Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, marzo 20, 2016

TRUMP 2016



Hace no mucho escribí que los países anglosajones eran más impermeables al populismo que otros. El buen desempeño de Donald Trump y Bernie Sanders en las primarias americanas me obliga a revisar esta conclusión, aunque esencialmente sigo pensando lo mismo: las primarias no son las elecciones de noviembre.
 
El magnate Donald Trump lidera un movimiento de corte populista basado en un cierto nacionalismo económico, el rechazo al llamado establishment y la lucha contra la inmigración ilegal. El constructor de rascacielos posee una extraordinaria verborrea y suele perder las formas, pero hay que reconocerle el carisma del hombre exitoso y una capacidad impresionante para transgredir, pues está haciendo todo lo que, según el manual, no debe hacer un candidato.
 
No comparto muchas de las ideas de Trump, aparte de que la inconcreción domina buena parte de ellas. Ahora bien, apoyo sin reservas su insistencia en la necesidad de proteger la frontera de más entradas ilegales. A diferencia de los progresistas, no me escandalizan los muros. Es más, los veo como un signo de civilización. En cuanto a la confrontación con China, es cierto que, si los chinos quieren competir en el comercio internacional, deben someterse a las mismas reglas que los demás. Es evidente que en muchos casos los chinos juegan con las cartas marcadas. Tiene sentido, por tanto, que Trump hable de comercio inteligente y de que los acuerdos comerciales sean negociados por gente competente, sin que eso signifique necesariamente más proteccionismo. 
 
Hay otro factor que explica mi creciente respaldo al empresario neoyorquino, y se trata del poco entusiasmo que inspiran los restantes candidatos republicanos. Marco Rubio era un buen orador con orígenes latinos… y poco más. Estados Unidos ya eligió a Obama por esas mismas razones (brillante oratoria y pertenencia a una minoría), con resultados francamente mejorables. Aunque Rubio invocara a Reagan y el sueño americano, no ha tenido vida fuera de la política y dudo mucho que su presidencia fuese muy distinta de la de Obama, si bien con una pátina conservadora. A Ted Cruz, un abnegado y respetable jurista, lo encuentro demasiado religioso y antipático. Y Kasich es deprimente, un muermo. 
 
¿Qué necesita Estados Unidos? Obviamente, no a una cansada Hillary Clinton, que hundiría todavía más el prestigio y poderío de Estados Unidos, o el socialismo rampante de Sanders. América necesita una inyección de energía y vitalidad, y sacudirse muchos complejos y cadenas. Eso sí lo ofrece Donald Trump. Aun siendo refractario al populismo que encarna, le doy mi apoyo porque estoy harto de los izquierdistas arrogantes, de conservadores débiles y de esclavos de lo políticamente correcto. Y el mismo hartazgo lo están expresando quienes votan a Trump. Es comprensible que uno de los himnos de sus mítines sea We’re Not Gonna Take It, de Twisted Sister. 
 
Se ha comparado a Trump con Pablo Iglesias. Ciertamente, ambos han sabido canalizar el enfado de la población contra la clase política hacia sus intereses electorales mediante un discurso agresivo y un dominio magistral de la televisión. La diferencia es que Iglesias, antes de saltar a la fama, era un oscuro profesor universitario, un sectario consumido por el odio a España y a las libertades ajenas, mientras que Trump es un multimillonario que ya era famoso antes de su candidatura y cuya intención es restaurar la grandeza de su país recurriendo a sus mejores esencias.
 
Disfruto cada vez que los medios progresistas se rasgan las vestiduras e intentan demonizar a Trump con poco o nulo éxito. Y también es risible que candidatos republicanos fracasados, como lo fue Romney, se opongan a él porque sencillamente está fuera de su control.
 
Si gana, Trump no traerá el apocalipsis. Miguel Ángel Belloso ha escrito en Mercados que, en tal hipótesis, “se rodearía de los mejores asesores —parecidos a los que han procesado su inteligencia e intuición hasta convertirlo en un empresario de éxito— y se dedicaría a sus principales promesas: devolver a Estados Unidos la grandeza perdida durante la presidencia de Obama y tomar medidas para mejorar la productividad de los trabajadores del país, amenazados por la competencia internacional”.

domingo, marzo 06, 2016

PODEMOS ES UNA MÁQUINA DE ODIO



Cada vez queda más patente que Podemos es una máquina no de amor, como pretende el enloquecido Monedero, sino de odio y revanchismo. Las intervenciones de Iglesias en el Congreso de los Diputados así lo prueban: es claro que, si aspira a obtener poder, es con el exclusivo propósito de pisar al que piensa diferente y dinamitar España. Ese hombre vive instalado en la Guerra Civil y participa del apolillado —entonces y ahora— discurso rupturista de los años setenta, sin que le importe demasiado el progreso alcanzado desde entonces. 
 
Aparte de odio, ¿qué más ofrece Podemos? Ante todo, propaganda. Desde 2014, cuando el duopolio televisivo decidió encumbrar, quién sabe por qué, a Pablo Iglesias y sus amigotes, no ha cesado el exhibicionismo, la continúa exposición mediática y el vaciamiento de los discursos, ahora sustituidos por un conjunto de consignas y frases propias de eslogan. Los partidos tradicionales imitan a los emergentes. Ahora lo que se busca es el chiste ingenioso en Twitter, una portada porque has llevado a tu bebé al Congreso de los Diputados, un beso para acaparar la atención… La política española parece encerrada en una perpetua campaña electoral. Eso, junto con la consciente degradación de las instituciones, también forma parte de la estrategia de Podemos.
 
Iglesias se ha aficionado a las ruedas de prensa. Antes eran entrevistas y tertulias. Cuando uno está todo el día en televisión, hablando sin parar, ¿qué tiempo te queda para reflexionar sosegadamente, para estudiar a fondo los temas? Pero es que Podemos se basta justamente en el espectáculo y en que la gente no se haga demasiadas preguntas. No interesa tanto, en cambio, que Podemos corrija su propuesta para pactar con Sánchez tres o cuatro veces porque es una auténtica bazofia que apesta a totalitarismo, o que Iglesias ignore los más elementales rudimentos de Derecho Constitucional o Hacienda Pública. 
 
Una vez en el poder, los de Podemos siguen prefiriendo los gestos a la gestión. Es ilustrativo el caso de Madrid, donde, entre titiriteros, vaginas y calles franquistas, resulta arduo atisbar un proyecto político coherente a cargo del equipo de una Carmena prácticamente chiflada y superada por la situación. 
 
Difícilmente podría ser de otra manera, pues Podemos y todo lo que representa no se adscribe a lo que es normal en una democracia occidental. Su objetivo no es elevar el nivel de vida de los ciudadanos, regenerar las instituciones o mejorar la gestión de los servicios públicos. Javier Benegas ha definido a Iglesias como “un fanático educado desde la más tierna infancia en la revancha y el comunismo”. Y no se puede esperar de alguien así un proyecto edificante. Como he dicho en otras ocasiones, Iglesias disfrutaría gobernando sobre una España empobrecida, fracturada y pendiente sólo de sus apariciones televisivas. Iglesias quiere el poder para vengarse de España y los españoles por haber vivido en libertad y prosperado en una economía de mercado. Pero eso no lo puede exponer abiertamente, aunque a veces se le vean las intenciones, como cuando le puede su arrogancia.  
 
Creo que quienes han votado a Podemos, si acaso conservan un mínimo de lucidez, deberían valorar qué quieren para su país. Y los partidos en el Parlamento, en especial los que negocian con Podemos, también tienen que comprender cuán peligroso es ese interlocutor, más aún cuando la prepotencia, inquina y poco ejemplares héroes de Iglesias (Otegui) se exhiben ya ante sus propios ojos. Hay que parar la máquina del odio.