Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







lunes, octubre 31, 2016

EL JINETE SIN CABEZA

A Ada Colau se le atragantó el café aquella mañana. Una noticia del periódico la sobrecogió profundamente: un concejal de las CUP, sus violentos socios de extrema izquierda, había aparecido muerto en una cuneta, posiblemente atropellado por un vehículo que luego se dio a la fuga. El cuerpo había quedado totalmente destrozado.

Colau no sentía simpatía real por los miembros de las CUP, pero esas gentes asilvestradas y embrutecidas le hacían el trabajo sucio en muchas ocasiones y, por añadidura, siempre podía amenazar con su extremismo a las clases acomodadas.

Ese viernes otoñal Colau tenía prevista una reunión con su equipo de concejales para estudiar nuevas tasas, regulaciones y decisiones por lo común esperpénticas. Salió de su despacho con paso presuroso, después de introducirse en su burka. Hacía ya dos meses que lo utilizaba como una forma de ganarse a la comunidad musulmana y de hacer ver a la sociedad, en sus propias palabras, que “debemos adaptarnos a la diversidad que viene y dejar de lado prejuicios occidentales”. Además, la amplitud del burka disimulaba su sobrepeso.

Tras informar a sus ediles del accidente del concejal de las CUP, Colau tomó asiento en una especie de trono y mandó a un bedel a por vino y uvas. Dicho bedel no era otro que Xavier Trías, antiguo alcalde y miembro de la extinta CiU. El viejo y fracasado personaje, conocido por su cobardía, que le había llevado a pagar el alquiler de unos okupas con dinero público, tenía tanto miedo a Colau que ejercía de sirviente para ella cuando no actuaba como inoperante jefe de la oposición.

Salam Aleikum —saludó Colau.

Aleikum Salam —replicaron al unísono todos los presentes.

—¿Qué tenemos en el orden del día? —quiso saber la alcaldesa, y engulló una uva del racimo que le había acercado Trías.  

Su primer teniente de alcalde, el argentino Pisarello, tan obsequioso con sus amos como despótico con sus subordinados o con los débiles, respondió de inmediato:

—En primer lugar, estudiar una tasa que gravará a quienes miren los escaparates de las tiendas del centro. Al fin y al cabo, esos potenciales consumidores están ocupando la acera, un espacio público, por un tiempo considerable, y, por otra parte, debemos disuadirles de gastar dinero en cosas que no necesitan. El Ayuntamiento vela así por los derechos humanos de los consumidores, a los que debemos preservar de las tentaciones capitalistas. —Pisarello hizo una pausa y buscó con la mirada la aprobación de Colau, que en su burka no era sino una deforme sombra negra. La alcaldesa asintió. —Bien, en segundo lugar, estamos preparando una regulación que obligará a los turistas que vengan a Barcelona a ponerse un hábito penitencial y capirote y a ser exhibidos de esa guisa por las calles antes de abandonar Barcelona. Estos turistas vienen aquí con su dinero y arrogancia y degradan nuestra bella ciudad. Es normal, entonces, que tengan que pedir perdón antes de regresar.

Un concejal que aún no había perdido todo el sentido común carraspeó para llamar la atención.

—Ejem, quizá estemos siendo demasiado estrictos con los turistas… La actividad turística es importante para Barcelona y…

—Lo importante para Barcelona es la dignidad, no el dinero —cortó Colau, rotunda—. Es más, nosotros siempre hemos defendido la lógica del decrecimiento económico. No podemos permitir que la prosperidad nuble la mente de nuestros conciudadanos y que lleguen a creer que pueden vivir sin nosotros. Es mejor que dependan de nuestros servicios en la mayor medida posible. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. El siguiente punto, por favor.

Exhibiendo una sonrisa divertida, Pisarello dijo:

—Hoy enviaremos a Águeda Bañón a dar una rueda prensa en el monumento a Colón para denunciar el imperialismo españolista y genocida. A su término orinará en la base del mismo. ¿Estás lista, querida?

La aludida movió la cabeza afirmativamente y emitió un sonido gutural. A pesar de ser la jefa de prensa de Colau, Bañón no estaba dotada de un verbo brillante o siquiera medianamente comprensible. Otra cosa era su pericia para las performancesespecialmente las de mal gusto.

—Fabuloso —afirmó Colau—. Estamos llevando a Barcelona a donde merece estar. Es ahora una ciudad de la gente, abierta a todos. —Se incorporó—. Ahora he de ir a ver al president Puigdemont. Tengo una cita con él para ver cómo puede el Ayuntamiento ayudar a vigilar los recreos de los colegios. Últimamente se está detectando que muchos alumnos y alumnas hablan en castellano… ¡Intolerable!

Ya estaba en la puerta cuando Pisarello volvió a hablar:

—Perdonad, mi señora, pero debo reportar un nuevo avistamiento

—¿Otro avistamiento… franquista? —inquirió un concejal.

Colau resopló con patente fastidio. En el último mes varias personas habían asegurado haber visto la estatua decapitada del general Franco en distintos puntos de la ciudad. La estatua, retirada de una exposición del Ayuntamiento tras ser repetidamente atacada y posteriormente derribada por la aguerrida juventud barcelonesa, había desaparecido del almacén municipal poco después. Los testigos decían haberla visto en los lugares más inverosímiles. Por ejemplo, en las inmediaciones de la plaza de toros. El problema no era tanto la presencia de la estatua, sino que algunos testigos manifestaban haberla visto en movimiento…

—Bah, habladurías —dijo Colau despectivamente—, invenciones malintencionadas… Sin duda, la estatua fue robada por algún grupo antifranquista, los mismos que la decapitaron en su día, y ahora se dedican a gastar bromas con ella. En realidad, estoy muy orgullosa de que los jóvenes barceloneses se hayan empoderado de esta forma.

Así concluyó la reunión. Colau creía que pasaría un fin de semana tranquilo. Sin embargo, el destino le reservaba una nueva y desagradable sorpresa. El domingo, una criada se topó con el inefable Pisarello ahorcado con una bandera de España. El teniente de alcalde había ido a pasar el fin de semana solo a una masía: la banda de Colau, aunque propensa a predicar la vida comunitaria para los demás, prefería no mezclarse mucho con la gente en su tiempo libre. La policía había calificado como suicidio el tráfico final del argentino.

En principio.

Porque a Colau nada le cuadraba, y empezaba a preocuparse de verdad. ¿Guardarían relación las dos muertes de los últimos días con los cada vez más frecuentes avistamientos de la malograda estatua de Franco?

Así pues, Colau decidió convocar una reunión de los más altos estadistas con que contaba el pueblo catalán. Esa misma noche se reunieron en el Palacio de San Jaime el president Picodemonte, Homs, Gabriel Rufián y la propia Colau.

—Es cierto que lo que cuentas de la estatua de Franco es inquietante —reconoció Picodemonte tras escuchar atentamente la explicación de Colau.

—Claro que lo es —dijo Colau, ahora convencida de que algo raro pasaba—, y puede que vuelva actuar.

—¿Acaso ha dejado de actuar alguna vez? —preguntó Rufián, con una copa de whisky en la mano. Era ya la tercera de la noche—. Franco nunca ha dejado en paz a Cataluña. Aún vivimos en la dictadura franquista, que no acabó en 1975, sino que se perpetuó gracias a la transición, y nunca Cataluña ha soportado una opresión tan brutal como la presente.

Picodemonte suspiró, hastiado. Una cosa era decir y escuchar tales patrañas en intervenciones públicas y otra tener que aguantarlas también en privado.

—El caso es que debemos hacer frente con este problema —dijo sin mucha seguridad—. Y no podemos recurrir a las autoridades españolas. Debemos actuar con el seny que nos caracteriza, recurriendo a nuestros mejores valors.

Homs, con los ojos muy abiertos, se puso en pie.

—¡Naturalmente, president! Si estamos combatiendo un fenómeno sobrenatural, hemos de utilizar algún tipo de exorcista. Y conozco a las dos personas más indicadas para ello…
Al día siguiente, sor Lucía Caram y el padre Escolar se presentaron ante Homs para recibir las instrucciones de su misión.

—Franco ha vuelto —anunció Homs en tono grave—. Su espíritu ha poseído una estatua de bronce y sólo vosotros podéis exorcizarlo. El último avistamiento ha tenido lugar en…

Un tremendo estruendo interrumpió a Homs. Escolar y Caram se giraron a tiempo para ver cómo reventaban las puertas del salón en que se encontraban, dando paso a una impresionante estatua del Caudillo a la que le faltaba la cabeza.

Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Caram fue aplastada y pateada por el caballo. Repetidos pisotones convirtieron su cabeza en un amasijo de carne sanguinolenta y pedazos de hueso.

Mientras tanto, el padre Escolar se había arrodillado y elevaba plegarias a Pablo Iglesias Turrión, Alberto Garzón y otros ídolos de la extrema izquierda. De poco le sirvió cuando la estatua viviente desenvainó su sable de caballería y le atravesó de parte a parte.

Por último, Homs, igualmente de rodillas, comenzó a besar las frías pezuñas del caballo y a pedir clemencia.

—Mi…, mi general, os prometo… fidelidad eterna —balbuceaba, completamente aterrorizado—, os lo prometo… Pero preservad mi…, mi vida…, por favor.

Por un instante pareció que el jinete hacía caso de sus plegarias, pues se dio la vuelta. Pero entonces el caballo propinó una brutal coz a Homs que reventó su cráneo, matándole al instante.

Ante semejantes hechos, Picodemonte y Colau decidieron emplear su último recurso. Convocaron una manifestación cívica, democrática, participativa y festiva para mostrar su repulsa a la estatua de Franco.

El día señalado acudieron miles a las calles de Barcelona. Estaba la flor y nata de la raza superior catalana, desde los camisas negras de ERC a los salvajes andrajosos de las CUP, pasando por los atildados señoritos de la burguesía catalana. Agitaban la bandera separatista, jugaban al corro de la patata y componían versos y canciones sobre el privilegio de ser catalán. Y todo era retransmitido por TV3 con desbordante entusiasmo.

En la cabecera de la manifestación avanzaban con solemnidad Picodemonte y Colau, que llevaba a Trías sujeto con correa. Se decía que Rufián, al enterarse de la muerte de Homs y sus exorcistas, había cogido un avión en El Prat rumbo a la Cochinchina.

La manifestación se desarrolló sin incidentes hasta que una sombra ominosa apareció en medio del Paseo de Gracia.

Era Franco, todavía sin cabeza.

La manifestación se detuvo frente a él. Algunos corearon consignas y otros se atrevieron a lanzar alguna imprecación. En general, con todo, predominó la prudencia. Picodemonte y Colau, silenciosos, dudaban sobre qué hacer a continuación.  

De pronto, un hombrecillo calvo y con bigote vestido con una chaqueta de punto se aproximó resueltamente al jinete y le entregó la cabeza que le faltaba.

—Aquí tenéis vuestra cabeza, Excelencia —dijo el hombrecillo—. La encontré en Wallapop a un precio prohibitivo, pero vale la pena por veros completo y listo para la acción.

—¡Es Pío Moa! —exclamó Colau.

—Ese fascista no tiene permiso para pisar suelo catalán —declaró Picodemonte—. ¡Apresadle!

Dos trabucaires de ERC se adelantaron a fin de cumplir la orden. Cuando ya iban a agarrar a Moa, el jinete colocó su cabeza donde correspondía y pronunció una frase escueta pero cargada de significado:

—Aquí manda mi polla.

El primero en caer víctima del pánico fue un diputado de la antigua CiU, que huyó a la carrera mientras gritaba “Auxili, auxili!”. Después, la desbandada fue generalizada. Ada Colau murió pisoteada por la masa, el burka convertido en negra mortaja. De Picodemonte se rumoreó más tarde que había escapado por las alcantarillas acompañado de algunos fieles y periodistas subvencionados. El resto de separatistas furibundos pronto arrojó sus banderas por el váter o sencillamente las quemó.

Y así fue como Franco, que decidió instalarse en el Castillo de Montjuic, restauró las libertades en Barcelona y toda Cataluña, gobernando ya para siempre aquellas tierras a lomos de su soberbio corcel. 

No puedo imaginar mejor final para el delirio separatista. ¡Franco levantó la cabeza! Y feliz noche de Halloween, por supuesto.