haga preguntas y te alimentarás de las nutritivas sopas de Manuela mediante una pajita. ¡No más charla! Doctor, comience la operación —ordenó el de la coleta, y fue a tenderse en su propia camilla. 
 
A dos metros bajo tierra, a Sandalio le faltaba el aire. Atado como estaba y debilitado por el narcótico poco podía hacer, aparte de maldecir su suerte. Se ahogaba y pronto perdería el conocimiento. 
 
Pero cuando creía todo perdido sintió que la tierra que le cubría era removida, que el peso se aliviaba y el aire volvía a llegar a sus pulmones; y al fin pudo ver a su salvador.
 
No dio crédito a sus ojos cuando le reconoció.
 
En la tétrica mazmorra, el doctor Westermann estaba realizando los últimos ajustes en sus aparatos y válvulas bajo la atenta supervisión de Carmena.
 
—Está todo previsto —aseveró Iglesias desde su camilla—. Fármacos para evitar el rechazo, un período mínimo de recuperación... Incluso la cicatriz va a ser muy leve. Diré que las vendas se deben a un accidente en un prostíbulo. Los de El País se van a cebar contigo, ja, ja, ja. ¿No ganaste una liga de debate defendiendo la legalización de la prostitución?
 
Rivera no respondió. Toda su atención se concentraba en el instrumental del cirujano, que incluía una sierra circular que no le inspiraba ninguna confianza. Ni siquiera se habían tomado la molestia de anestesiarle.
 
Iglesias soltó una risotada. La euforia que le producía tener a su mayor enemigo en esa situación había suprimido cualquier tipo de nerviosismo por la operación. 
 
—Dese prisa, doctor. ¡El mundo pronto conocerá al nuevo Rivera! 
 
De vuelta en la mansión, Sandalio atravesaba habitaciones y pasillos guiado por la persona que le había ayudado. Al principio había sospechado de Jordi Évole, pero sus explicaciones le parecían convincentes. 
 
—Pablo Iglesias me reveló sus planes y, aunque soy de izquierdas, tuve que rebelarme —había dicho el desaliñado presentador—. ¿Sabes cuánto gano por cada programa? Iglesias habla de limitar salarios y gravar más la riqueza. Tengo convicciones, pero también bolsillo. No voy a dejar que se salga con la suya.
 
Évole sabía dónde retenían a Rivera, ya que había estado allí anteriormente. Sandalio esperaba llegar a tiempo para impedir que se consumara el aberrante plan de Iglesias. 
 
—Estas escaleras llevan al sótano —le informó Évole, señalando una escalinata de piedra que se perdía en las profundidades de la tierra.
 
—¡Alto ahí!
 
Sandalio se giró y se topó con Zapata, esta vez armado con un garrote de grandes proporciones. 
 
—¡Tú! —exclamó Zapata, sorprendido de ver a Sandalio con vida—. ¿Qué significa esto, Jordi?
 
—Es conmigo con quien tienes una cuenta pendiente, cretino —le provocó Sandalio.
 
Gritando de rabia, el concejal lanzó un garrotazo que Sandalio esquivó con facilidad. Atacó más veces, sin alcanzar al ágil joven. 
 
—Esta técnica me la enseñaron en el antiguo Congo belga —dijo Sandalio, echando su mano derecha hacia atrás y curvando los dedos—. ¡La garra del león!
 
Zapata se abalanzó sobre Sandalio, que se apartó rápidamente y proyectó la mano contra el pecho del concejal, atravesando piel y hueso hasta que agarró su corazón. 
 
—Gracias por el regalo. Omnia sunt communia, ¿no? —Y tiró del corazón, arrancándoselo de cuajo.
 
Zapata cayó al suelo como un saco de patatas. Sandalio dejó caer el corazón aún palpitante al lado del cadáver de su dueño y se agachó para recuperar su reloj.
 
—La próxima vez avisa para que no mire —dijo Évole, pálido y a punto de vomitar. 
 
—Ya no estamos en el parvulario, amigo. Y ahora vamos a por Iglesias. 
 
El bisturí iba a practicar la primera incisión en el cráneo de Rivera cuando las luces se apagaron.
 
—¿Qué pasa? —dijo Iglesias.
 
—¡No puede ser! —rezongó Carmena.
 
Hubo una sucesión de ruidos y golpes. El doctor Westermann emitió un quejido de dolor. Alarmado, el de la coleta apartó a tientas los hierros de su cabeza y se levantó.
 
—¡Manuela, enciende el generador de emergencia!
 
La alcaldesa tanteó un panel de control instalado en la pared hasta que dio con el botón. La luz regresó. 
 
—¡Por el amor de Gramsci! —clamó Iglesias.
 
El doctor Westermann yacía inconsciente en el suelo y Rivera ya no estaba atado en su camilla, sino en pie y flanqueado por un musculoso joven y Jordi Évole. La avinagrada faz de Iglesias se enrojeció por la ira. 
 
—No me podéis ganar, soy doctor y vosotros unos simples licenciados —declaró con arrogancia—. Tú debes de ser Sandalio, ¿no? Un privilegiado, sin duda, un hijo de la casta. Seguro que fuiste al Colegio El Pilar… Quizá ponga tu cerebro en algún cuerpo enfermo o inválido. En el de Monedero, por ejemplo, ja, ja. En cuanto a ti, Jordi, no me esperaba esta felonía por tu parte. Lo pagarás caro. Yo mismo te abriré la cabeza con un piolet. 
 
—Tenemos que pararles —afirmó Rivera—. Quieren poner el cerebro de Iglesias en mi cuerpo para crear problemas en el Gobierno y desacreditar a Ciudadanos.
 
Un rastrillo de hierro cerró de repente la entrada a la mazmorra. Carmena apretó más botones del cuadro de mandos.
 
—Ya he avisado a nuestros acólitos, amo.
 
—Esta mazmorra será vuestra tumba —dijo el de la coleta, mientras caminaba hacia una panoplia que colgaba de la pared. Tomó una de las espadas y lanzó la otra a Rivera, que la cogió al vuelo—. Alberto, vamos a resolver nuestras diferencias a la manera de Juego de tronos.
 
Y corrió hacia Rivera con la espada en alto. Sandalio se interpuso, pero Carmena, con una rapidez extraordinaria para su edad, saltó sobre él y le intentó morder. En algún momento la alcaldesa había sustituido su dentadura normal por una de acero.
 
Iglesias y Rivera entrechocaron sus espadas. El líder de Podemos era un sujeto esmirriado, poco acostumbrado a luchar. No obstante, las fuerzas de Rivera habían menguado por culpa del narcótico, así que se vio acorralado en una esquina y presionado por Iglesias. 
 
Viendo a su señor en apuros, Sandalio se desembarazó de Carmena con un empujón que la envió a las camillas, yendo a caer la alcaldesa cerca de donde Évole, acobardado, se había refugiado.
 
—Oh, no, por favor —suplicó el presentador cuando la desagradable mujer reptó hacia él—, no, yo sólo soy un periodista, además muy simpático… 
 
Carmena clavó sus dientes de acero en el cuello de su víctima, del que brotó un chorro de sangre. Évole intentó tapar la herida, pero hubo más mordiscos y pronto se rindió. 
 
Por su parte, Sandalio estaba a punto de golpear a Iglesias.
 
—No —le pidió Rivera con voz firme y renovada energía—, esto debo hacerlo por mi cuenta. —Y se zafó de Iglesias, al que atrajo hacia el centro de la mazmorra—. ¡Jamás permitiré que el nieto de Ceaușescu salga victorioso!
 
A pesar de su ventaja inicial, Iglesias empezaba a acusar el cansancio, en tanto que Rivera, que había permanecido a la defensiva, estaba preparado para pasar al ataque. El de la coleta retrocedió, parando a duras penas los potentes tajos de su oponente.  
 
—¡Manuela, ven a ayudarme! —gritó, desesperado. 
 
La aludida, con la boca llena de sangre, corrió a cuatro patas en auxilio de su amo. Sandalio tuvo que reaccionar con presteza. Recogió uno de los bisturís esparcidos por el suelo y, sin dudar un segundo, lo arrojó. El bisturí penetró limpiamente en la frente de Carmena, que murió en el acto. 
 
Iglesias ya había caído de rodillas. Un contundente espadazo de Rivera le desarmó.
 
—Ríndete —le conminó Rivera, y apoyó la punta de su espada en el cuello de Iglesias.
 
—De acuerdo, pero no me mates, por favor —imploró el de la coleta, encogido y al borde del llanto—. Dejaré la política y volveré a dar clases, o me exiliaré en Venezuela. ¡Me cortaré la coleta! Por favor, merezco una segunda oportunidad. 
 
—Está bien. —Rivera bajó la espada—. Te perdono, pero más vale que no vuelvas a cruzarte en mi camino. Sandalio, abre la puerta y salgamos de aquí.
 
Dio la espalda a Iglesias y se dirigió a la puerta de la mazmorra. Ése fue su tercer error, pues el artero líder de Podemos aún tenía un as en la manga. Se llevó una mano a la coleta y de ahí extrajo un estilete con el que se dispuso a apuñalar a Rivera por la espalda. 
 
Sin embargo, esta vez Sandalio había previsto lo que iba a ocurrir y ya tenía la espada que había usado Iglesias empuñada con las dos manos. Usando todas sus fuerzas, describió un arco con ella y rebanó la cabeza de Iglesias, que salió volando con una expresión de incredulidad en el rostro que ya no desaparecería jamás.
 
—Le dije que no se fiase se de los populistas, señor —le reprochó Sandalio a Rivera.
 
—Y yo sabía que me protegerías.
 
—Así es, pero a este paso voy a tener que pedirle un aumento. ¡Y a lo mejor los presupuestos no dan para tanto! 
 
Riendo, abandonaron la mazmorra.
 
Pero aún les faltaba por superar una última prueba. 
 
En el exterior de la mansión les aguardaba un turba de acólitos de Podemos encabezada por el niño Errejón. La mayoría portaba antorchas, horcas y hoces y pedían a voz en cuello la cabeza del líder de Ciudadanos.
 
—Le confieso, señor, que no sé si saldremos vivos —admitió Sandalio, abatido.
 
—Nos batiremos con honor —dijo resueltamente Rivera—, y si caemos lo haremos habiendo cumplido con nuestro deber hasta el final. 
 
La turba iba cerrando el círculo en torno a ellos. Errejón, que iba montado a lomos de un pollino, levantó la mano para detenerla.
 
—¿Dónde está nuestro núcleo irradiador? ¿Dónde está nuestro amado líder? —preguntó el pijo con voz engolada—. Vosotros dos, ¿qué le habéis hecho? Si no os entregáis ya mismo, os quemaremos vivos dentro del muñeco de mimbre que representa a nuestro mesías y os garantizo que…
 
El ruido de un helicóptero ahogó las palabras de Errejón, quien escrutó el cielo nocturno en busca del aparato. Un foco de luz le deslumbró y su rostro se contrajo por el terror.
 
—Estamos salvados —dijo Rivera. 
 
—¿Quiénes son? —quiso saber su ayudante, observando el helicóptero, que descendía hacia ellos.
 
—Unos amigos.
 
El helicóptero escupió una ráfaga de ametralladora que bastó para poner en fuga a la muchedumbre. El pollino de Errejón no fue una excepción: huyó al trote, haciendo caso omiso de las órdenes de su jinete.  
 
Una vez dispersados los acólitos de Podemos, el helicóptero aterrizó frente a Rivera y Sandalio. Su fuselaje era negro y sobre él destacaba un nombre escrito en blanco: “Ibex-35”. Uno de los tripulantes les invitó a subir a bordo y ése fue el final de aquella agitada noche. 
 
A la mañana siguiente, Rivera acudió a La Moncloa a informar a Rajoy de lo sucedido. El presidente del Gobierno estaba algo rígido, también serio, y su mirada se había vuelto más dura, oscura y profunda. 
 
Lo que más llamó la atención de Rivera fue el vendaje de su cabeza.
 
El nuevo Rajoy fue a saludarle. 
 
—Señor Rivera —dijo sin alzar mucho la voz pero con gran seguridad—, ya tenía ganas de conocerle. Mire usted, tenemos mucho trabajo por delante.

El título del relato está tomado del maestro Curtis Garland, y hay otros homenajes a lo largo del texto. Feliz noche de Halloween a todos.

domingo, octubre 25, 2015

LOS PARTIDOS EMERGENTES


Si algo está claro en relación con las elecciones generales es que el bipartidismo ya no será lo que era, lo que es un extraño motivo de alborozo generalizado. A mi juicio, el bipartidismo no es malo per se; el problema real es la partitocracia. Mas sobre los inconvenientes del multipartidismo y la atomización del Parlamento ya habrá tiempo de hablar durante los próximos cuatro años. 

Los llamados partidos emergentes, Ciudadanos y Podemos, están obligando a mejorar a los partidos tradicionales. Tanto PP como PSOE se esfuerzan para no quedar out of touch y, sobre todo, para ganarse la confianza del votante, que ya no está garantizada. La competencia —también en el mercado político— es buena: favorece la adaptación y la búsqueda de nuevas fórmulas, eliminando lo que ya no sirve (UPyD).
 
Una vez reconocido este efecto saludable, ¿qué ofrecen los partidos emergentes? Creo que nada nuevo o especial.
 
Tratándose de dos partidos personalistas, el debate entre sus dos líderes fue sumamente ilustrativo. Como predije en su día, Pablo Iglesias fue claramente superado por Albert Rivera en las formas y el fondo (se notó la diferencia entre foguearse durante años en un ambiente hostil, el Parlamento de Cataluña, en lugar de pasar el rato en los platós de La Sexta, con trato de favor y tertulianos endebles). Hubo, por lo demás, coincidencias dignas de mención, como la ya casi cómica alusión a Dinamarca, un lugar común absurdo donde los haya; la actitud hacia los bancos, tratados como leprosos con los que no se debe entrar en contacto; y la ausencia total de referencias a la política exterior, pues parece que a nadie interesa la posición internacional de España.
 
Huelga decir que Ciudadanos es un partido aceptable para todo el que crea en la Constitución, la unidad de España y la economía de mercado. Pero no representa el liberalismo clásico, no propugna una reducción del tamaño del Estado o del intervencionismo económico y su concepción de la política social aporta pocas novedades. Es, en suma, un partido socialdemócrata de nuevo cuño, en tanto que Podemos finge serlo, ocultando o maquillando su ideario radical.
 
Cuando apareció Podemos, su discurso contra una casta corrupta y privilegiada le bastaba para atraerse el apoyo de la opinión pública, de forma que podía esquivar con cierta soltura preguntas incómodas sobre sus dirigentes o sobre la viabilidad de sus propuestas. El ascenso de Ciudadanos le ha arrebatado esa ventaja, porque ya no es el único partido limpio de polvo y paja capaz de hacer frente a la vieja política. Y Ciudadanos cuenta con equipos más solventes y un programa sensato. 
 
Podemos, si finalmente queda cuarto en las elecciones generales, no desaparecerá de inmediato, pero irá perdiendo cada vez más relevancia hasta quedar reducido a una nueva versión de Izquierda Unida. Es lo que más teme el de la coleta. Su gran oportunidad, que se basaba en el enfado de la gente en un momento de apuro, habrá pasado de largo.
 
En cuanto a Ciudadanos, se lo jugará todo en los pactos tras las elecciones, en las exigencias para dar ese apoyo y en cómo gestione esa situación. De momento, su criterio es apoyar al más votado. El papel que puede llegar a desempeñar Rivera será fundamental, pero conlleva enormes riesgos.